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 A CALARCÁ VUELVE JUNIO

Libaniel MarulandaPor: Libaniel Marulanda. (libaniel@gmail.com)

Las fiestas de los pueblos y ciudades siempre han sido la excusa perfecta para revolcar recuerdos; de manera expresa en las personas que en buena hora descubrieron que el amor por el terruño es una cosa y permanecer cruzado de brazos, impertérrito ante el tropel de tiempo es otro paseo. El amor siempre estará aquí, en Calarcá, pero el pan y el empleo, están al otro lado de la cerca.

Sin importar la procedencia, ya lo dijo el cantor: "Todos vuelven al lugar donde nacieron / al embrujo incomparable de su sol (...)" Por eso cuando el año se parte por la mitad, el caudal de calarqueños que ha alcanzado la realización del sueño común de un empleo, vuelve en junio.

Y en ese volver debe negarse ante la sociedad calarqueña aquello de "la frente marchita", la suma de los sueños rotos, el "miedo delencuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida".

¡No señor! La cosa es al contrario: Si usted estuvo en España, Estados Unidos, o en Cafarnaúm, haciendo lo que fuera o, lo que es más grave: fue subempleado, carterista o jíbaro... ¡cállese!  ¿Acaso olvidó la filosofía pequeñoburguesa de comer mierda y eructar gallina? Si pretende quedar bien con sus coterráneos lúzcase, déjese ver, llame a sus amigos, invite y pague. Calarcá tiene varios sitios precisos para darle brillo a su regreso. Junio es junio en Calarcá...

No tiene sentido o, mejor aún, jamás será bien visto que un calarqueño emigrado vuelva en junio y, lejos de asombrar a sus amigos y contertulios, les salga con una patética historia ambientada entre hambre, frío, sudor, persecución, captura y reclusión carcelaria por inmigración ilegal, microtráfico o el ejercicio de las artes carnales.

Contrario sensu (diría un grecocaldense) es necesario que, en todo caso, no defraude a su familia que durante su ausencia ha estado nutriendo el imaginario calarqueño con los relatos de su importante gestión laboral en ese otro país.

Décadas atrás, nuestro pueblo descubrió (o fue inducido) que el jolgorio, la prosperidad, la coterraneidad, deben ser expresadas en términos de decibeles, trago y consumo. Precisamente esto de los decibeles es de primordial importancia tanto para las fiestas aniversarias de Calarcá como para los resignados turistas y los hijos retornantes.

Primero que todo, calarqueño que vuelva, que quiera su terruño, a sus amigos y las fiestas de junio, debe procurarse un carro ostentoso, no cualquier pendejada de carro. Vital que sea último modelo. En segundo lugar, el carro debe impactar no solo con su presencia, la de su piloto y sus acompañantes. Ni se le ocurra dejar la cosa ahí. Recuerde, hermano, que Calarcá debe saber que usted, sí, usted, regresó para las fiestas. Usted no es un pelagatos. No señor: el amplificador y la parlantería de su nave han de refrendar su presencia y valía. Ahí está el útil recurso del reguetón o la música gringa de última generación.

Es clave que dé muchas vueltas por la veinticuatro y la veinticinco. Sin temor, póngale huevos al asunto, clávele el volumen, excédase en la ecualización de los bajos, de tal modo que la gente sienta las infrafrecuencias como patadas en el estómago, que los vidrios de las casas vibren. ¡Pum, pum, pum!

Por favor, amigo calarqueño, no pretenda ignorar la importancia de la coloración de los vidrios del carro: siempre deben ser oscuros, aunque tenga que bajar la ventanilla para que lo reconozcan sus amigos y vecinos con facilidad.

Tras treinta, cuarenta o cincuenta giros promocionales de su visita a la tierra de sus mayores, estaciónese sobre un andén, con preferencia en la veinticinco. Tendrá dos alternativas: rodeado del parche goterero de sus amigos, puede comprarse unos botellos en la ventanilla frente a la cual deberá estar parqueado. En ese caso, abiertas las fauces de su carro habrán de vomitar in crescendo todo el despechario de moda; que no vayan a faltar Jhony Rivera, el chucuchucu, el reguetón y la música de pum, pum, pum.

Aunque quiera boletiarse, que es condición sine qua non, para el retornante, puede resultar más conveniente para el propósito de dar lora acomodarse con su séquito a la entrada (donde sea visible) de uno de los bares de la veinticinco y procurar que la velada esté bien adobada de gritos, madrazos, chiflidos y otras expresiones de alegría y afecto camaraderil.

Aproveche, calarqueño retornado, que las administraciones municipales y el nobilísimo Reinado Nacional del Café entronizaron, desde finales del siglo pasado, la concesión por centímetro cuadrado del espacio público del pueblito; agradézcales que en virtud de esa repartición la gente puede agolparse, emborracharse, abejorrearse, darse en la cabeza, mientras le abre sus oídos al incomparable éxtasis de la música que en simultánea, y a máximos decibeles, escupen las cuarenta caseticas y minibares diseminados cerca al parque principal.

Vaya pues nuestro resignado reconocimiento a los entes organizadores de los festejos de junio por alcanzar el objetivo de convertir a Calarcá en un paraíso del ruido, el exhibicionismo, la chabacanería y el atraso cultural. ¡Que viva la fiesta, güepa!

Continuará...
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