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 ANOCHE LADRARON LOS PERROS
Libaniel MarulandaPor: Libaniel Marulanda. (libaniel@gmail.com)

Acostumbra golpear la ventana de nuestra casa en las primeras horas de la mañana. Me grita: "¡Llegó su pesadilla!". Con este grito nos da los buenos días y presenta sus excusas por romper el ritual del desayuno. Como siempre, desde el comedor le respondo y le abro la puerta. Entonces, como casi todos los días, me presenta un nuevo amigo recogido en días anteriores y en proceso de darlo en adopción; o en tono de regaño se dirige a su compañero de ese día y le reclama por el hecho de haberlo seguido a pesar de la prohibición de que lo hiciera. Luego, lo de siempre: un breve intercambio de chismes del pueblo, mi visita relámpago a la nevera en busca de sobras de comida y, sino las hay, unos pocos pesos para rubricar la solidaridad con este personaje y su inquebrantable presencia matutina en las calles de Calarcá.

Ayer y por primera vez en tres años llegó al mediodía. Aunque lucía normal y descomplicado, traía en su mirada la angustia de una noche en vela, el terror animal del toro que se enfrenta a una plaza vociferante y ávida de sangre. Pero, sobretodo, dejaba translucir la desesperanza.

"Hermano, vengo de dormir en el parque y aunque ya le eché algo al estómago no he podido desentumecerme; las bancas del parque son duras y estrechas y con la llovizna, el ruido de la gente al pasar y el miedo a ser atacado estoy vuelto un ocho".

Enseguida me refirió la causa de sus desvelos y terrores:

"Estaba acostado, durmiendo. Me despertaron los ladridos de los perros y enseguida los disparos que pude contar y luego ratificar con los huecos en la pared. Fueron doce. Todos alrededor del sitio donde duermo. Cuando comenzó el tiroteo me escurrí de la cama al suelo y repté para protegerme. La huella de las balas me confirmó que no fueron disparadas sólo para asustarme. Tuve el acierto de quejarme como si estuviera herido y creo que eso frenó la balacera. Luego vino el silencio y no sentí pasos o ruidos que señalaran que alguien abandonara el lugar. Por eso me sobrevino un miedo mayor".

Estuvo quieto y callado varias horas. El silencio de los perros le dio el valor que necesitaba para levantarse, abrir la puerta y, como mecanismo de prueba, lanzar hacia el potrero una por una las tablas de la cama. No hubo respuesta ni señal de presencia del agresor. Por eso comenzó a amarrar y a encerrar los perros de tal modo que ninguno pudiera seguirlo. El instinto le señaló el camino a Calarcá como la mejor opción. Guardados los perros se dispuso a salir de la finquita; cuando estaba próximo a la entrada de nuevo llegó el terror, con un golpe de luz y el ruido cercano de una moto. Quedó paralizado.

El tamaño de Calarcá, mirado con los ojos del afecto y si se quiere de la poesía que parece envolvernos, hace posible que la mayoría de nosotros estemos poseídos por ese aire familiar, cierta parroquialidad. Tal es el caso de Javier Mesa, conocido por todos gracias a su singular historia de vida. Una vida que desde su infancia ha estado ligada a la hermandad multirracial de los perros. Su complexión de campesino de ciudad, su barba de hippie nostálgico y su gestualidad no informan nada de su edad. Pero, si no lo hizo ya, debe estar por adquirir el pasabordo a la tercera edad, ese venerable estado de senectud que la hipocresía social llama ahora de adultos mayores.

Gracias a que en Calarcá todo el mundo conoce a todo el mundo, cierto policía en aprietos hace unos años supo de la existencia de un ciudadano que ejercía un apostolado canino. Aquel policía, calarqueño y buena gente, a quien la circunstancia de ejercer las obras de misericordia también con los perros le tenía tambaleando su empleo, como gotera en hoja de plátano, encontró en Javier Mesa la solidaridad que requería un pobre perro negro desplazado, herido, al que era urgente concederle asilo.

De la moto que encandiló a nuestro aterrorizado líder de la causa canina descendieron dos policías, a quienes algunos vecinos de Javier habían alertado sobre los disparos. Una vez el alma de la víctima se encontró con su dueño, este tomó el descenso hacia Calarcá, luego de que los agentes inspeccionaron la agujereada habitación y corroboraron la veracidad del relato de Javier.

A partir de ese momento comenzó un nuevo motivo de preocupación para el benefactor de los perros callejeros de Calarcá: Ahora debe procurarse una habitación en un hotel barato, proseguir su rutina de financiar los bultos de alimento para su treintena de protegidos, a la que se suman doce gatos y la necesidad de estar alerta porque su enemigo aún puede tener el dedo en el gatillo.

Por suerte, porque su historia hace parte del imaginario calarqueño, porque su bondad desarma al más tacaño, Javier Mesa tiene tantos amigos como pulgas sus perros. Varios de ellos, abogados y exfuncionarios de la justicia, lo han orientado hacia la Fiscalía. Con el concurso de la Policía local, una vez denunciado el hecho, cada mañana emprende el ascenso hacia el Cerro del Castillo, a su parcela, para darle a su legión de amigos la ración diaria de sustento. Luego baja a Calarcá a ejercer el rol que se impuso diez años atrás, cuando adoptó a nuestra Villa de Vidales y decidió luchar por la dignidad de los perros que sigue y seguirá recogiendo.

Es posible que la solidaridad de los calarqueños incluso llegue hasta los despachos judiciales y sus funcionarios, y algún día sepamos preso al criminal que le añade una amargura más a Javier Mesa, a sus perros y a esta Calarcá que sigue soñando con una paz tan esquiva y negada como la misma justicia social.

Calarcá, septiembre 19 de 2011

Nota del autor. Si los lectores se interesan por esta historia, los invito a que lean la crónica escrita y publicada en 2009: "Javier Mesa, el mejor amigo del perro", del libro "Crónicas Quindianas".

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