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 APUNTES PARA LA RESEÑA DEL LIBRO "CRÓNICAS QUINDIANAS"

Carátula Crónicas QuindianasLibaniel Marulanda Velásquez, escritor, autor y compositor. Nació en 1947 en Calarcá-Colombia. Ha sido reconocido con cuatro primeros premios nacionales de cuento y una docena más en segundo y tercer lugar. Ha publicado los libros "La Luna ladra en Marcelia" (1995) y "Al son que me canten cuento" (2007). Algunos de sus cuentos están incluidos en diez trabajos colectivos. Hace parte del comité organizador del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, de Calarcá.

Las treinta y seis crónicas contenidas en este libro que se presenta, fueron publicadas por el diario La Crónica del Quindío en sus ediciones dominicales de 2009. La presente obra ha sido ilustrada por cuatro reconocidos caricaturistas colombianos, vinculados a la Escuela de comunicación Gráfica, Taller Dos, de Calarcá. Son ellos, los maestros Jairo Álvarez Osorio (JairoA), Carlos Cardona Méndez, Iván Felipe Gutiérrez (Pipe) y Melissa Baena Puerta.

El reconocido periodista Miguel Ángel Rojas Arias, ha consignado en la contra-carátula de esta obra la siguiente opinión:

Las crónicas hablan sobre hechos sobresalientes donde la mente capta con facilidad escenas, imágenes que podrían convertirse en un documento audiovisual o en una película. En cambio, el perfil nos habla básicamente de una persona, que de alguna u otra manera se vio envuelta en un hecho de actualidad.

Los hechos son irreproducibles, pero los periodistas tratamos de hacer una representación de ellos a través de lo que nos cuentan, vivimos y escribimos. Por eso, en las crónicas y los perfiles los hechos no tienen más que una existencia puramente lingüística.

La crónica es un género periodístico que acerca al lector de periódicos con la literatura. No es literatura, porque las historias que se cuentan carecen de ficción. Pero es literatura, en mi criterio, porque se escribe con los recursos narrativos que nos ofrece la novela. En todo caso, la crónica, sea como literatura o como periodismo, es, tal vez, el género más antiguo.

En este libro, Crónicas quindianas, Libaniel Marulanda trabaja los dos géneros, con el pretexto de la conmemoración o la exaltación de personas y recuerdos. Arranca con su profesora de cuarto de primaria, a quien le debe gran parte de su amor por los libros y la escritura, y quien le cerró la ventana cuando trató de entrevistarla; y pasa por su maestro de Música en el Colegio Rufino Jota Cuervo, un antiguo soldado nazi refugiado en Armenia después de la Segunda Guerra Mundial.

Libaniel Marulanda narra sus historias con vivencias singulares y particulares, pues sus personajes son maestros o músicos como él, y protagonistas de hechos relevantes en la política y la sociedad del Quindío, pero muy especialmente de Armenia y Calarcá. Rescata del olvido episodios como El encierro de Córdoba, relatado por uno de los sobrevivientes de un falso positivo de los años cincuenta, en medio de la violencia partidista de liberales y conservadores de la época. Lo mismo hace con La Explosión de Cali, tragedia colombiana olvidada por las nuevas generaciones, pero revivida por Marulanda en la voz de uno de sus dolientes.

En fin, treinta y seis crónicas y perfiles que nos permiten adentrarnos en acontecimientos del pasado del Quindío, hechos que estaban ocultos y que la palabra rescata, esta vez con voz de bandoneón. Con un excelente tono musical, Libaniel Marulanda armoniza el mensaje que han expresado durante años personajes de trayectoria regional o, simplemente, gente común que saltan a las páginas del libro por su trabajo y sus cualidades. Personajes y hechos que Libaniel Marulanda convierte en un suceso lingüístico que recoge el imaginario del Quindío. Crónicas quindianas es un libro que se lee con la misma frescura con que se escucha una canción.

Por su parte, el joven y fogoso periodista quindiano Ángel Castaño Guzmán ha escrito lo siguiente sobre el autor y sus Crónicas Quindianas:

El periodismo narrativo armoniza los esplendores de la literatura con la correría cotidiana del hecho noticioso. Durante decenios venció a codazos la ruindad de editores atornillados en épocas de doncellas suspirantes. Ahora, mientras nuevas tecnologías llevan al cine y televisión a fronteras sensoriales impensadas ayer mismo, la palabra, zambullida en océanos de dudas, seduce a los ciudadanos planetarios igual que a los ancestros de las cavernas.

Las crónicas de este libro, impregnadas de tangos bailados en oscuros garitos, combinan la precisión del reportero con la libertad del poeta. Conjunto de postales afectivas atravesado de principio a fin por la nostalgia como las migas de pan en el cuento infantil. Con la ametrallante sinfonía de su Adler, Libaniel Marulanda retrata a personajes lejanos de reflectores de la impostura. El Quindío, tierra de versificadores chapuceros y cuentistas exóticos, está en deuda con un obstinado escritor, distante de la frígida prosa de redactores con cero en ortografía. Un refrescante acierto en tiempos de periódicos asolados por la estulticia.

 LAS CRÓNICAS DE LIBANIEL

El siguiente es el prólogo realizado por el maestro Lisandro Duque Naranjo, director de cine colombiano, guionista y columnista dominical del diario El Espectador:

Gente amiga mía, que me inspira una enorme admiración hace tiempo, se me revela, sin embargo, en su dimensión más justa, y quizás desconocida, cuando la descubro a través de las crónicas de Libaniel Marulanda contenidas en este libro. Decía Sartre que "el que escribe, vive dos veces". De igual forma, aquel sobre quien se escribe, pareciera ganar el privilegio de comenzar a ser otro, incluso para quien lo conoce de hace rato.

Entre las personas que forman parte de mis efectos a las que Libaniel les ha elaborado semblanzas –o pequeñas historias de vida- en estas páginas, se encuentran Alejandro Herrera Uribe, Jaime Lopera Gutiérrez, Álvaro Pareja Castro y Martha Valencia Álvarez. Cuánto le agradece uno al cronista que, desbordando lo meramente amistoso, instale a estos ciudadanos en su perspectiva pública, la misma que suele embolatarse en la cotidianidad del trato, en la confianza del tinto compartido, en la tertulia cuyo mérito radica en lo trivial. A mí, de todos ellos, me constan sus destrezas en el campo de la cultura y fue por alternar en ese tipo de tareas que nos conocimos. Pero curiosamente los carpinteros, cuando se reúnen, es poco lo que se refieren a las garlopas, virutas y maderas, pues se supone que la charla es para disiparse de lo que constituye el diario laburo. A los intelectuales y artistas –que a mí no me da pena confesar que soy ambas cosas-, obviamente nos ocurre igual, y cuando la suerte nos junta, en vez de dárnoslas de cerebrales, preferimos ponernos al día jalándole más bien a comer prójimo. Prohibido dárselas de reflexivo, que para eso son las mesas redondas.

De modo que cuando leí las crónicas de Libaniel sobre estos cuatro amigos, confieso que los redescubrí en su esfera más trascendente, en su jerarquía espiritual más fecunda y en su aventura existencial más generosa y solitaria, virtudes que la rutina de la parroquia y el trato habitual con ellos tienen la mala educación de volver imperceptibles, lo que no es justo.

Queda demostrado entonces que, aunque los amigos son de lavar y planchar, toda sociedad necesita de un cronista que, sin prescindir del afecto, se sumerja en las biografías personales e intelectuales de los mejores de su tiempo y su entorno, indague sus actos decisivos o simplemente caiga en la cuenta de que ha sido testigo de ellos, para devolvérselos a su sociedad revalorados en sus logros más creadores y colectivamente necesarios.

Parece incorrecto que haya destacado apenas del libro de Libaniel aquellos textos referidos a personas conocidas por mí antes de que el autor escribiera sobre ellas. Era inevitable. Para compensar al lector de lo que parece una preferencia de parte mía, lo invito a que sienta el regocijo de redescubrir a los personajes, que siendo desconocidos por mí, él distingue en cambio muy bien y se saluda en la esquina con ellos. Va a ver entonces el pálpito de revelación que lo acomete. Dejo, además, constancia, de que las historias que supe en estas páginas por primera vez, me han ganado una enorme curiosidad y afecto por los seres que las protagonizan. Cuánto diera por conocerlos, pues además no han llevado vidas extremas ni épicas. Simplemente imprescindibles, lo que es toda una gracia en estos tiempos y en este país.

Me uno, pues, a los calarqueños, para agradecerle a Libaniel Marulanda el rigor, buen idioma, gracejo y vocación de posteridad, con que ha construido las historias de vida que colman este libro. Aquí se agita una Calarcá tan cierta que parece increíble.

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