UN CAMINANTE QUE HACE EL DESTAPE AL ANDAR
"Creo que antes que tener poder, para imponer ideas y acciones a la sociedad,
debemos convencer a la gente de la justeza de nuestras propuestas".
Por Libaniel Marulanda (libaniel@gmail.com)
Su pueblo natal es un conglomerado de seres que han sido motivados durante un siglo por la necesidad genética de emigrar y, luego
de un tiempo, conseguir los medios para volver y poder exhibir un bienestar económico que será sopesado
por las marcas, los precios y las dimensiones de los bienes de consumo adquiridos. Esta es la vía expresa
al éxito y la notoriedad social.
A pesar de lo anterior, el respeto y afecto que sienten los habitantes de Calarcá por Néstor Jaime Ocampo,
es tan atípico como auténtico. Ha viajado por Europa y el mundo pero nunca en plan de buscar fortuna. No
ha sido traqueto. Tampoco ha dilapidado herencias de origen cafetero en aras de la diletancia, la bohemia
y el descreste. No posa de intelectual, no cita a Borges, no es socio del Club Quindío y, encima de eso,
anda y desanda las calles calarqueñas con su pinta y su bicicleta todoterreno, a tiempo que le hace el
desaire al campero último modelo de su adorable compañera, Xatlí, a quien llama "La
princesa".
Le cuenta a quien inquiere por su fuente de recursos para la sobrevivencia, que desde los últimos años de
su bachillerato del Colegio Robledo, llevado contra las cuerdas merced a una confrontación existencial que
exigía respuestas, descubrió que el problema económico se solucionaba renunciando a ser solvente y que la
vida le iría trayendo en su devenir la posibilidad de subsistir de manera digna.
Para ese entonces su norte estaba a la par con las quimeras de los alquimistas; sólo que él, Néstor Ocampo,
biznieto de fundadores del pueblo, quería atrapar el sol. Nada más que eso. Su altísimo puntaje, en unas
pruebas ICFES que recién comenzaban, le permitió el lujo de escoger carrera en la Universidad Nacional de
Colombia. Y como atrapar el sol era su meta, se matriculó en Ingeniería Mecánica, con la preconcebida
intención de estudiar a continuación Ingeniería Química.
Para desenrollar el ovillo de la quimera de Néstor Jaime conviene precisar que, para él, atrapar el sol era
una meta, no una poesía. Atrapar el sol, para canalizar esa energía hacia mil tareas que fueran útiles a
la sociedad, porque el problema era social. Y para atrapar el sol requería el conocimiento
de la química y la mecánica: tomar y llevar. Con esa idea, nacida como resultado de la confrontación
religión vs. realidad, cuando la vida le mostró su verdadero rostro: inequidad, injusticia,
ineptitud estatal, pobreza y pobreza, llegó a la Universidad Nacional, justo en ese año 71
que la historia señaló para siempre como el año de la máxima exaltación de las ideas revolucionarias
en Colombia.
Tal vez el punto de ebullición ideológica en todas las universidades del país,
que fueron entonces intervenidas y cerradas una tras otra; el mismo afán
de ser más actor que testigo, llevaron a este singular personaje a dejar abatida la bandera
de sus desvelados sueños académicos. Adiós Ingeniería. Regresó a Calarcá y se dispuso a fabricar
carpas, morrales y accesorios en una pequeña empresa llamada Montana. Su padre, de
quien heredó su nombre, Rosacruz y librepensador, estuvo de acuerdo con su decisión.
Por encima de nuestra deslucida pléyade (¿será mejor decir caterva?) de paisanos farsantes, mafiosos,
embaucadores, politicastros y violentos de todos los colores, la historia registrará algún día a Néstor
Jaime Ocampo Giraldo como el hombre de los destapes, en una Colombia que entronizó el tapen, tapen, tapen,
como parecen corroborarlo, ¡otra vez!, ciertas historias de chuzadas telefónicas, falsos positivos o
lotes, inversiones y zonas francas...
En medio de su espartana y peculiar manera de gozarse a su Calarcá, en la que bien pronto comprendió que se
vive mejor que en cualquier ciudad del mundo, Néstor Jaime Ocampo registra una serie de sucesos notorios y
probados. Ha sido invitado a Alemania e Irlanda, países en los cuales es reconocido por su obra. De igual
manera Inglaterra e Italia.
Hace pocos meses fue difundida al mundo entero, vía T.V., a través de los noticieros nacionales,
y una vez más, la aterradora verdad del Volcán El Machín, como
consecuencia de miles de temblores, que excitaron a niveles orgásmicos los sismógrafos instalados
en inmediaciones de este volcán, del que hace diez años casi nadie conocía, a pesar de haber sido
descubierto por el geólogo alemán Friedlaender, en el año de 1927.
Y para quienes han llegado tarde a la historia de esta otra Colombia, la real, conviene relatar que gracias
a la labor de destape de Néstor Jaime Ocampo y su Fundación Cosmos, el
Quindío, Colombia y buena parte del mundo supo, como subproducto informativo y nefasto del terremoto del
noventa y nueve, que a minutos de Cajamarca Tolima ha existido uno de los volcanes explosivos que entrañan
mayor peligro en todo el planeta. Como resultado de las conferencias de Néstor Jaime, uno empieza a
entender que un volcán explosivo es como una olla a presión con la válvula obstruida por los fríjoles;
El volcán Galeras es una vela romana, mientras que El
Machín es una papeleta o mecha de tejo.
Y llega de nuevo lo paradojal del asunto: Ingeominas en 1999 recomendó tener en cuenta la proximidad del
volcán y los posibles riesgos. Pero en el 2005, para la firma Cajiao y Asociados, a cargo del estudio de
impacto ambiental –que no debió ser gratuito, suponemos–, simplemente El Machín no existe. Es para aterrarse: se encuentra situado a siete kilómetros, en línea
recta, de Cajamarca. Esto quiere decir que su cráter, que ha permanecido oculto durante 850 años, y que es
tan grande que no se ve, literalmente está a un beso del tan cacareado
Túnel de La Línea, en construcción.
Es fácil entender por qué Néstor Jaime Ocampo es querido en Calarcá y odiado en las
altas esferas del poder político y económico. Ha sido recurrente la actitud
regional, y también del Estado, de anteponer a la verdad argumentos tales
como la necesidad del progreso, la prosperidad, el crecimiento. La historia de casi todos nuestros
gobiernos ha estado circundada por el síndrome del traje del emperador y, de vez en cuando,
personajes como el nuestro se lanzan a la mitad de la vía a gritarle al mundo la desnudez del
poder.
El incansable caminante de esta historia hizo su kínder de
trotamundos en auto stop cuando aún no terminaba su bachillerato. Solía salirse a la variante desde el
primer día de vacaciones a echar dedo hasta que alguien lo recogía. De este modo cumplió la promesa de
conocer su país antes que el mundo. Y bien pronto el mundo se atravesó en su camino. Hoy es un hecho
inédito e insólito lo del viaje de Néstor Jaime a Dublín el 4 de mayo de 2001.
Sólo alguien de su temple y audacia estaba llamado a cantarle la tabla a uno de los magnates
internacionales, teniendo por testigos los medios y los asombrados irlandeses que concurrían a la pomposa
Asamblea internacional de accionistas de la Jefferson Smurfit Group, la papelera multinacional.
Este calarqueño, considerado en varios textos como uno de los padres del ambientalismo colombiano, se
enfrentó allí a Michael Smurfit, presidente de la multinacional, y ante el
asombro del auditorio internacional en pleno sembró sus quejas y reclamos
por el crimen ecológico de la Smurfit: "las acciones que ustedes poseen de
esta compañía deben arder en sus manos y pesar en sus conciencias porque
las ganancias se obtienen contra el futuro de la humanidad".
En un país y una región donde la exageración y la mitomanía adquirieron la cotidianidad de sus arepas, una
anécdota como la anterior podría añadirse a la lista de nuestras mentiras,
como el segundo lugar del Himno Nacional o las nominaciones literarias al premio Príncipe de
Asturias. Pero en este aparente cuento de hadas sí participaron un par de entidades ambientalistas
que compraron una acción y se la endosaron a Néstor Jaime, de tal suerte que lo convirtieron
en accionista de la Smurfit para que participara en la controvertida Asamblea internacional:
fueron la alemana BUND y el Comité de solidaridad con Latinoamérica, LASC, de Irlanda.
El hecho, registrado con profusión por la radio, los periódicos y la televisión irlandesa, tuvo alcances
insospechados y hasta el famoso grupo musical de rock U2, liderado por Bono, resultó envuelto en el
debate, cuando se descubrió que mediante malas mañas la multinacional insertó una foto del grupo en una
de sus publicaciones, haciéndolo aparecer como avalador del manejo de la multinacional.
Néstor Jaime escribió a Bono y el grupo condenó la acción de la Smurfit.
Para concluir esta parte, digamos que la demanda instaurada por la poderosa Smurfit
contra Néstor Jaime Ocampo no prosperó: los ambientalistas demostraron ante
la justicia colombiana que las denuncias estaban respaldadas por hechos comprobados.
De la conversación con este calarqueño nacido el 24 de noviembre de 1950, en la segunda casa
quinta de la antigua salida para Armenia, lo primero que sale a flote es
que cualquier espacio en un periódico es insuficiente para registrar sus pensamientos, convicciones,
historias y acciones. Su vida es un libro que se escribe a sí mismo.
Lo que podría ser un tercer capítulo de esta crónica tiene el potencial de El Machín y el enredado follaje de los árboles de la Smurfit. Estamos a las puertas
de otra tragedia ambiental, revestida con todas las tonalidades de la ilegalidad, la maniobra,
el ocultamiento, la ambición y la eterna sed del oro. Estamos ahora ante la entrada oscura
de una mina, presentada en sociedad como el remedio a nuestras penurias seculares.
Al igual que los maridos engañados, los quindianos fuimos los últimos en enterarnos
de los nueve años de existencia de las maniobras
exploratorias que la firma Anglo Gold Ashanti, la segunda compañía minera en la jerarquía mundial.
Nueve años, que comienzan con el nuevo siglo, cuando invirtió, a manera de cuota inicial, $3.600.000
dólares en estudios, revisión de la legislación minera y desarrollo de estrategias. Luego, a partir de
2004, se han gastado otros ciento cincuenta y cinco millones de dólares en afilar sus garras y
emprender la tarea final de cambiarle cara y entrañas a nuestra geografía.
Pero estas cifras aún son tímidas: el proyecto de La Colosa, en Cajamarca, implica
un desembolso que oscila entre nueve y doce mil millones de dólares. Sin
ningún desgaste neuronal, cualquier desinformado lector podrá tasar el impacto que tendrá tal
proyecto en nuestras vidas y las de nuestros hijos. Todos sabemos ya que existe una gigantesca
mina allí arriba, cerca a Cajamarca, pero pocos saben que la mitad del polígono de concesión
de La Colosa está situado en tierras del Quindío. Un silencio estatal cubre estos hechos.
Y claro, de nuevo surgen aquí y allá las voces que vivan la llegada de grandes empresas trasnacionales a
nuestro territorio. Es que es el progreso, dicen, a tiempo que sacan pecho y preparan sus bolsillos. Y
aquí sobreviene la pregunta incómoda, aguafiestas, que suelen hacerse esas otras personas como Néstor
Jaime Ocampo: ¿Por qué será que entre los veintitrés países cuyas economías
dependen de la minería, dieciocho son los más miserables del mundo? Y Ante este panorama mundial,
¿cuál es balance final en términos de prosperidad de regiones colombianas como el Chocó, Marmato Caldas,
el sur de Bolívar y el Cauca?
Parece que los entes estatales, con excepción de Cortolima (Corporación Autónoma Regional del Tolima) que
ya expresó su concepto negativo a la concesión, consideran útil incentivar el cultivo del silencio en la
población, y la aceptación servil de todo cuanto venga de arriba, de allí de donde caen los dólares, el
saqueo y las órdenes.
Pero no todo es oscuro, ni todo es mentira; tampoco todo es silencio, encogerse de hombros o prosternarse
ante la realidad para que la historia pase por encima. Por suerte en Colombia y el Quindío, aún sobreviven
personajes que ejercen un liderazgo sin pretensiones de poder, y con una capacidad de entrega tan grande
como su amor por lo que hacen. Así como el calarqueño de pinta, perfil y bicicleta todoterreno: Néstor
Jaime Ocampo Giraldo. |