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EL BAILE DE LAS ILUSIONES

Libaniel MarulandaPor Libaniel Marulanda.
libaniel@gmail.com

"Pero si nuestro SÍ se pierde, de igual manera haremos de ese baile la cámara ardiente de una esperanza muerta en el Quindío aunque viva en Colombia."

El rector del colegio San Luis Rey ordenó suspender las clases al día siguiente, que fue el diez de mayo de 1957. Supe con un retraso de medio siglo que ese fraile era un demócrata. Ese día siguiente estuvo iluminado por el sol y la gritería de la población de Armenia: ¡Cayó Rojas Pinilla! Terminado el año lectivo, todos los niños de entonces sabíamos que se celebraría un plebiscito. Y lo sabíamos porque los maestros y nuestros padres y el vecindario y toda la gente toda quería parar eso que, saltándonos la regla ortográfica, desde siempre pusimos con mayúscula: La Violencia. Como lo registra el libro "Estado y subversión en Colombia, La Violencia en el Quindío años 50" (Carlos Miguel Ortiz, Biblioteca de autores quindianos, 2011), el Quindío aportó el sesenta por ciento de muertos a la cifra del viejo Caldas y este, la cuarta parte de todo el mortal saldo en nueve años: 168.451 (entre 1946 y 1957).

Con el fin de derribar una dictadura que era ya urticante para la cúpula de los partidos que entonaban himnos guerreros y escurrían por debajo de la mesa la plata para alimentar el conflicto, pactada la paz, implementaron una fórmula de alternación en el poder por un período de dieciséis años, a partir de 1958. Y como paso previo e indispensable convocaron al pueblo al plebiscito del primero de diciembre. Y todo el mundo dijo SÍ por la paz y las mujeres se estrenaron como votantes y cada partido limpió la sangre del prontuario de barbarie del que fue determinador, de tal manera que para ningún líder hubo cárcel. Y el Quindío y los nueve departamentos que vivieron esa historia respiraron la tranquilidad del borrón y cuenta nueva.

Ahora, cincuenta y nueve años después el país se encuentra a la puerta de un nuevo plebiscito. Y ahora como antes está por definirse si el número de muertos de los bandos es suficiente, si las posibilidades de victoria de la insurrección sobre el Estado o de este sobre aquel siguen imprecisas en la inclinación de la balanza. En el pasado, diez años de sangre fueron suficientes. Hoy no han bastado las batallas de más de medio siglo. Lo que se percibe en los corrillos, las esquinas, en las conversaciones de tienda o café es desalentador: parece que el Quindío es indiferente al conflicto y prefiere convalidar la guerra con su NO. Aquí, un solo ejemplo: en el Café de Carlos, de Calarcá, el día que se firmó el cese al fuego entre las Farc y el gobierno, los asistentes hicieron apagar el televisor que transmitía las imágenes del trascendental acuerdo. Claro que las encuestas nacionales por fortuna reflejan un país que entiende qué está en juego; claro que los primeros en querer el SÍ son los afectados por la contienda pero nuestra región, cuyos mayores respiramos el olor de la sangre y vivimos el asombro infantil ante las volquetadas de campesinos decapitados, ha dado muestras de que el conflicto le importa poco (aquí debería haber puesto: un culo).

En la Alemania de los años treinta todo un pueblo le abrió la puerta a la exclusión y endiosó a un demente. Sin embargo, existió otra pequeña pero sensata Alemania: la de miles de artistas y pensadores de la otra orilla. Años después la historia falló a su favor.

Pocas veces como ahora, muchos pesimistas quisiéramos estar equivocados en cuanto a lo que presentimos que va a pasar en el Quindío. Y aunque ese NO se advierte, un grupo de amantes del arte, la buena música y la vida sin violencia, hemos decidido hacer una fiesta, el viernes 23 de septiembre, bautizada como Fiesta por la Paz en SÍ mayor. Si erramos en la sombría premonición, bailando celebraremos por anticipado el triunfo de la razón sobre la barbarie, la mentira y la vileza. Pero si nuestro SÍ se pierde, de igual manera haremos de ese baile la cámara ardiente de una esperanza muerta en el Quindío aunque viva en Colombia.