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 EL CAFÉ QUINDIANO, ESE LEJANO Y VECINO SABOR

Café de olletaLibaniel Marulanda (libaniel@gmail.com)

Que la pizza italiana de mayor consumo sea la hawaiana, que la mejor bandeja paisa se consiga en Nueva York, preparada por un griego; que el más globalizado de los platos chinos sea el Shop Suey, inventado en California cuando se tendían los rieles del ferrocarril; que Gardel fuera francés, Alfredo Lepera brasileño, Julio Sosa y Horacio Ferrer uruguayos, que el baile nacional de Finlandia sea el tango...

Todo lo anterior es entendible; todo; Pero el café del Quindío... ¿Cuántos kilómetros cree usted que podrían cubrirse con la tinta que puede extraerse del vegetal que más mueve la aguja de nuestra historia, economía y cultura?

Y no sólo es el Quindío. Europa, la culta, la vieja, hizo de la bebida una ceremonia que se oficia en millones de sitios. Y qué no decir de lugares tan metidos en la cultura como el Café Tortoni de Buenos Aires, en donde solían sentarse artistas tan diversos como Manzi, el del tango o escritores como Borges. De ahí que también existan montones de canciones cafeinadas. ¿Cuántas miles de páginas podrían escribirse sobre los nostalgiados cafés de nuestra carrera dieciocho, sus exuberantes meseras y las cafeteras italianas de vapor a presión?

Incluso, ya sabemos que existe una variedad de café que, por paradoja, ennoblecido entre jugos gástricos y excretado (poposiado, dirían las señoras decentes) por unos gatos de Nueva Zelanda, es el más excelso y más caro del mundo. Y entre nos, el San Alberto, nuestro café estrato 10, expendido en Buenavista.

Pero miren cómo son las cosas de la vida. Tanto café, tanto conocimiento, investigación y marketing; que la roya, que la broca, que Juan Valdez, que los cafés de origen, que el caturra, que la variedad Colombia, que el Comité de cafeteros...

Para añadirle a lo anterior, miremos la huella del café en la publicidad y mercadeo: Llantas del café, Pan y café, Café y tortas, Telecafé, Autopista del café, Parque del café, y otros centenares de panaderías, firmas, empresas y negocios

Y pregunto: ¿Por qué, justamente en el Quindío, ofrecemos y consumimos el peor café del mundo?

Comencemos por nuestras oficinas públicas, sean estas la Secretaría de cultura departamental, la de Turismo, el Instituto de Bellas Artes. Vaya y tómese un café y entérese de cómo es el proceso: Es elaborado en un adminículo llamado greca (¿será de Grecia?, en el cual se vierten dos cucharadas de café por cada diez litros de agua y luego de hervido y recalentado, es servido por las diligentes señoras del tinto. Y aquí no hay más que pedirle al lector que repase en su memoria gustativa ese sabor a café. Y, encima de todo, no faltan visitantes de los despachos que lo piden: "clarito, por favor". ¡Y lo endulzan para rebajarlo!

Sin embargo, hay que abonar las buenas intenciones de la propaganda institucional del Comité de Cafeteros: "Vierta una cucharada de café molido por cada pocillo".

La cosa no se circunscribe a los despachos públicos, empresas y afines: Vaya usted a una casa, siéntese, y a los tres minutos su amable anfitriona le habrá llevado una pócima tan aguada como la descrita, y sobre adicionada además con panela.

En la mayoría de hogares del Quindío y el antiguo Caldas, el café o tinto es preparado a primeras horas, sin colar, en una generosa olla en la que será recalentado por horas y horas, en la medida en que la familia lo requiera. Incluso, si alguien llega después de la medianoche, también visitará cocina y olla.

Y pensar que esa aguacafé la toman los mismos recolectores y patrones en pleno cafetal. Un ritual surrealista.

Uno hasta entiende que los fríjoles cocinados en las fincas y en casi todos los hogares del Quindío estén revueltos o adicionados con plátano ("rendidos", como la mismísima cocaína). Los fríjoles son caros, dicen los finqueros, para disculparse de la cuestionable alimentación que dan a los recolectores de café.

Pero, ¿el café, en un territorio que alcanzó los honores de ser patrimonio de la humanidad? ¿No dizque producimos el mejor café suave del mundo? Algunas de nuestras costumbres tienen más de perversas que de folclóricas. Si no lo cree usted, señor visitante o turista de Semana Santa, dese una pasadita por una de las miles de cafeterías populares o de barrio, si es que el café que le sirvieron en una de las fincas de agroturismo no es también aguacafé.

Por fortuna, y en oposición, nuestros visitantes y residentes también pueden degustar un verdadero y buen café en decenas de expendios diseminados en todo el departamento. Pero ese es otro cuento, otro paseo, otra realidad...

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