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 LA MÚSICA DEL QUINDÍO, REFLEXIONES CRÍTICAS
Libaniel MarulandaPor: Libaniel Marulanda. (libaniel@gmail.com)

El Quindío, como territorio colonizado tiene numerosos años, historias y acciones colectivas a cuestas; como departamento todavía no cumple los cincuenta años. Desde esta última perspectiva podemos afirmar que es una región cuya cultura e identidad está en construcción. Poniéndole mala leche al asunto, podríamos decir que todo lo nuestro es prestado. Pero, de eso se trata; de indagar aquí y allá, nutrirnos de las opiniones de unos y otros, de tal manera que podamos confluir en una apreciación que coadyuve a consolidar un pensamiento e identidad quindiana.

ALGUNOS ANTECEDENTES NECESARIOS

El Quindío nació también como un acto de rebeldía, se pobló de desplazados tanto de la guerra perdida por los liberales de finales del siglo diecinueve, como de aquellos hombres sin tierra y con sangre aventurera.

Como si no bastara con la adversidad propia de la empresa colonizadora, aquella generación vivió enfrentamientos y penalidades a causa de la pretensión rapaz de la compañía Burila.

El Quindío es tierra de superlativos. Urbana y rural, cruce necesario de caminos; un caldero en que se han cocinado los genes de colonos y campesinos llegados de distintos puntos geográficos. El Quindío también es tierra de paradojas. El clásico modelo de minifundio improductivo, de pancoger se convirtió aquí en su contrario y vino la prosperidad para los minifundistas. Como señal inequívoca de la paradoja, el Quindío vivió toda la época de bonanza y expansión cafetera en la misma época en que sufrió la mayor violencia partidista, entre los años cuarenta y sesenta.

De aquí surgió Tirofijo; un poco después los hermanos Vásquez Castaño, los del ELN. Aquí se hizo mito "Chispas" y también nació Garavito, el asesino y violador. También Ledher, el primero y gran narco extraditado. Para quienes llegaron tarde: sepan que la más reputada empresaria del sexo pagado, Blanca Varón, trasladó de Armenia a Bogotá su negocio. O que el nuevo jefe de las Farc, Timochenko, es calarqueño.

En 1999, la región vivió el mayor terremoto del país y aún vive sus secuelas. Tal vez por los imperativos de la sangre de colono, eso que llaman "la andadera", el Quindío se volcó a robustecer esa diáspora que puebla a España, Estados Unidos y otros países de economía próspera. Además, esta tierra se ha convertido en destino turístico a tiempo que ocupa el podio nacional en desempleo, y ni hablar del proxenetismo, el microtráfico de droga, la corrupción política y oficial.

Y ahora estamos en lista de espera. Sobre el horizonte se percibe una nueva causa para los sueños, los negocios, los proyectos, el futuro... ¿Y por qué no decirlo?: La politiquería, el tumbis, la cháchara y el desencanto: El paisaje cultural cafetero, patrimonio de la humanidad.

¿Y de la música quindiana qué...? ¿Qué tiene qué ver aquello con esto?

La música, la literatura y el arte, en general, han tenido en el Quindío cultores importantes ligados de corazón a su entorno. Pero, ¿cómo ha sido recreada esa historia, rica en sucesos, trágica, picaresca, tan especial, en nuestra música?

Al hacer un inventario de nuestro acervo musical, al pasear la mirada por centenares de páginas de obras como el Cancionero mayor del Quindío, libro impreso en dos tomos, resultante de una profunda investigación sobre la música de la Hoya del Quindío, advertimos que a pesar de la historia y los sucesos quindianos, la obra y creación de autores y compositores ha evadido el compromiso primario del arte frente a la historia y la realidad.

La música quindiana se ha centrado en la descripción paisajística, dentro de un cierto primitivismo estético. Hemos llegado a tal punto de repetir y repetir letras y melodías, que nos tropezamos de manera continua con las mismas frases prefabricadas, las mismas rimas consonantes o asonantes e idénticas figuras presuntamente poéticas.

Unos y otros le han cantado al entorno, a la realidad geográfica, pero sin que haya el menor asomo de problematizarlo. Nuestro cancionero quindiano es un catálogo costumbrista del que está ausente el campesino mismo, como actor, víctima de los conflictos sociales y políticos y hacedor de riqueza. En lo urbano la cosa es igual: nada de nada.

Es como si el tren de la historia no hubiese pasado por el Quindío; porque sus compositores y autores no se percataron de la fortuna temática diseminada por el territorio y que aún ahora sigue inexplotada, ausente de su universo estético. Una forma de detección de ese síndrome de avestruz puede hallarse en la única excepción que hemos podido conocer, un verso modesto, casi que mimetizado en un bambuco (Esta es mi tierra) de José Rubén Márquez: "Hay en sus montes y valles el dolor del campesino / que va luchando y muriendo como la flor sin rocío". Es una ínfima alusión que como flor del desierto se advierte entre cientos y cientos de canciones quindianas.

En materia de autoría de letras, aunque no está inscrito dentro de los límites estrictos de lo regional, no puede omitirse la producción poética de un quindiano que logró conmover y hacer cantar a una generación que se puso de pié y cuestionó la sociedad colombiana en los años sesenta-setenta: Nelson Osorio Marín. Él fue el autor de la mayoría de canciones que consagraron a Ana y Jaime y a otros como Eliana o Norman y Darío. Murió en 1997, tras escribir la letra que compendió toda una época memorable: Los años inmensos. Ese género es conocido ahora como Canción Social.

Inscrito, este sí, en un suceso amargo de la historia quindiana: el terremoto del 25 de enero de 1999, es de obligada menciónel aporte del autor y compositor Eduardo Cabas de la Espriella (costeño él) con su disco compacto, interpretado por la manizaleña Carmenza Duque y titulado “El corazón del Quindío”. Podría llamársele a esta obra una excepción pero la procedencia y lejanía del autor, al contrario, corrobora aún más el cuestionamiento que motiva este escrito.

Como ejemplo, y en amplia oposición al acervo musical quindiano que se cuestiona, mírense las letras de canciones compuestas en otras regiones de Colombia, óiganse sus propuestas armónicas. Al final del ejercicio comparativo queda una sensación que oscila entre la impotencia y la envidia.

Y de nuevo la paradoja: El compositor de mayor reconocimiento en el país, Ancízar Castrillón, se ha alzado con cerca de cuarenta premios nacionales en los concursos de música andina. Sin embargo el grueso de su obra, meritoria en todo caso, no puede enmarcarse dentro lo que se quisiera, en aras de la cualificación de este género artístico.

En sentido contrario y desde años atrás, un buen número de autores y compositores colombianos, de distinta procedencia regional, han construido su obra bajo las premisas de una nueva tendencia que se ha ido afianzando en el país como una escuela o movimiento. La existencia y proliferación de festivales de música han sido determinantes en el proceso de dar a conocer una forma que ha conseguido romper las ataduras impuestas por una concepción inamovible de los esquemas de la música colombiana.

En el ámbito colombiano, basta con citar un nombre: Guillermo Calderón. Sin duda este cantautor encarna esa nueva tendencia musical. Su aporte al patrimonio nacional está avalado por más de una cuarentena de premios. Algo similar en lo cuantitativo a nuestro crédito quindiano Ancízar Castrillón, pero opuesto en cuanto toca con el contenido. Creo que la obra de Guillermo Calderón, resuelve de manera sólida y convincente el socorrido concepto de la inmutabilidad del folclor.

Basta oír dos o tres canciones suyas para corroborar la genialidad de este huilense y advertir qué le falta a la música de factura local.

Y aquí es necesario volver sobre el tema antes tocado: qué dicen las letras del cancionero quindiano. Cómo y en qué medida se ha reflejado la poética regional en el cancionero del Quindío.

Si bien es cierto que promediando la mitad del siglo pasado, cuando aún pertenecíamos a Caldas, el Quindío puso una adecuada dosis como cuota inicial en la poesía popular que fue musicalizada, muy pronto esa producción quedó rezagada por efecto de la autocomplacencia, la falta de rigor creativo y la inexistencia de una crítica musical que aún no se percibe. He ahí el porqué de la precariedad literaria en nuestra música.

Y no podemos argüir que carecíamos de poetas cuando, por el contrario, pecábamos de tenerlos en abundancia. Pero aquí se impuso el paisajismo, la mirada bucólica, costumbrista sobre las otras realidades. Y por contagio, por la facilidad de copiar aquello que resulta exitoso; en suma porque en tierra de ciegos el tuerto es rey, la música quindiana se quedó ahí, atascada, absorta y autocontemplativa, mientras sucesos, escenarios, historias y personajes pasaban de largo, como si nada, sin merecer la mirada creativa de los cientos de autores y compositores nuestros. Muchos de ellos, y a lo mejor todos, no recurrieron entonces ni tampoco ahora a los poetas. En últimas, se conformaron con garrapatear versos fallucos, falsos, fáciles, feos, fríos, fatales y fútiles.

Para buena parte del público consumidor de música lo que digan o dejen de decir las canciones que muelen las emisoras carece de importancia. Pero, si es así, ¿Por qué tienen audiencia las canciones de Silvio Rodríguez, de Alberto Cortez, de Joaquín Sabina, de Rubén Blades?

Quede claro, eso sí, que el asunto de la poesía como parte fundamental de la canción popular de buena factura requiere que los poetas busquen un lenguaje acorde con el género, con la melodía. En otras palabras, hay que transigir un poco en aras de la claridad sin que implique sacrificar la calidad. No se trata de deslumbrar a los críticos literarios y sí de llegar a la gente con recursos normales, presentes en su realidad inmediata. Si el arte tiene una función social, el producto, la creación, debe dirigirse a la sociedad; nunca a una élite intelectual iluminada.

Cuando se asume, como en este caso, la difícil pretensión de mirar con otros ojos la música quindiana, es fácil tropezar, caer y quedar herido en el intento por razones tan obvias como el rigor investigativo, la precipitud y la ignorancia. Ante esa posibilidad debo hacer la salvedad de que, quiérase o no, los años son los años y cada día surgen nuevos pensamientos, creaciones, artistas e intérpretes que, sería lo deseable, nos pueden hacer tragar las palabras.

Los años noventa le abrieron la puerta a otros sonidos, armonías, grupos, intérpretes, autores y compositores quindianos que optaron por acogerse a la nueva tendencia de la música colombiana. Es preciso aclarar que la materia prima de estas reflexiones, ante todo, es la literatura en nuestra música. La gramática musical se la dejo a los académicos, que los tenemos y con orgullo.

Aunque son pocos los nuevos, su enumeración no es fácil. Con todo sería imperdonable no mencionar a Victoria Sur y su Bambuco ácido y a la multifacética Marta Helena Hoyos. Y que por ahora perdonen mi desmemoria los demás.

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