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 NOEL ESTRADA ROLDÁN

Por Libaniel Marulanda (libaniel@gmail.com)

"Mientras la muerte aceche en cada encrucijada, no hay camino que conduzca a parte alguna" (Noel Estrada Roldán)

Cenizas Noel Estrada RoldánLas cenizas del poeta Noel Estrada Roldán ocupan desde el pasado mes de julio la bóveda número 68 en el Cementerio Libre de Circasia, tras una sencilla e íntima ceremonia oficiada por su esposa Martha Gómez viuda de Estrada, la mujer que hombro a hombro con los sonetos compartió el tránsito vital del artista, muerto en Circasia hace dos años. La frase que encabeza esta nota, de la autoría del poeta, será grabada en su lápida.

El traslado de las cenizas del poeta, nacido en Aguadas el 26 de febrero de 1927, se realizó en medio de la lluvia que suele acompañar todos los actos que precisan de tiempo seco, muy a la manera de Circasia, en la tarde del viernes. Con ese ritual, Martha Gómez, pudo cumplirle al poeta sus últimos deseos. Durante el trayecto acunó conmovida el pequeño cofre de madera, luego de superar las naturales dificultades que entraña este tipo de diligencias, a las que se agregaron, además de la pertinaz lluvia circasiana, una larga espera en el cementerio católico en construcción, situado sobre la Autopista del Café, antes de entrar al pueblo donde residió el poeta.

Álvaro Jaime Ospina, el acucioso director de calarca.net realizó el registro fotográfico del acto al cual concurrieron, invitados por Martha, Guillermo Jaramillo, Luis Fernando Arbeláez, Alejandro Herrera, Libaniel Marulanda, Jaime Ortiz, Norberto Rojas, Esther Jaramillo, Sonia Vallejo y Álvaro López.

 RESEÑA BIOGRÁFICA

Del poeta muerto existen tantas historias como sonetos. Y unas y otros van de extremo a extremo. Que llegó a Calarcá, huérfano y procedente de Aguadas Caldas, donde fue protegido por la familia Jaramillo. Tenía entonces siete años. Corría el año de 1927, el mismo que trajo el tren a Armenia. Su condición de huérfano, venido a Calarcá desde Aguadas, lo hizo un hijo más de la familia Jaramillo. Gracias a la protección que le brindaron pudo estudiar y ser bachiller del Colegio Robledo. A esa época se remontan sus primeras incursiones literarias en la revista del Colegio, el suplemento literario de La Patria de Manizales y otros diarios de circulación nacional.

El arrojo y ese cierto virus migratorio presente en los genes de nuestros paisanos, lo movió a dejar a Calarcá, viajar a Bogotá y luego poner a España en su destino. Un hecho singular influyó en el estilo y la vida del joven creador. Allí en ese país investigó para el Archivo de Indias, con sede en Sevilla, acerca de Jiménez de Quesada y Pedro de Ursúa. También asistió a la Universidad Complutense de Madrid como estudiante de Filosofía y Letras, a tiempo que colaboraba con revistas literarias españolas. Su libro de mayor calado clásico, con treinta y cinco sonetos agrupados bajo el título de "Clamor de España", fue publicado por el Instituto de Cultura Hispánica.

Circulan innumerables textos sobre los últimos años de Noel Estrada Roldán. En ellos se enfatiza sobre su precaria condición económica, el olvido oficial, la desprotección y la indolencia de una sociedad hacia quien fuera un poeta mayor de la lengua de Cervantes. Con todo, Martha Gómez, no se siente representada en esas voces: "Pobres sí, pero nunca nos acostamos sin comer", afirma con dignidad.

Justo el año de su arribo a los ochenta de existencia, el 10 de junio de 2007, en Circasia, murió a quien Carlos Alberto Villegas "Petete" (director de la revista virtual Termita Caribe) llamó el último cultor del soneto clásico alejandrino en Colombia. Tal vez lo fue también en el mundo.

Asistí con los míos a su funeral y, con la escasa comunidad literaria quindiana presente, compartí la rabia y el asombro ante dos hechos que ennegrecieron aún más el luto por el poeta. Primero, Noel Estrada Roldán, sin escándalos ni posturas vitrineras, a lo largo de su existencia mantuvo una respetable distancia con los asuntos religiosos. Fue un existencialista, por decir lo menos, y en los últimos días en que el mal de Parkinson le permitió hablar, expresó de manera textual, una vez más, el deseo de que su muerte no estuviera asistida por sayones.

Sin embargo, ante el acoso económico, Martha Gómez de Estrada, se vio forzada a ignorar la voluntad del sonetista muerto y optar por el ritual católico. Todos a una, nos sentimos culpables, cobardes y traidores.

Cenizas Noel Estrada RoldánHace un par de meses acompañamos a la viuda del poeta al Cementerio Libre de Circasia. Ya la premura del entierro era cosa del pasado y al acercarse a los dos años de su deceso, Martha quería serle fiel a la voluntad de su Noel, de su niño, como solía llamarlo cuando ya sólo tenía fuerzas para la agonía. En su paseo por el blanco monumento a la libertad, encontró el sitio ideal para depositar las cenizas del poeta.

Tras un noviazgo de veinte años y luego de casarse con Martha, por lo católico, en el barrio Belén de Armenia, el seis de marzo de 1975, Noel compró una pequeña propiedad en Puerto Rico, Caquetá. Estaba situada entre el río Guaya y la quebrada La Esmeralda, a hora y media en canoa del pueblo: el lugar perfecto para amar, soñar y tejer versos. Sólo la nostalgia del viejo Caldas los hizo regresar. Se instalaron en Circasia en 1981.

En realidad, Noel y Martha no tuvieron hijos, a pesar de tres embarazos frustrados. Al poeta, por su parte, siempre lo persiguió el recuerdo de su madre muerta tras un parto. Un poema que desgarra, "Réquiem para el hijo eludido", de su cosecha, es una elocuente prueba de sus terrores.

Alto, con porte de hombre rico, enfundado en una gabardina italiana, sus antiguos amigos lo recuerdan aferrado a convicciones tales como la función social del arte y la literatura. Se dice que llevaba hasta el terreno de los hechos esta concepción libertaria de la propiedad. Una trasposición del principio agrarista de Emiliano Zapata: algo así como los libros para el que los lea. Su costosa colección de libros, muchos de ellos en francés o inglés, parece atestiguar su paso expropiatorio por las librerías bogotanas y europeas.

A pesar de los últimos veinticinco años vividos en Circasia, Noel Estrada Roldán siempre tuvo a Calarcá en su corazón de poeta. Sus recuerdos solían pasearse por el Café Granada, el Colegio Robledo, la carrera veinticinco, y a veces se detenían en la figura anónima vestida de rosado de esa primera maestra, objeto de su enamoramiento infantil. De manera tardía, apenas ayer, nos enteramos de la existencia de un plan para traer desde el cementerio católico de Circasia hasta la Casa de la Cultura de Calarcá, las cenizas de Noel.

En la modesta casa del barrio Francisco Londoño de Circasia, donde aún se agolpan los libros, las reminiscencias, parlotean dos loros, y a cuyo diminuto patio acude aún tímido el sol a la cita cotidiana con el poeta que se fue, una mujer en quien no existe ya la espera tejerá y destejerá recuerdos, una vez cumplido el último deseo del poeta muerto.

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