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LA COLONIZACIÓN DEL QUINDÍO

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CAPÍTULO V: EL COMIENZO DE LA COLONIZACIÓN

Por Jaime Lopera Gutiérrez
jailop1@gmail.com

No es puntual el momento en el cual finaliza en el Quindío el período de la conquista. Solo una pesquisa cuidadosa, en los ricos e importantes archivos de Cartago y Buga, revelaría nuevos cortes en aquellos doscientos años de nuestra historia regional que conocemos impropiamente.

Rogelio Escobar Ángel (1), en un pequeño folleto de 1955, revela la existencia de un «vacío colonial» en la región antioqueña el cual se prologa, según él, hasta 1830, aproximadamente. Por su parte, la historiadora norteamericana Ann Twinam dice «Hay muchos vacíos en mi estudio en este cuadro del comercio colonial (pero) los documentos de los notarios coloniales, y hay tomos, necesitan un investigador que nos revele información acerca de las deudas, contratos inversiones y otras actividades económicas de las elites provinciales. Las guías y los registros aún pueden ocupar una facultad de historiadores y los siglos diez y seis y diez y siete permanecen como «tierra incógnita» (2).

Llegados a este punto, es importante puntualizar, sin embargo, que el oriente antioqueño es, para nosotros, la semilla del cambio colonizador.

Una idea que he venido trabajando sugiere un proceso centrífugo (exógeno) que movilizó desde ese oriente a los colonizadores a partir de motivaciones tan objetivas como el deseo de tierras, la búsqueda de oro en los cementerios indígenas de los quimbayas, y un cierto afán cooperativo que realza el espíritu antioqueño cuando se enfrenta, acompañado, a la desventura.

Mucho más tarde, en su última etapa del Quindío, el proceso se detuvo y devino centrípeto (endógeno), orientado hacia el café, hacia la arriería de transporte interregional y hacia la estabilidad consuntiva de los colonizadores, como si su energía se hubiese detenido al servicio de comunidades más equilibradas. El descongelamiento de todo ese proceso comenzó en Sonsón, asociado a la pobreza y la presión demográfica, y el recongelamiento surge a principios del siglo XX cuando las fuerzas económicas y sociales que movieron todo el proceso colonizador se estaban consolidando alrededor de la economía cafetera en todo Caldas, el norte tolimense y del Valle.

En otros sitios del territorio granadino se sucedían diferentes episodios y se asentaba lo que permanecía del régimen de la colonia. Con respecto a esta época colonial en Antioquia, la historiografía se divide en tres interpretaciones: la que señalan a Francisco Silvestre y a Mon y Velarde (1785-1788) como los «regeneradores» de la vida económica provincial; la tesis de que Antioquia permaneció en plena depresión durante la época colonial; y la tercera que encuentra en la economía colonial antioqueña muchas e importantes potencialidades para llegar con éxito al período republicano (3) y expansivo de la colonización. Lo que no se puede pasar por alto es que hubo un proceso de cambio gestado con el apoyo de la explosión minera de los antioqueños; con esos capitales y la tendencia a su liquidez, la diversificación agrícola se fue consolidando.

El problema de la minería antioqueña era el estado cíclico de su mano de obra, indígena o esclava, -los indios de trabajo se fueron exterminando y esta población pasó de 120 mil en 1550 a solo sesenta «indios de labor» en 1663, (4)-, en tanto que el problema de la distribución de la tierra también da muestra de algunas variaciones a partir de las adjudicaciones por parte de los cabildos y de los pleitos de tierras que se instruían. A Marinilla y Rionegro se les reconoce una cierta primacía minera que atrajo la migración de numerosas familias españolas a finales del Siglo XVIII, presentándose así una fuerte presión sobre la tierra y, por ende, la aparición de un mercado.

Sin embargo, dice Parsons, «no hay observador de Antioquia del último periodo colonial que no esté de acuerdo en asociar la pobreza general de la región con el alto costo y la escasez de los artículos alimenticios.» (5)

Esta carencia de alimentos justamente precipitó la necesidad de fundar nuevas poblaciones para dedicar sus tierras primero a cultivos de pancoger y, después, a la búsqueda de oro por parte de sus habitantes. La fundación de Yarumal en 1786 obedeció a esa preocupación, y un poco más tarde ocurrió lo mismo con Sonsón en 1789. Esta última población fue establecida en territorio de la gran concesión de tierras de Felipe Villegas y Córdoba —que incluía parte de los actuales municipios de la Ceja, Abejorral y Sonsón—, un español que había llegado desde Burgos para construir un camino peaje entre Medellín y Mariquita (6).

Fue entonces el oriente antioqueño la cuna del movimiento colonizador que se extendió por Caldas y el Quindío. Como una de las maneras de describir el desarrollo de este proceso, sigamos las huellas épicas de uno de los exponentes mayores en este período colonizador, Fermín López, quien llegó a Sonsón en 1804, y allí comenzaron sus acciones de viajero y colono.

Nació Fermín López en Rionegro, en 1764, y tenía ya 40 años cuando llegó a Sonsón en busca de nuevos horizontes; allí le correspondió recibir, en repartos de tierras, una porción situada en la región de Aures donde estuvo varios años. Viudo de Salvadora Osorio, que le dejó dos hijos, casó luego con Ana Joaquina Hurtado (quien habría de acompañarlo en el resto de sus viajes).

Acicateado por el deseo de abrir nuevas tierras -dentro de una corriente migratoria que tenía a Sonsón como punto de arranque, a causa, entre otros problemas, de aquella larga sequía de 1807-, Fermín López vendió sus propiedades y se trasladó hacia el sur a un sitio llamado Sabanalarga. Pero, rehuyendo los territorios de la Concesión Villegas, con este traslado ocuparon de todos modos los terrenos de la Concesión de José María Aranzazu.

En este punto, concerniente con los pleitos de tierras y las adjudicaciones de baldíos, es necesario mencionar el erudito Capítulo VIII del historiador Marco Palacios donde el autor recoge las estadísticas del Archivo Nacional de Colombia sobre asignaciones en Antioquia y Caldas entre 1827 y 1931, -en algunos casos diferentes de las que trae Cruz Lopera Berrío en Colombia Agraria (Manizales, 1920), citado por el mismo Palacios (p. 312). (7 – 8)

José María Aranzazu había tenido conocimiento, pero desde lejos, de las tierras situadas entre los ríos Arma y Chinchiná, y por ellas propuso una capitulación al Rey Carlos IV; aunque el soberano accedió a facilitarle esas tierras en concesión, al final esto no se llevó a cabo. Sin embargo, más tarde, un hijo de Aranzazu, Juan de Dios, alegando el derecho de dominio de estas tierras, pidió su posesión a un juez de Rionegro, quien confirmó su título en 1824.

La parte de la concesión donde se había ubicado Fermín López con su familia, al sur de Arma, quedó todavía bajo el dominio de los sucesores de Juan de Dios Aranzazu, y de la firma González & Salazar y Cía. (sociedad de hecho dirigida por Elías González, pariente de Aranzazu, y por Luis Gómez de Salazar) la cual promovió posteriormente una multitud de conflictos con los pobladores de Salamina, Filadelfia, Neira, Manizales y el distrito de Pácora.

Fermín López ya se había decidido de todos modos a establecer una nueva población en Sabanalarga, entre los ríos Pocito y Chamberí, a la cual dieron el nombre de Salamina para perpetuar la isla ateniense de Temístocles (9). La fundación de Salamina se hizo en 1825, ratificada por un decreto de Santa Fe de Bogotá que, en apariencia, consideraba a esas tierras como baldíos.

Los líos judiciales con la sociedad González & Salazar, impelieron a López a buscar otras tierras hacia el sur para emigrar a ellas y fundar una nueva población alejándose de los litigios que se le venían por cuenta de estos concesionarios. López se propuso salir de este terreno complicado por los esbirros del concesionario, y decidió entonces un nuevo viaje más hacia el sur, e iniciando una expedición notable por los riesgos encontrados y por la infinidad de obstáculos con que tropezaron en la selva los exploradores.

Así llegó el expedicionario a La Linda (Manizales), en 1834, donde permaneció tres años hasta cuando supo que nuevamente estaba en dominios de la Cía. González & Salazar. Entonces, para evitar nuevas desavenencias, abandonó tres casas que había construido en el campo de San Cancio e inició un nuevo éxodo a través de la selva desconocida. (10) Nuevamente siguió la ruta hacia el sur, pasó el río Campoalegre y luego el Otún, llegó a Cartago y allí pidió autorización para fundar una nueva población.

Acompañado de otros colonos como Francisco Pereira, José Hurtado y Miguel Dávila, Fermín López regresó al sitio donde había sido fundada Cartago por el mariscal Robledo, en las márgenes del río. Consota, para fundar a Pereira; pero, desalentado por las condiciones climáticas de este lugar, decidió fundar él mismo una población más al norte y, en asocio de otros colonizadores, fundaron a Santa Rosa de Cabal en 1844. Aquí murió Fermín López, en septiembre de 1846, a los 82 años de edad.

La Salamina de Fermín López queda atrás como un ejemplo de diseminación colonizadora. Con Aguadas, Pácora y Riosucio —fundadas antes de 1827—, por ahí se van articulando las influencias colonizadoras hacia el oriente y el occidente. Pero entonces Santa Rosa y Pereira sirven de punto de arranque para una nueva ola expedicionaria: precisamente Salento es una estación intermedia entre Cartago e Ibagué, establecida en 1843 como colonia penitenciaria para los trabajadores del Camino del Quindío, pero «en 1866 se había convertido en corregimiento, con una concesión oficial de 12 mil hectáreas de baldíos, pero su crecimiento fue lento hasta que, diez años después empezaron a llegar inmigrantes antioqueños al norte.» (11)

Pero esta época es el preludio de un fuerte acento federalista que predominó, especialmente entre los años 1853 y 1863, cuando observamos la proliferación de constituciones provinciales y distritales como las que señala Carlos Restrepo Piedrahita (12) al hablar del «constitucionalismo antioqueño conservador» y el «constitucionalismo santandereano liberal» en el marco general de la primera república liberal (proceso histórico—jurídico cumplido entre 1855 y 1885, el período de más relieve para el estudio de la colonización antioqueña).

CITAS

(1) Juan Friede, et al. Historia de Pereira. Bogotá, 1963.

(2) Carlos Miguel Ortiz, Fundadores y negociantes en la colonización del Quindío. Revista Lecturas Económicas, Universidad de Antioquia, Medellín, enero-abril de 1984, p. 114

(3) Hernando Muñoz y 3 otros. Proceso de poblamiento de Salento. Cfr. Congreso Nacional de Historia de la Universidad del Quindío, julio, 1985.

(4) Ernest Rothlisbeger, El Dorado. Estampas de viaje y culturas de la Colombia suramericana. Banco de la República. Bogotá, 1963, pps. 347-348.

(5) Alejandro de Humboldt (1802). Citado en Viajeros Extranjeros en Colombia. Siglo XIX. Carvajal y Cia., Cali, 1970 (págs. 21 a 27)

(6) J.B. Boussingault, Memorias. Colección Bibliográfica, Banco de la República, 1985. Tomo IV pps. 74 y 75.

(7) H. Peña, Geografía e historia de la Provincia del Quindío. Popayán, 1892. También citado por Parsons, pag. 120.

(8) Citado por Hernando Muñoz y otros; Proceso de poblamiento de Salento. Op.cit.,

(9) F.J. Vergara y Velasco. Nueva Geografía de Colombia. Archivo de la Economía Nacional, Banco de la República, Bogotá, 1901.

(10) F.J. Vergara y Velasco, op. cit., pag. 165

(11) F.J. Vergara y Velasco, op. cit., pag. 165