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LA COLONIZACIÓN DEL QUINDÍO

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CAPÍTULO XVIII: CAMINO AL CENTENARIO

Por Jaime Lopera Gutiérrez
jailop1@gmail.com

En el año 1953, Calarcá tiene una población escolar de 10.426 alumnos, es decir, un 19,1 por ciento de la población total en el censo de aquel año (118).

Pero la deserción escolar es alta. Como en primer año de primaria se matricularon 776 alumnos, y en quinto año lo hicieron únicamente 150 en toda la ciudad, ello parece indicar que el ausentismo en los cinco años anteriores es del orden de 626 alumnos que no alcanzan a terminar la educación primaria. Una de las razones de esta deserción puede atribuirse a la multiplicidad de la propiedad cafetera de índole familiar, que suele ser explotada con la ayuda de los niños para evitar el pago de mano de obra extraña.

Veamos cómo la composición de la vivienda rural nos arroja nuevas ideas: en este mismo año de 1953, el número total de viviendas en Calarcá asciende a 6.181, discriminadas así: viviendas urbanas: 2.294; viviendas rurales: 3.887. Estos datos apuntan al hecho de que la concentración humana en la vivienda rural es intensa y la promiscuidad considerable. Al déficit habitacional en el campo se suman las injustificables deficiencias higiénicas, como que por esa época el 60 por ciento de las casas rurales carecen de agua, el 77 por ciento de sanitarios, el 89 por ciento de baño, el 85 por ciento de luz, y muchas más con piso de tierra únicamente.

Pululan las enfermedades de las vías digestivas en toda la ciudad, la tuberculosis, las venéreas y enfermedades de la piel; y, como si esto fuera poco, cada habitante de Calarcá consume durante 1953 un promedio de 2,55 botellas de bebida destilada (aguardiente) de 720 gramos, para un total de 131.049 botellas. Esa elevada concentración alcohólica corre pareja con muchos problemas de salubridad, de frustración, de estrechez económica, de prostitución por los bajos salarios que obligan una compensación de los mismos (119).

Luciano Echeverri cae asesinado cerca de la entrada de su finca en los primeros meses del año de 1953. Es el primer estallido de la violencia en Calarcá y la iniciación de un fenómeno que cambió todo nuestro futuro.

La ciudad recibe con pánico la noticia del primer asesinato político en cabeza de un importante hombre público, exalcalde y odontólogo reputado. Pero, por extrañas razones, ni estaban sus gentes preparadas para lo que habría de venir ni se pusieron alerta contra la amenaza que tocaba a sus puertas. Ingenuamente, por decirlo así, la clase dirigente calarqueña, especialmente la liberal, se inmovilizo un tiempo por el estupor (120).

Desde entonces muchas familias de raigambre comenzaron a emigrar hacia las capitales (Bogotá, Cali, Medellín, Manizales) y se inició una época de desarraigo y movilidad social que todavía demanda explicaciones a la hora actual. Con la evacuación de la clase nativa calarqueña, una nueva clase de forasteros ocupó el lugar de aquella, y este proceso fue creciendo a un ritmo casi imperceptible pero no menos cuestionable.

Cuando las ciudades de consistencia austera van perdiendo sus centros familiares, llegan otras gentes cuyo relativo desinterés por el nuevo ambiente las hace menospreciar los llamados «principios» locales: la rebelión de los rumores impregna con rigor esta nueva etapa de intercambio social. Todo lo cual es válido para Calarcá, amén de otras cuestiones de índole sociológica que podemos eludir, en previsión de nuevas investigaciones.

Esta etapa violenta que comienza nos despierta a ese fenómeno que —dicho al costo y por cuenta propia— denominábamos alguna vez como el localismo, término que se extiende a la política y a los principios de vida literaria que entonces existían. Podría decirse que el localismo es una particular aspiración de exaltar el ambiente y los personajes propios con el fin de inscribirlos en el marco de una cultura regional que todavía no se proyecta ni se realiza. Todo se queda donde nace y de allí no pasan las ambiciones.

Se hace, se vive, se escribe para ahora y aquí; el progreso se vierte en el criterio subordinado y monótono de un elemental statu quo; todas las obras decrecen porque nadie empuja su maduración. La reafirmación espiritual de la ciudad fracasa al compás de las mínimas esperanzas: no se superan las medianías ni se quiere desbordar la órbita local hacia un proceso de integración nacional, sin el cual todo acaba por ser absorbido por el denominador común del localismo, refugium peccatorum de la inautenticidad y la descreación.

Más aun: el viejo pleito concertado entre la influencia cultural de Bogotá y las condiciones en que se desenvuelven los procesos culturales en la provincia, termina por reconocer que se anulan las posibilidades de esta última por acción del localismo y la fuerte incidencia de la capital. Y, a la postre, el desplazamiento humano hacia la gran ciudad deja a las comarcas en vísperas de una nueva búsqueda, apoyada la cultura en las ideas adquiridas y trasmitidas desde Bogotá —que retoca a su turno los residuos foráneos antes de retransmitirlos— y nutridos los hombres de conceptos e ideas extraños, en un medio agrícola que apenas le deja pausa de respiro.

He aquí en síntesis un panorama cultural calarqueño que se refugiaba más en el idealismo en desuso de los grecocaldenses, que en la propia materia de su realidad agobiante. He aquí el signo de una decadencia que sucesivamente fue conformando —en todas sus estructuras políticas, económicas y sociales— la imagen de un pueblo inerte. Inercia que, desde otro punto de vista, era el más auténtico y definitivo conformismo.

Años después, al finalizar el oscuro túnel, la ciudad se incorporó al departamento del Quindío, y a partir de entonces, un nuevo despertar y un nuevo rumbo sacudieron los goznes de su historia hasta recordar ahora el centenario de quienes con optimismo poblaron este territorio del Cacique Calarcá.

CITAS

(118) Caldas Memoria Explicativa. P. 216.

(119) Ibídem, pág. 218.

(120) El vocabulario de la violencia es largo y complicado; bandolerismo social y político, resistencia, guerrillas, terrorismo oficial, chulavitas, pájaros, aplanchadores, auto-defensa, nueve-abrileños... La generación que escuchó estos palabras vivió entre 1945 y 1965, pero los enfoques más recientes ya han superado las interpretaciones causales sobre le asesinato de Gaitán como el inicio de este demoledor proceso. Con fuentes documentales y testimoniales, ya el juicio está abierto pero no existe todavía un aporte integrador, que recoja y ofrezca una "visión de helicóptero". Algunas obras pueden mencionarse; McGreevy (Historia económica de Colombia); Marco Palacios (El café en Colombia 1850-1970); Darío Fajardo (Haciendas, campesinos y políticas agrarias en Colombia, 1920-1980); Gonzalo Sánchez y Donny Meertens (Bandoleros, gamonales y campesinos);Jaime Arocha (La violencia en el Quindío); Paul Oquist (Violencia, conflicto y política en Colombia); Vernon Lee Fluharty (La danza de los millones, régimen militar y revolución militar en Colombia, 1930-1956); Pierre Gilhodes (Politique et violence, la question Agrarie en Colombie); Germán Guzmán Campos (La violencia en Colombia); Pierre Gilhodes (Las luchas agrarias en Colombia); Russell W Ramsey (Guerrilleros y soldados); Arturo Alape (El Bogotazo);y recientemente Carlos Miguel Ortiz (Estado y subversión en Colombia).