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MANUEL GÓMEZ

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GRACIAS, JAIMITO

Manuel Gómez SabogalPor Manuel Gómez Sabogal.
manuelgomezuq@gmail.com

No hubo discursos de políticos, ni resoluciones de Gobernación o Alcaldía, ni música interpretada por grandes cantantes regionales. Tampoco, había flores en la sala de velación o en la Iglesia del Café, lugar al que fue llevado el cuerpo de Jaimito.

Jaimito era un personaje muy importante. Tanto, que no era conocido en los contornos políticos o sociales de la región. Pero era un gran personaje.

Era humilde, sencillo y nunca alardeaba de los que hacía. Era el jardinero del vecindario, pero hacía eso y mucho más.

Por su estatura, muy parecido a Chaplin. Su rostro arrugado por la inclemencia del paso de los años, pero nunca con cara de tristeza o amargura. Su gran compañía siempre, su costal lleno de esperanzas, sueños y sonrisas.

Jaimito se fue como se van los grandes. Se fue, luego de haber dedicado su vida al trabajo, a ser honesto, a luchar en un mundo que le dio lo que más sentía: esperanzas y sueños.

Esperanzas de lograr mucho y sueños imposibles, pero nunca desistió.

Caminaba un trayecto largo desde su casa al trabajo, a las casas donde tocaba, le abrían y hacía su labor con gusto, cariño y mucho amor. En cada casa, dejaba una estela de buen trabajo. En muchas de ellas, desayunaba, tomaba café o almorzaba. En todas, era querido por las familias.

Aunque algunos nunca supieron cómo se llamaba ni de dónde venía, siempre lo atendían con respeto. El respeto que merece un personaje que deja huella. No las huellas que dejó en el camino entre su casa y donde debía arreglar jardines, recoger basura, botar diversos elementos, sino esa huella indeleble del respeto y la honestidad.

Su costal de esperanzas y sueños lo esperaba a la salida de cada casa. Se lo echaba al hombro y caminaba en zigzag, pues no le importaba si venía un carro, una moto, una bicicleta. Le interesaba llegar a su casa y de pronto, descansar.

Sus pies debían estar encallecidos, pues sus largas caminatas, a veces a pie limpio, a veces con unos zapatos cuyas suelas bailaban de tanto caminar...

Se le acabaron los años. Se fue en silencio en una hermosa y cálida tarde de febrero. Se fue sin despedirse y sin volver a esas casas en las que tanto laboró. Se marchó sin decir hasta luego, pero dejó grandes huellas.

Se extrañan sus madrugadas a tocar puertas y a pedir café o un desayuno para iniciar su labor.

Gracias, Jaimito por tantas cosas buenas, enseñanzas y paciencia. El amor al trabajo, sus esperanzas y sueños fue lo que sembró en el camino de la vida. Gracias Jaimito por su fuerza diaria para hacer una labor que nunca le dejó réditos, pero sí la tranquilidad de que todo lo hacía bien y con gusto.

Se fue un jardinero, humilde, pero importante. Cuando dejó de laborar, luchar y hacer tantas cosas, fue porque ya no pudo más. Su enfermedad no lo dejó seguir, aunque se aferraba y quería seguir madrugando... Gracias, Jaimito.

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