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 LAS MISERABLES "PIRAMIDES" EN COLOMBIA
Manuel GómezPor Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)

La lluvia no cesaba. Desde la noche anterior, el frío era inaguantable. La ciudad estaba cubierta de niebla. Como si fuese el preludio de algo grave.

En la mañana, Miguel estaba reparando mi computador. Le serví un café bien caliente, mientras me comentaba que se hallaba muy mal anímicamente. Había "invertido" siete millones de pesos en una "pirámide", siete millones en otra y 20 millones en la más segura. Había trabajado en una empresa durante cinco años. Había ahorrado su dinero para comprar una casa. Es casado y su señora espera un hijo para enero.

Miguel me contaba, con tristeza, cómo había decidido guardar su dinero allí, por cuanto le iba a producir grandes utilidades. Lo había hecho, pensando en su esposa y su futuro primer hijo. Además, se prepararía muy bien para la Navidad que se avecinaba. Sus sueños se fueron al suelo cuando empezaron a cerrar todas las "pirámides". Incluso, el fin de semana fue fatal, porque esa que creyó demasiado fuerte, también había sido sitiada por el gobierno.

Las noticias, a medida que el tiempo transcurría, eran cada vez más malas. Detenciones, cierres, lavado de activos, socios extraños, todo estaba en contra de la más segura de las "pirámides".

Miguel me seguía contando. Hablaba como para que su pena se fuera, como para que, si me contaba toda esa historia, de pronto las noticias iban a ser diferentes, distintas, mejores. Nada de eso sucedía. Nada iba a mejorar. Todo tendía a empeorar. Ya había perdido 14 millones y tenía la esperanza de recuperar esos 20 millones colocados en la última de las "pirámides".

Tomamos café, continuó reparando mi computador, mirándome como queriéndome decir que lo que me estaba contando no era cierto. Que era, no un sueño, ni una pesadilla, sino algo que no entendía.

De pronto, me dio por llamar a un amigo muy querido. Contestó, pero noté que su voz no era la misma. ¿Estás enfermo? Le pregunté. "No", me contestó. "¿Pasó algo?, inquirí nuevamente. "No, nada, me siento deprimido". "¿Deprimido?", le dije. "No puede ser. Nunca te había conocido esa palabra". "No importa, luego le cuento", me dijo. Antes de colgar el teléfono, Miguel me miró como preguntándome "¿Qué le dijo?". Cambié mi expresión. No me sentía igual. Sentí como un golpe fuerte en el pecho. Pensé muchas cosas, pero deduje, inmediatamente que mi gran amigo, también había caído en el cuento de las "pirámides". Miguel terminó su trabajo, revisamos, analizamos todos, cancelé su labor y salió no sin antes decirme: "Espero que no haya caído como yo". Nos despedimos.

Por la tarde, le pedí a Juan Carlos que nos encontráramos. Quería invitarlo a tomar café. Accedió amablemente. Salimos. Ya en el automóvil, noté que no había música. Estaba acostumbrado a escuchar música orquestada, mientras conducía. Le encantaba hacerlo, porque eso le animaba siempre. Juan Carlos es soltero, vive solo, pero poco cuenta sus historias personales. Sin embargo, para romper el hielo, le pregunté a quemarropa: "¿Cuánto perdiste?". "80 millones", me contestó. No quedé frío. Me congelé inmediatamente.

Sabía que Juan Carlos era muy cuidadoso con su dinero, con sus ahorros. No supe qué preguntarle, decirle, hablarle. Me quedé en silencio, pero él, sin que yo dijera algo, siguió narrando, contando. Había trabajado mucho, había ahorrado, pero ahora, no tenía nada. Estaba en cero.

Yo, que había escuchado muchas historias en estos días, historias que me habían tocado, ninguna como esta. Porque era de alguien muy cercano, de un gran amigo.

Después de escucharlo y de saber que por primera vez me hablaba de "depresión", lo único que atiné a decirle fue: "piensa en Dios, aférrate a Él"

Aún en este momento, escribiendo esta nota, siento que se me revuelve todo en mi interior, porque me duele que mi amigo haya caído en el cuento de las "pirámides" en una ciudad llena de camellos.

Por eso, escribir esta nota, me duele. Mucho. Porque sé cómo se sienten él y muchos más. Pero me duele mucho que haya sido él.

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