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MANUEL GÓMEZ

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LOS 15 DE MARÍA PAULA

Manuel Gómez SabogalPor Manuel Gómez Sabogal.
manuelgomezuq@gmail.com

Parecerá muy extraño que haga esta nota, pero no lo es para mí.

Cuando María Paula tenía 13 años, conocí sus escritos, sus poemas, su vida, gracias a que su padre, el médico Jaime Hoyos (QEPD), me los había remitido a mi correo.

Lo primero que leí de María fue: "La mitad perdida". Luego, "Tía Diana". Me encantaron estas historias.

Jaime me enviaba los cuentos y poemas de María. Yo los leía y los disfrutaba. Y ella seguía escribiendo.

Tuvimos luego una charla y le sugerí que la invitaba a mi programa de radio, porque una niña que lee mucho y escribe, merece que se conozca.

La acompañó a mi programa radial "Rayuela". Allí, María habló de sus textos y poemas, sus sueños y esperanzas. Al terminar el programa, fuimos a mi vehículo, porque allí le tenía otro obsequio. En el programa, le había entregado el libro de Julio Cortázar "Rayuela".

Al llegar al carro, la sorpresa, tanto de Jaime como de María, fue mayúscula. No la esperaban. Yo había dejado la ventana de atrás un poco abierta porque en una pequeña caja, le tenía un gatico.

Lo miraron, revisaron, se miraron y después de un buen rato, María tomó la caja con el gatico y se lo llevó.

El miércoles 27 de abril, cumplió 15 añitos María Paula Hoyos Rojas. Me envió una tarjeta para que asistiera a su reunión el viernes 29. Quise hacerlo, pero ya tenía algunos compromisos con el escritor William Castaño Bedoya, quien estaba de visita en Armenia.

Ese día en la mañana, compré un regalo para entregárselo en cualquier momento. Su mamá deseaba que yo asistiese. Yo no tenía idea de cómo poder hacerlo. En la tarde la llamé a la oficina, pero ya no estaba. Se había ido temprano a organizar la reunión de María Paula. Conmigo continuaba mi regalo. A donde yo iba, lo llevaba, esperanzado en que pudiera verla en algún momento.

A las 6 de la tarde, fui a la Librería Pensamiento Escrito a esperar llamada del escritor, quien se hallaba en Pereira. Era el mejor lugar para encontrarnos. De pronto, llamada y era la mamá de María Paula preguntándome que dónde me encontraba. Le dije y me insinuó que la esperara, porque María Paula quería verme.

Ya estaban cerrando cuando llegaron. Como yo no reconocía el carro, María Paula se bajó y nos estrechamos en un gran abrazo. Un abrazo infinito. Mis ojos se nublaron. La miré, la felicité y nos volvimos a abrazar. Le entregué el regalo y me dijo: "apapácheme otra vez". Ahí, otra vez sentí ese amor inmenso por una niña de la cual espero estar pendiente siempre.

No fui a su reunión, pero esos maravillosos abrazos se sintieron en el fondo de mi corazón. Que siga cumpliendo muchos y que todos esos grandes sueños, se realicen.

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