Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Llegué más temprano que de costumbre. Debía reemplazar a mi amigo y compañero, pues le dieron
incapacidad médica y por consiguiente, al recibir su llamada, con gusto,
acepté inmediatamente, estar a la hora señalada en el lugar del evento.
La cita era con estudiantes de colegios, quienes atenderían talleres y charlas
demasiado importantes y se relacionarían con jóvenes universitarios. Había
estudiantes de 10º y 11º. Además, arribaron unos chiquillos de 5º grado.
Sus edades, entre 9 y 10 años. Niños y niñas.
Casi todos estaban ubicados en los respectivos salones, pues se había organizado un programa para cada
institución. Los chiquillos estaban casi desorientados, pues todos los talleres y conferencias habían sido
asignadas y ellos esperaban que se les dijera algo. Había dos profesoras con ellos.
Quedaba un salón disponible, pero no había talleristas sino hasta una
hora después. Se me ocurrió decirles que siguieran al salón. Algunos de los
organizadores me dijeron que para qué iban allá si no había quién los instruyera.
Yo les dije que tranquilos. No había problema. En mi usb tenía guardados
unos temas interesantes y pensé que podrían ser de gran ayuda.
Entraron y se acomodaron muy juiciosamente. Conecté el videobeam, pero antes, decidí hacer algunas preguntas
casuales. Charlamos un buen rato, pues a sus edades, había muchas respuestas
rápidas y precisas. También, preguntas. Una dinámica abrió el trabajo que
tendría durante una hora. Presenté mi charla y la hora se estaba agotando rápidamente. Entraron
unos jóvenes de otros colegios, se acomodaron y recapitulé lo realizado hasta el momento.
Sin embargo, al hacerles algunas preguntas, terminando ya mi charla, descubrí
situaciones que me dejaron preocupado, muy preocupado.
Los chiquitines habían perdido uno de sus compañeritos dos meses atrás. Se había suicidado. Otros
niños, me comentó una de las profesoras, querían hacer lo mismo que su amigo.
Una niña había presenciado el asesinato de su padre. Otra, odiaba a sus padres,
pues se habían separado y ya cada uno tenía otra pareja. Conversando con
ella, me dijo que había pensado suicidarse.
En fin, el final de la mañana no podía ser más triste
y melancólico, escuchando historias reales de niños y jóvenes reales.
Un joven me dijo que su papá le pegaba por todo, lo gritaba y estaba aburrido
en su casa. Quería irse. No quería volver más al colegio. Tiene apenas 15
años y no desea nada. Su único objetivo, el objetivo de su papá es que termine
bachillerato y se ponga a trabajar.
Historias reales. Tristes y dolorosas. No vi rostros demasiado alegres. Sonreían, pero no con el alma.
Recordé que en alguna ocasión, un padre de familia, en Tuluá, donde tuve una conferencia
dirigida a padres de familia, me decía que en su época los jóvenes eran distintos,
obedecían sin chistar y que correazos no faltaban, pero que respetaban o respetaban. Y me preguntó:
"¿Por qué los jóvenes de ahora no quieren obedecer y respetar?". Mi respuesta para él y para
todos en el auditorio fue muy sencilla: "Nuestra época fue otra. Estamos en el
siglo XXI, siglo de tecnología y elementos nuevos y que brindan a los jóvenes
herramientas más rápidas para comunicarse y para vivir, pero que lastimosamente,
los padres no han sabido manejar las distintas situaciones que se presentan
día a día. No hay abrazos, ni besos, ni caricias. No hay saludos o despedidas,
sino frases fuertes, reprimendas y poca conversación".
Muchos niños quisieran ser televisores para que sus padres los vean y les hablen.
Al despedirme de esos niños y jóvenes, me quedé pensando en todo lo que no se está haciendo
en casa, en escuelas, colegios y universidades. No me deprime, sino que me fortalece el encontrarme
con estas situaciones. Me preocupan los niños y los jóvenes, porque nadie los trata de entender,
sino que los adultos queremos que los niños y jóvenes nos entiendan.
"Es que los jóvenes de hoy..." "Es que en mi época..." "Es que se perdieron los
valores...". No, no es eso. Ni son los jóvenes de hoy, ni se perdieron los valores, ni
es la época. Somos nosotros.
Termino esta nota con la siguiente referencia:
Conflictos generacionales
El médico ingles Ronald Gibson, comenzó una Conferencia sobre conflictos
generacionales, citando cuatro frases:
1). 'Nuestra juventud gusta del lujo y es mal educada. No hace caso a las autoridades y no tiene el menor
respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie
cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos'.
2). Ya no tengo ninguna esperanza en el futuro de nuestro país si la juventud de hoy toma mañana el poder,
porque esa juventud es insoportable, desenfrenada, simplemente horrible.'
3). 'Nuestro mundo llegó a su punto crítico. Los Hijos ya no escuchan a sus padres. El fin del mundo no
puede estar muy lejos'
4). 'Esta juventud esta malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos
jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura'
Después de estas cuatro citas, quedó muy satisfecho con la aprobación, que
los asistentes a la conferencia, daban a cada una de las frases dichas.
Recién entonces reveló el origen de las frases mencionadas:
La primera es de Sócrates (470-399 a.C.)
La segunda es de Hesíodo (720 a.C.)
La tercera es de un sacerdote del año 2.000 a.C.
La cuarta estaba escrita en un vaso de arcilla descubierto en las ruinas
de Babilonia (Actual Bagdad) y con más de 4.000 años de existencia. |