Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Cuando me levanté, lo hice pensando en la marcha contra el secuestro. En verdad, me sentía
un poco preocupado, porque en anteriores marchas, protestas y desfiles, no se
había reunido mucha gente.
La indiferencia ha sido la que siempre ha ganado. Hemos sido totalmente anestesiados y pase lo
que pase, nunca hemos hecho lo suficiente para decir: ¡Basta! Nos ha podido la desazón.
Siempre hemos creído que no vale la pena protestar y suceda lo que suceda, no hay nada para
hacer. Hemos actuado con total displicencia ante los horrores de esta miserable
guerra entre hermanos colombianos.
Asesinatos, masacres, violaciones, fosas comunes nunca han importado. Nos ha parecido normal,
natural, en un país enseñado a no sentir. Hemos estado anestesiados, hemos cohonestado
con todo hecho trágico, porque así nos acostumbramos.
Por eso, este jueves 5 de julio, no sabía que iba a ser diferente. El día del anuncio
de la muerte de los 11 ex diputados del Valle del Cauca, casi nadie prestó atención,
pues la misma estaba puesta en el partido que jugaría la selección de Colombia contra
Paraguay. Todos pendientes del partido y muy pocos, “tocados” con la noticia más
importante del día. Tanto así que, al día siguiente, los titulares de
periódicos y radio se referían a la gran debacle, a la catástrofe, a la tristeza
de los colombianos, porque la selección había sido goleada. Y eso, me partió el
alma. Continuábamos siendo los mismos indiferentes ante una verdadera tragedia: la muerte
de los ex diputados.
Este jueves 5 de julio, cuando llegamos al Parque de los Fundadores en Armenia y me hallé ante
una multitud acongojada, dolida, triste, no pude menos que sentir cuánto estábamos
empezando a cambiar. Por fin, había, no un puñado, sino una verdadera manifestación.
Un pueblo entero pidiendo que no hubiese más secuestro y sediento de paz.
Estaba seguro de que, en Dinamarca, el grupo "Rebelión", podría enterarse
que las FARC no son lo que muestran ser. Que los colombianos detestamos un grupo
que se dice "ejército
del pueblo", pero que lo tiene secuestrado, lo humilla y lo ataca. Consignas,
pancartas, afiches, hojas volantes, todo, en contra de las FARC.
Y recuerdo Bojayá en el Chocó, donde murieron más de 100 personas y nada
pasó. Las fosas comunes en tantas partes de Colombia y nada se ha hecho. Las masacres miserables
de los paramilitares. Los muertos en Riofrío. En fin, tantas cosas que han ocurrido en este
hermoso país, pero gracias a Dios, este jueves 5, amanecimos sin anestesia. Nos levantamos
pensando en una Colombia diferente. En la Colombia que nos duele, que nos hace
alegrar y por la que lloramos. Que nos hace felices, pero que nos entristece.
La Colombia que muchos de nuestros amigos y familiares dejaron en busca de paz y tranquilidad.
Colombia merece la paz, el reencuentro, la vida. Colombia merece otro rumbo. Colombia
merece una mejor suerte. Que no volvamos a ser indiferentes. Colombia nos necesita. Colombia,
¡Cuánto te amamos! |