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 MARIO MENDOZA ESTUVO EN EL INSTITUTO CALARCÁ

Por Manuel Gómez Sabogal ( manuelgomez1a@gmail.com)

Mario Mendoza (Bogotá, 1964) se licenció en Letras en Bogotá y se graduó en Literatura hispanoamericana en la Fundación José Ortega y Gasset de Toledo. Ha impartido clases de Literatura durante más de diez años y ha publicado las novelas La ciudad de los umbrales (1992), el libro de relatos La travesía del vidente, Premio Nacional de Literatura por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Colombia en 1995. Scorpio City (1998), El viaje del Loco Tafur, editada previamente en Seix Barral para Latinoamérica bajo el titulo Relato de un asesino (2001), Satanás (Seix Barral, 2002), galardonada con el Premio Biblioteca Breve y ahora lanza su novela “Cobro de sangre” a finales de septiembre de 2004; en ella continúa el estilo que lo ha caracterizado desde su primera obra, “La ciudad de los umbrales”, con Bogotá de protagonista, sus calles, su gente, sus atentados terroristas, sus torturas, sus maldiciones y sus venganzas; eso que se conoce como su bajo mundo (en este caso el cabo con la realidad y la historia es la desaparición de los miembros del partido político Unión Patriótica) y también, el bajo mundo de la siquis colombiana; con sentimientos contradictorios: el amor y el odio, la justicia y la venganza, la valentía y el temor, la indiferencia y el afecto; el frágil hilo que conduce de la vida a la muerte roto por ideas de justicia y libertad, y, orden y progreso enfrentadas visceralmente.

Mendoza le vive tomando el pulso a la ciudad, es un vocero literario de la Bogotá de los últimos 20 años. En sus novelas se pueden rastrear los barrios, los puentes, los colegios, las calles, las universidades, los parques y los cambios que ha ido experimentando la capital colombiana en estas décadas.

Pero quizás, en la novela que mejor se ve esta evolución es en la más reciente Cobro de sangre. Esta es la historia de un desencantamiento, de un hombre que cuando niño ve como sus padres mueren asesinados por un comando del Ejército. Luego decide formar un grupo guerrillero y ajustar cuentas con la vida. Samuel Sotomayor, así se llama su protagonista, termina frustrado y agobiado por el dolor y la sangre de las víctimas inocentes.

Presentamos aquí un resumen de algunas entrevistas hechas al escritor en diferentes medios de comunicación (El Tiempo, El Espectador, Occidente y El País), ya que a nosotros, el diablillo de las computadoras nos jugó una mala pasada con la entrevista concedida a este medio en los salones del Instituto Calarcá.

¿Su protagonista se basa en un personaje real?

Siempre necesito un asidero en la vida inmediata. Me muevo entre la literatura y la crónica. Sí existe un personaje sobre el cual monté la historia, pero poco a poco este fue convirtiéndose en literatura y entrando en el campo de la ficción.

¿Aunque menciona grupos guerrilleros con nombre propio, nunca identifica al de Samuel Sotomayor?

No me interesaba precisar la naturaleza del grupo, pero sus características tienen mucho de los que se organizaron a comienzos de los años ochenta. Por esa época existían una cantidad de grupos que compartían las mismas características.

La toma del Palacio de Justicia, el asesinato de Galán, son hechos que aparecen en la novela, pero tangencialmente, ¿Por qué?

Me interesaba que en la historia de un solo personaje fuera pasando la del país, que la fuera viendo sin participar en los hechos. Está preso, duró 17 años en la cárcel. Sin embargo, le duele el país y ve como se va desmoronando. No hay ningún bando a quien creerle y nadie tiene un asidero ético.

¿Su novela trata de ser una reflexión sobre la evolución del país?

Aquí por primera vez trato de ver como se manifiesta esa violencia trasnpolítica. Me refiero a la que vivimos todos los días en los trancones, la contaminación excesiva, la violencia conyugal, la delincuencia común. Es la violencia que se genera en el interior de la maquinaria social.

Sin embargo, es la primera vez que termino con un final esperanzador. Es una novela que afirma la vida en la desgracia.

¿Por qué temas como la violencia, atraen su atención?

Me inscribo en una corriente que los críticos llaman “realismo degradado”; o “realismo sucio”, que es un tipo de literatura muy fuerte, de choque. Es una contracultura en donde, los que escribimos este tipo de literatura, nos oponemos a lo que es la cultura de lo light, que está en boga en los últimos lustros. Se trata de mostrar el reverso de lo light que es el horror, más en una población en que la mayoría no tiene acceso a los servicios públicos, que tiene una alta tasa de desempleo, de injusticia social que, en el caso colombiano, se le suma la violencia política, el narcotráfico, la guerrilla, el paramilitarismo. Es una sociedad convulsa y creo que es más certero entrar por esta corriente que entrar por lo ligero, que me parece inútil e inoficioso.
Esta literatura de choque tiene consecuencias graves porque aleja a los lectores; además, hay una corriente seudoespiritual que está buscando cierto grado de purificación, de buenas energías y que rechaza una literatura como la nuestra.

¿Cómo combina la ficción con la realidad en sus obras?

Estoy a medio camino, siempre entre lo que es la crónica periodística y la ficción literaria, es una corriente que está en el periodismo norteamericano y que me gusta mucho. Por ejemplo, novelas como “A sangre fría” de Truman Capote, que es una literatura que está entre el mundo del periodismo y de la literatura. Sin embargo, tengo muy claro que lo que escribo es ficción, novela, que es un género específico, pero me gusta que la vida esté cerca, que el personaje me esté respirando en la nuca mientras escribo.

¿Cómo es el proceso cuando va a escribir un libro?

Por lo general tengo un periodo de investigación en el que armo la historia, en el que entrevisto a los personajes, en el caso de que existan personajes de la vida real involucrados, en el que visito los lugares donde ocurrieron los hechos.

Luego, trabajo a mano, escribo a lápiz, en un cuaderno que es una manera un poco primitiva, y después corrijo e incorporo en el computador la historia e imprimo y corrijo de nuevo. Posteriormente, paso a los editores el resultado y ellos se encargan de sugerir o hacer otros cambios y se da la versión definitiva. En el caso de “Cobro de Sangre” me tomó dos años y medio terminarlo.

¿Cómo surgió la idea de “Cobro de sangre”?

El personaje del libro es, inicialmente, alguien que conozco, alguien muy cercano a mí que estudió en mi colegio y, cuando me encuentro con él, me doy cuenta de que hay una historia detrás que hay que narrar. Pero, poco a poco me independizo y empiezo a construir la ficción narrativa y literaria y van entrando otros personajes que he conocido a lo largo de estos años y que le aportan a los protagonistas, así que termina siendo la suma de varios tipos que conozco.

El “realismo mágico” es una tendencia que no se incluye en esta generación de escritores. ¿Tomó algunas bases de este género?

En esto quiero ser muy específico, porque los medios de comunicación han intentado una y otra vez oponernos a la figura de Gabriel García Márquez y, luego tenemos que salir a aclarar las cosas. Nosotros no somos los herederos de García Márquez, los herederos son los que están inmediatamente antes de nosotros, que tienen una relación parricida y edípica. Pero nosotros no la tenemos; somos los nietos de García Márquez, y la relación entre un abuelo y un nieto siempre es mucho más sana que entre padre e hijo. Nosotros hemos admirado a Gabo, lo hemos leído; he escrito sobre él y lo único que tengo por él es una absoluta admiración, pero jamás en mi vida escribí algo parecido y jamás me interesó el realismo mágico.

Nosotros somos una generación educada en las grandes ciudades, heredera del rock. Crecí en una gran ciudad que después es convulsa, vertiginosa, donde entra el Internet, la moda que viene de pandillas de Los Ángeles, por eso nunca escribí un texto que estuviera bajo la atmósfera garcíamarquiana.

Somos eminentemente urbanos y, en ese sentido, es casi una estética contraria, pero eso no significa que no lo leamos o que no lo respetemos o que tengamos oposición contra él, es una relación muy sana y tranquila y ojalá los lectores así lo entiendan.

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