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 SIN AFECTO

Manuel Gómez SabogalPor Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomezuq@gmail.com)

Cuando escuché a esa niña, encontré que algo inmenso le hacía falta. No eran ropa, juguetes, dinero, elementos de aseo.

Venía delante de un grupo de muchachos y niñas casi de su edad. Gritaba y decía palabras que a sus 14 años, le quedaban más que grandes, tanto para su edad como para su estatura. Me vio y se detuvo. La abracé, hablé con ella y se calmó un poco.

Sin embargo, me di cuenta que los muchachos la estaban molestando. No podían verla tranquila, contenta, calmada. Les importaba muy poco lo que ella pensara o dijera.

Empezó a gritarles, de nuevo, palabras con mucha violencia y se fue. Se sentó junto a la puerta de entrada a su dormitorio. Me le acerqué, pero fue en vano. Estaba dolida, enojada, furibunda. No quería nada.

Llamaron a almorzar y no quiso levantarse. Se quedó allí, sentada, revolcándose interiormente, como queriendo decir más palabras y que la escuchara el mundo. No se movió. Me retiré, esperando que se tranquilizara un poco.

Por dentro, imaginaba que se iba a escapar, porque me dijo que estaba aburrida de todo lo que allí le sucedía. No quería saber de nadie. Nadie la quería.

Se sentía sola, inmensamente abandonada. Nadie la visitaba. Ni siquiera su madre. Menos su padre y su hermana, tampoco. Estaba metida como en una trampa. No tenía salida para su soledad, su tristeza, su abandono.

Hoy, volví y pregunté por ella. Ya no está. Se fue. Dejó sus cosas, incluso una pequeña muñeca que ayer se le había regalado.

Yo sabía que al volver, no la iba a encontrar. Sabía que esa tristeza en su rostro no era de un día, sino de muchos años. Ni allí, habían logrado controlar su ira, cambiar su estado de ánimo. No habían logrado hacer nada por ella.

Estoy seguro que no habían encontrado el remedio. La educadora me dijo que era muy rebelde y que no había nada para hacer por ella. Le dije que estaba equivocada.

Hay mucho para hacer. Y no solamente por ella. Por todos los que están allí. El afecto es esencial. Allí, han comprendido que esos muchachos y esas niñas requieren algo más que "cosas".

El afecto no existe en los hogares y menos desde cuando la mamá se fue para España, el papá está dedicado a su trabajo y los hijos se quedan con la abuela o la tía. Niños y jóvenes se sienten solos y abandonados No hay afecto, no hay hogar y si no hay hogar, empezamos mal.

Palabras negativas empiezan a fortalecerse y llevar al muchacho o a la niña a la droga, el licor, el vicio y de pronto, al suicidio. Entre estas palabras negativas, tenemos la soledad, la tristeza, la desesperación y en especial, la depresión.

En la escuela, el colegio y la universidad, también se requiere el afecto. Los niños y los jóvenes son apáticos. Algunos de sus profesores trabajan con problemas que traen de sus hogares o están enseñando "porque les tocó". Porque no encontraron más algo qué hacer y fue el único trabajo que se les apareció. Sus problemas están por encima de la educación.

Por consiguiente, procuremos que haya afecto. Que los abrazos, las caricias y los besos renazcan en los hogares para que haya más felicidad. El afecto debe ser una de nuestras bases para mejorar en todo sentido.

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