Por Manuel Gómez Sabogal. (manuelgomez1a@gmail.com)
Hacía muchos años no iba al estadio. Los amigos y mis hermanos me endulzaban el oído
con respecto a que sería bueno ir al estadio. El partido generaba expectativas muy positivas.
Ese día, llegó mi hijo a vacaciones. Recuerdo que la primera vez que fui con él a
fútbol fue en Cali. Un clásico en el Pascual. América y Cali. Nos situamos en un muy buen
lugar y mi hijo observó tranquilo el trámite del encuentro y disfrutó viendo las barras
de los dos equipos gritando, coreando, saltando.
Con mi hermano analizamos si era mejor ver el partido por televisión o ir al estadio. Quedarnos en
casa, no era lo mismo. Además, mucha gente ya estaba haciendo cola para comprar boletas. Había
casi que una fiesta, pues banderas, pitos, sirenas, es decir, la gente se hacía sentir.
Decidimos ir al estadio. Mucho tráfico hacia el sur y las luces que iluminaban el estadio, la noche
estrellada, hacían presagiar un gran encuentro, al final del cual, el local, nuestro Quindío,
"el invencible" (según J. Domínguez) debería ganar y quedaría casi que
listo para jugar la final.
Antes de iniciar el encuentro, las banderas eran agitadas por los asistentes, gritos de alegría,
saludos efusivos, entrevistas con el público. Todo perfecto, sin detalles negativos.
Sin embargo, al transcurrir el partido, empezaron las fallas arbitrales, los gritos de la gente ya no eran
de alegría, sino ofensivos. Jugadores de uno y otro equipo, árbitro y muchos más, eran a
quienes se dirigían los gritos desaforados con palabras de grueso calibre. Delante nuestro, unos
jóvenes mostraban su enojo, miraban a todos lados, como para que se supiese quiénes eran los
valientes que gritaban a todo pulmón las palabras y frases llenas de veneno.
Esas palabras y esas frases son más peligrosas que un arma llena de balas. Desafortunadamente, no se
miden consecuencias con respecto al daño que puede hacerse.
Como diríamos muchos, "en nuestra época..." Y es cierto. Creo que hace muchos
años, no había tanta violencia verbal, generadora de más violencia. Un coro generalizado
gritando frases totalmente agresivas, puede impulsar a muchos a agredir físicamente a los
demás.
Hoy, me entero que la celebración en España y la derrota de los alemanes, también
incluyó desmanes, incendios, violencia, heridos. Es decir, ya el deporte se convirtió en algo
que no es para diversión, sino que se torna violento cuando unos pocos quieren volverse criminales,
aprovechando la confusión, el tumulto, la masa.
Así, sé que es mejor continuar viendo los partidos por televisión, porque, en verdad...
"todo tiempo pasado fue mejor" |