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Directora: Leidy Bibiana Bernal Ruiz ~ minificciones@yahoo.com

 NÚMERO 20: SEIS MINICUENTOS DE FANTASMAS

LA CARTA
Luis Mateo Díez
España

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolio y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

LA CASA ENCANTADA
Anónimo

Fantasma

Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca.

En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa.

Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.

Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana.

De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.

-Espéreme un momento- suplicó, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos menores detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.

-Dígame- dijo ella -¿se vende esta casa?

-Sí -respondió el hombre- pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa hija mía, está frecuentada por un fantasma!

-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?

-Usted -dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.

EL AMIGO
Miguel Fernando Caro G.
Colombia

Todas las mañanas, cumpliendo con la rutina de mi trabajo, paso por una casa en cuyo balcón hay un viejo sentado en su silla de ruedas. Siempre, al pasar junto a la casa, el viejo y yo nos saludamos batiendo nuestras manos.

No sé cómo se llama ni él sabe mi nombre. Tal vez el vernos todos los días casi obligatoriamente nos haya hecho amigos.

Hoy no nos vimos y al pasar por su balcón me he sentido muy triste al pensar en lo que pudo haberle ocurrido; ya a su edad, y con la mala salud que aparentaba, despertar a un nuevo día era una sorpresa.

Esta mañana me he sentido muy alegre pues el viejo ha sido el primero en traer flores a mi tumba.

FINAL PARA UN
CUENTO FANTÁSTICO
I.A. Ireland
Inglaterra

-Qué extraño -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más pesada! -La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.

-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Cómo, nos ha encerrado a los dos!

-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.

Pasó a través de la puerta y desapareció.

TEMOR A FANTASMAS
Xun Zi
China

Un hombre tonto y extremadamente miedoso, iba por un camino con un hermoso claro de luna. Al agachar la cabeza, vio su sombra ante él. Imaginó que un espíritu maligno estaba tendido a sus pies. Al levantar sus ojos, su mirada tropezó con dos mechones de su pelo y creyó que un demonio se encontraba a sus espaldas. Asustado se dio vuelta y el resto del recorrido lo hizo retrocediendo. Al llegar a su casa, cayó al suelo y murió.

REENCUENTRO
Carlos Morand
Chile

Aquella mujer... -le señalé a mis compañeros de mesa-. La que está sentada en el rincón. ¿La ven?

-Sí. ¿Qué pasa con ella?

-No me ha apartado la vista en toda la noche.

-No le hagas caso: dicen que lleva muchos años muerta -bromeó uno-

-Así será, pero me irrita -repliqué, levantándome.

-¿Adonde vas?

-A preguntarle si le gusto o le debo.

Acomodándome al ligero balanceo de la nave llegué hasta su mesa. Ignorando a sus tres acompañantes, todos hombres bastante maduros, le dije con una inclinación:

-Si me permite...

-¿Sí?... Ah, hola.

De cerca se veía algo más joven que desde la distancia de mi mesa.

-Si me permite... -repetí -, ¿nos hemos visto antes?

-¿Que si nos hemos visto antes? -manifestó, ahora con una sonrisa.

-Como no ha dejado de mirarme...

-Por supuesto que nos hemos visto antes. ¿No te acuerdas?

-¿Acordarme?

-Haz memoria.

Sus acompañantes continuaban comiendo y charlando como si estuviésemos solos.

-Vamos, querido, haz memoria -insistió ella.

-Sin duda... -murmuré. Poco a poco me parecía más y más joven-... me confunde con otro.

-¿Confundirte con otro? -manifestó riendo-. ¡Imposible! ¿Cómo podría?

Calculé su edad: entre los veinte y los veinticinco.

-No recuerdo -dije.

-Me duele que no recuerdes - dijo, poniendo una expresión que parecía decirme "niño ingrato".

-Tal vez no tiene importancia -repliqué.

-¿Oyeron? -exclamó, dirigiéndose a sus compañeros de mesa- ¡Dice que no tiene importancia!

Los hombres rieron, y en un solo gesto levantaron las copas hacia mí. En un gesto que interpreté como de bienvenida.

-Querido -corroboró ella-, cómo no va a tener importancia. ¡Si morimos juntos en el naufragio del Titanic!

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