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Directora: Leidy Bibiana Bernal Ruiz ~ minificciones@gmail.com

 NÚMERO 31

Genio

LE PEDÍ AL GENIO
Claudio de Castro
Panamá

Este genio ha de ser un tonto, me dije un día. Todo lo que le pido, me lo da al revés. Estaba cansado de sus impertinencias y decidí deshacerme de él. Sabía que no sería fácil, por eso estudié con cuidado lo que haría.

Para que no hubiese equívocos, daría una orden directa, fácil de cumplir. Tomé el frasco antiguo de donde salió, le señalé la entrada con mi índice y ordené: Entra aquí.

Y entró en mi dedo. Desde entonces sufro de esta inflamación bajo la uña, que me atormenta día y noche.

EL FIN DEL MUNDO
Roger McGouh
Gran Bretaña

Cuando el ómnibus se detuvo de repente para evitar atropellar a una madre y a su hijo en el camino, la joven mujer del sombrero verde sentada frente a mí, me cayó encima. Como no soy del tipo de persona que pierde oportunidad, comencé a hacerle el amor con todo mi cuerpo. Al principio, ella se resistió, diciendo que era demasiado temprano en la mañana y demasiado pronto después del desayuno, y que de todos modos me encontraba poco atractivo. Pero cuando le expliqué que esta era una explosión nuclear y el mundo iba a terminarse a la hora del almuerzo, ella se quitó el sombrero verde, guardó el boleto del ómnibus en su bolsillo y se incorporó al ejercicio.

Los pasajeros del ómnibus, y había muchos, estaban emocionados, sorprendidos, divertidos y enojados. Cuando corrió la voz de que el mundo iba a acabarse a la hora del almuerzo, guardaron su orgullo en sus bolsillos, junto con sus boletos del ómnibus y se hicieron el amor uno con el otro. Incluso el guardián del ómnibus, subió al vehículo e inició algún tipo de relación con el guarda de este. Esa noche, en el ómnibus de regreso a casa, todos nos encontrábamos un poco avergonzados, pero en particular yo y la joven del sombrero verde. Comenzamos a reconocer de diferentes modos cuán apresurados y tontos fuimos. Pero entonces yo, que siempre he sido un poco infantil, me paré y exclamé que era una lástima que el mundo no acabara siempre a la hora del almuerzo y que siempre podríamos simular. Entonces sucedió que, rápido como el relámpago, todos cambiamos de pareja y pronto el ómnibus se movía con los cuerpos como polillas haciendo travesuras. Al día siguiente, y todos los días, en cada calle, en cada pueblo, en cada país... la gente simuló que el mundo iba a terminarse a la hora del almuerzo. Todavía no ha sucedido. Aunque de cierto modo ha sucedido.

UNA HISTORIA DE AMOR
Nedda G. de Anhalt
Méjico

El gusto por las historias insólitas me recuerda un caso que ocurrió en Nueva York, uno de los sitios más fascinantes de este planeta, como dice mi amigo Woddy Allen. Por supuesto. No seré yo exégeta de esa ciudad. A menos que se viva en el lugar y se hayan tenido largas sesiones de psicoanálisis, ¿qué derecho tienes a emitir opiniones?

He estado solo de paseo y, sin embargo, para conocer bien Manhattan- digo yo- basta con observar el comportamiento de sus habitantes en el cine: la metrópolis de las almas solitarias.

Soy mexicano y cinéfilo implacable. Con mi novia frecuento esos sagrados recintos cuantas veces puedo, no para pastelear, sino para ver las películas. Después de haber ido a varias salas cinematográficas, me considero ya un experto en corazones solitarios.

Una tarde que salí con Lupe- y su hermana, con quien está en esa ciudad-, después de haber visto un largometraje de Jarmush nos abordó en la calle una muchacha guapísima que de sopetón preguntó si me había gustado el film. Me quedé con la palabra en la boca porque mi futura cuñada me jaló por un brazo haciéndome entrar en un taxi que en ese momento acertaba a pasar de milagro. Una vez dentro del vehículo me advirtió, angustiada: "Esteban, ten mucho cuidado aquí con la gente. No hables. Es peligroso, muy peligroso hasta establecer contacto visual. Créeme, por favor".

Lupe y yo pensamos que exageraba. Por eso, cuando después de haber visto- sin ella- otra película de Jarmush, a la salida un tipo nos preguntó qué opinábamos de la cinta, nos enfrascamos en una plática muy a gusto. Tanto, que a sugerencia de él -resultó ser puertorriqueño- nos fuimos a cenar juntos a Sabor, un restaurante cubano con unas croquetas de malanga, un tasajo criollo y una ropa vieja bastante aceptables.

A la hora de los postres -que eran cascos de guayaba y coco rayado-, tuve que hacer una llamada telefónica. No quiero entrar en detalles dolorosos. Ojalá le hubiera hecho caso a mi imposible cuñada. Cuando regresé la mesa estaba desierta.

LA MINIFICCIÓN
Juan Armando Epple
Universidad de Oregon Eugene U.S.A.

A partir de la década del 50 y en una línea que parece disociarse, estableciendo una nota de relativización irónica, de las pretensiones totalizadoras de la narrativa del "boom", un número cada vez más importante de escritores se dejan seducir por las posibilidades, todavía ancilares, de la minificción como registro independiente de propuestas literarias. Pero es sin duda en los narradores de las generaciones más recientes donde se advierte una mayor apertura a las opciones creadoras de la ficción breve, en textos que exploran con soltura perspectivas aleatorias, de notoria fluidez semiótica, transgrediendo o distendiendo las fronteras convencionales de los géneros.

 BIBLIOGRAFÍA

Roger Mcgough (Gran Bretaña): "El fin del mundo", en Desiderata, guía espiritual, Osho. Ediciones Luz de Luna, Argentina, 2001. Traducido del inglés por Ma Deva.

Franz Kafka (Alemania): "Cabalgata", en Parábolas y paradojas. Longseller, Argentina, 2000.

Neda G. de Anhalt (Méjico): "Una historia de amor", en Cuentos inauditos. Incaro, México, DF, abril de 1994.

Claudio de Castro (Panamá): "Le pedí al genio" en El Camaleón. Inac, Panamá, 1991.

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