Cargando...
Logotipo calarca.net

MINIFICCIONES

Logotipo calarca.net
Buscar dentro de calarca.net usando:
MINIFICCIONES NÚMERO 41

Minificción - Grabado por Óscar Zapata - 2004 minificciones@gmail.com

VACILACIÓN

Juan Carlos Botero
Colombia

La piragua avanza arrastrada por la corriente. El cazador está sentado en la proa, sus piernas cuelgan por las bordas, las puntas de sus botas casi rozan el agua, y tiene la culata del rifle asentada en la cintura. Observa los árboles que amurallan las orillas. Detrás suyo, el viejo y taciturno guía de piel morena con el rostro medio cubierto por el descosido sombrero de paja, dirige la nave con calma; hunde de vez en cuando el canalete en el agua, esquivando troncos, respetando la voluntad del río. El cazador mira el agua que pasa bajo sus pies. Alza la vista, examina las copas de los árboles, y descubre un mono que cuelga de una rama arqueada por el peso, escogiendo y mascando hojas. El hombre le hace señas al guía y la piragua dobla hacia la orilla. El cazador levanta el rifle. Lo acomoda y presiona contra su pectoral derecho, ubica al mono en la mira: aprieta el gatillo. El estruendo levanta una algaravía de aves y el mono da un volantín y se precipita azotando las ranas. Escuchan el golpe seco contra el suelo. La proa se monta en el barro y el cazador salta a la orilla y vadea entre la alta maleza. Encuentra al mono al pie del árbol. Está vivo. El hombre alza el rifle, pero se detiene. Sentado, el mono se pasa la mano por el hombro herido y examina sus arrugados dedos bañados en sangre.

Su expresión de incredulidad es casi humana. Como si no comprendiera, vuelve a pasarse la mano por el hombro y la tierra untada de sangre. La mira, confundido. El cazador vacila antes de disparar.


LA DEUDA

Juan Carlos Botero
Colombia

Se oyeron los gritos y la conmoción en el corredor. En seguida, dos guardias entraron a la enfermería cargando de los brazos al preso apuñalado. Arrastraba los pies. Tenía el rostro contraído por el dolor; abría los ojos desorbitados y los volvía a cerrar apretando los párpados. Abría la boca como si se fuera a ahogar, pero no emitía sonidos. "¡Traigan al médico!", gritó uno de los guardias, y recostaron al herido sobre una camilla. El joven sudaba. Le habían clavado un punzón junto al ombligo, levantando la piel hasta la tetilla. Se corrió la voz: era un faltón. No había cancelado su deuda semanal de bazuco. Soltó un alarido. Los guardias lo sujetaron. El médico entró corriendo. Se lavó de prisa las manos y examinó al muchacho. Negó con la cabeza. A los cinco minutos el preso murió. Le encontraron en el bolsillo de la camisa ensangrentada un trozo de papel con un mensaje escrito a lápiz que decía: Mamita, necesito 1.000 pesos porque me van a matar.


PINTANDO PAREDES

Juan Carlos Botero
Colombia

La prensa concluyó que el joven sufría de trastornos mentales, pero quienes lo conocieron afirmaron que las causas habían sido otras. Una mañana, el muchacho de 23 años despertó a su prometida y le explicó que le había mentido con respecto al dinero. No era verdad que se podían casar, ni que algún día iban a pintar las paredes de aquel pequeño apartamento y que, más aún, ni siquiera tenía lo suficiente para costear su propio entierro. Por ello, para costearlo, ella debía vender el revólver de su propiedad, el que tenía guardado en la mesa de noche. En el entresueño, la muchacha supuso que era una broma. Segundos después, el joven se sentó en el borde de la cama, extrajo el revólver de la mesita, y se voló la tapa del cráneo, dejando la habitación pintada con sus sesos.


HOY

Juan Carlos Botero
Colombia

Un gamín entró en el café. Había poca gente. Las mesas de la terraza estaban vacías. Adentro, un hombre y una mujer conversaban cogidos de la mano, y otro par de mesas estaban ocupadas por personas que leían. El mesero bostezaba mientras hojeaba una revista en la barra. No lo vio entrar. Tendría siete años. Tenía la ropa mugrienta y roída, el rostro mocoso y sucio, los pantalones demasiado largos. En la puerta esperaba otro gamín. Era algo mayor y parecido; sin duda su hermano. Lo miraba pendiente. El pequeño pidió de mesa en mesa, sin alzar la voz pero con énfasis. Al salir, su hermano recibió el puñado de monedas. Se alejó del café, y al pie de un árbol se arrodilló y añadió las monedas a otras pocas que extrajo entre pitas y papeles de un bolsillo que quedó invertido. Las contó lentamente con el índice; el menor espiaba por encima de su hombro. El otro se levantó. Volvió a guardar el botín en su bolsillo y le asestó un golpe en la cabeza al pequeño. Ambos se marcharon por la calle.


LA AGONÍA

Juan Carlos Botero
Colombia

Durante tres días agonizó el mendigo. Según informaron las autoridades, el viejo caminaba hacia un centro de salud pero se desmayó en la zona verde junto al instituto, a sólo veinte metros de distancia. En el primer día, los médicos del centro y los vecinos del lugar lo advirtieron pero siguieron de largo. En el segundo día, un transeúnte telefoneó al instituto y les comunicó el caso del viejo, sin embargo, le dijeron que el asunto no les correspondía. Esa tarde, una pareja que pasaba lo cubrió con un plástico pues no había dejado de llover en toda la semana. Al tercer día, un lunes sin sol, amaneció muerto. La policía lo recogió por la tarde, y le informó a los medios que había muerto de hambre. En la acera opuesta a la zona verde hay cuatro restaurantes, dos de comida rápida. Los noticieros filmaron el levantamiento del cadáver, y un testigo que había visto al moribundo tres días antes se lamentó mientras chupaba una paleta: "Nos hemos insensibilizado".


JUAN CARLOS BOTERO

Nació en Bogotá, en 1960, cuentista y novelista. Colaborador de importantes periódicos y revistas de Colombia y otros países. En 1986 ganó el premio Juan Rulfo, de Cuento, en París. En 1990, ganó el XIX Concurso Latinoamericano de Cuento de México. Escribe guiones para televisión, fue columnista del diario El Tiempo. "Las Semillas del Tiempo", incluye un extenso ensayo sobre el epífano, como Botero decidió llamar sus minicuentos.

"Pintando paredes", "Vacilación", "La deuda", "Hoy", "La agonía", en el libro "Las semillas del tiempo", editorial Planeta Colombiana S.A., Bogotá, 1992.