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MINIFICCIONES

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NÚMERO 49 — UMBERTO SENEGAL

Minificción minificciones@gmail.com

JAZZ

No soporto sus picotazos. No soporto que me arañe. No soporto que aletee sobre mi cabeza, jugando al murciélago o al vampiro o a la mariposa nocturna. No soporto que me abrace. No soporto que me muerda. No soporto que repte sobre mis libros y los babosee. No soporto encontrarla durmiendo entre las ollas. Pero lo que menos soporto, impulsándome a vender esta casa a tan bajo precio, es que sin previo aviso, cuando duermo, toque su saxofón a mi lado.


NO VENGAS AQUÍ

Sé dónde y en cuál casa, en cuál habitación está, y por qué ocultan la llave de la puerta por donde al entrar se sale. Si me permiten salir, entro y revelo el secreto.


NOCTÍVAGOS

Con la osadía que nunca demostraron, ambos decidieron aventurarse más allá de la madrugada para dejarse acariciar por el sol del amanecer. Entonces esperaron, ingrávidos sobre los girasoles donde jugaron durante la noche. Con los primeros rayos de sol, al evaporarse no supieron si habían sido ángeles o gotas de rocío.


HUÉSPEDES POCO GRATOS

En un pueblo del sur, al extremo del sur, para que se vaya una visita indeseada, el más efectivo medio al que se recurre es que cualquiera de los integrantes de la familia se ampute una oreja, casi siempre la izquierda, cerca del incómodo huésped y la arroje al gato. Con anterioridad despliegan sobre la mesa un mantel verde, ojalá bordado en los extremos. Sirven comida, que ofrecen con abundancia al molesto visitante. En un noventa y nueve por ciento de ocasiones, este se despide cuando el gato salta sobre la mesa para comerse allí la oreja.


EL DESCUARTIZADOR

Sí, mamá, primero tus orejas, porque yo era el preferido, el inofensivo primogénito. Nunca me castigaste, aunque mis travesuras los afectaron a todos, sin discriminación como cuando los despojos del conejo horrorizaron a la familia y en particular a la abuela. Sí, mamá, ahora tu valiosa nariz que tanto te enorgullecía, la respingada nariz. Justificabas mis caprichos: bisturíes de colores, libros con pinturas de Bacon, las obras completas de Sade en varios idiomas. Sí, mamá, es irremediable, ahora esta parte de tu boca, la sensual boca que gritaba a mis hermanos para que dejaran de criticarme y entrometerse en mis asuntos, el labio superior, qué rojo, mamá, qué rojo. Y ahora, mamá, uno tras otro, tus ojos que observaban mis arbitrariedades con los niños primero, después con los jóvenes, y años más tarde con los adultos. Culpabas siempre a mis hermanos y ellos silenciosos, resignados, ellos cargando siempre con mis faltas. Sí, mamá, yo, siempre yo, tu preferido, tu consentido, por eso me duele un poco hacerlo, ahora tu cabeza, pero mereces que te deje así, en pedazos, aunque estoy seguro de que este cuadro, por lo cubista, no van a comprármelo en un pueblo acostumbrado al figurativismo.


¡DURT!

"¡jlet!", dijo el Rey. Su Primer Ministro ordenó entonces decapitar los gitanos que tenían más de 82 años y los gatos blancos de las ancianas solitarias.
"¡Xrg!", dijo el Rey otro día. Obediente, su Primer Ministro expulsó del reino a los extranjeros, a los prestamistas, a los matemáticos y a los poetas.
"Magrit", dijo el Rey, al año, cuando todavía no cicatrizaba su sarcástica sonrisa. Siempre sumiso y acucioso, el Primer Ministro firmó con mano temblorosa el destierro de su familia y de la familia del Rey. Todos ellos abandonaron el reino en humildes carruajes tirados por los caballos más famélicos de la comarca.
"Creo que hemos sido injustos", dijo el Rey a su Primer Ministro. "¡Dfz!", repuso este, y caminaron juntos hasta el balcón del palacio. Miraron abajo, a la multitud que se acercaba gritando amenazante: "¡Durt, durt, durt!".


PRESENCIA

Los de la noche sabían que se iría durante el día. Los del día sabían que se iría durante la noche. Unos y otros se equivocaron porque continuó allí, noche y día, un mes tras otro, sin expresividad, observándolos a todos y rodeándose de escarabajos en el día y de murciélagos en la noche. Sin aproximarse demasiado, por el torbellino de arena que a su lado se levantaba, descubrieron que respiraba. La mayor discrepancia entre ellos surgió porque los del día opinaron que pertenecía a la noche. Se escribieron algunos tratados al respecto. Estos, a su vez, replicando con tratados más extensos y eruditos, aseguraban que pertenecía al día. Algunas dentelladas de parte y parte, para defender sus respectivas posiciones sobre el tema, y más libros y conferencias y un cabildo municipal, contribuyeron a calmarlos durante varios meses. Un día, los de la noche no encontraron nada en el sitio donde mantenía. Dijeron: "Son culpables los del día", porque se habían encariñado y extrañaban su mansa presencia. Una noche, los del día encontraron vacío el sitio donde se mantenía. Dijeron: "Son culpables los de la noche", porque a pesar de su tamaño se habían encariñado y extrañaban los remolinos de arena que recorrían la playa perturbando el tráfico por la autopista.


UMBERTO SENEGAL

Nació en Calarcá, Quindío, Colombia. Educador, poeta, ensayista y cuentista. Especialista en haikú. Coordina, junto con Leidy Bibiana Bernal R. el Centro de estudios e investigación del minicuento Lauro Zavala, en el Quindío. Publicó sus primeros microrrelatos en forma de parábolas en la revista Termita (Armenia, Colombia) en 1982. Más tarde, en su revista KANORA, durante las décadas del 80 y del 90, publicó minicuentos suyos y de diversos autores quindianos, colombianos y latinoamericanos. Organizó concursos nacionales y regionales de minicuento en 1982 y 1988. Kanora fue una de las primeras revistas literarias colombianas en difundir con periodicidad el minicuento. Senegal tiene inéditos varios libros de minificciones y trabaja varias antologías del género en Colombia y Latinoamérica. Autor de una detallada historia de la minificción en el Quindío. En su columna semanal del diario La Crónica, de Armenia, Quindío, comenta, reseña y difunde todo lo relacionado con el minicuento iberoamericano. En 2003 publicó un cuadernillo de minicuentos titulado El camino del loco. Uno de sus minicuentos se incluyó en la Revista Interamericana de Bibliografía, Washington 1996, Vol. XLVI.