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NÚMERO 51 — GUILLERMO BUSTAMANTE ZAMUDIO — COLOMBIA

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CARDINALICIO

El universo hizo un metal tenaz, férreo. E hizo seres para los que se llamara así, "hierro". Y esos seres lo descubrieron, lo malearon en cosas firmes como puntas de saetas, y sintieron su oxidación en las manos, en el tiempo. El universo también hizo una piedra loca. Y como esos seres no entendieron, dijeron: "en virtud de ciertos procesos, atrae el hierro". Magnesia, comarca donde abundaba la piedra desquiciada, bautizó su extraña peculiaridad. Y a la piedra la llamaron imán, diamante, es decir, indomable.

Un día, una laminilla de hierro imantada ya no quiso adoptar las posiciones aleatorias propias del orden humano o del inescrutable arreglo del cosmos; tercamente señalaba hacia la estrella que servía de guía a los marinos en ciertas horas de las noches despejadas. Entonces el hombre la custodió solícitamente en una cajita, una busola, una brújula.

La asombrosa terquedad de la laminilla permitía establecer vértices tan importantes para la vida como los cardenales. Cuatro fueron, entonces, los puntos cardinales para una Tierra plana. Por donde el sol oriris, sale: Oriente. Por donde el sol muere, se hace occiso: Occidente. El polo donde vivían los "arktos", los osos, o sea, el ártico, el Norte. Y el Sur, sud, mediodía, una oposición perpendicular al norte que hubo que adaptar a la disposición bidimensional de esta cardinalidad. Así, solamente leyendo en una cajita, sin ver el sol, o sin que fuera noche de estrellas, podíamos ubicarnos con precisión en el mundo.

El universo lo hizo todo para que tuviéramos un norte, para orientarnos, para tener una brújula. Sólo quedaba movernos con conocimiento de causa a través de una cuadrícula prevista. Pero no quisimos eso. Aunque todos pasen por el rito pedagógico de pararse frente a un poniente real o imaginario, con los brazos extendidos; aunque haya brújula; aunque podamos establecer el norte; aunque esté dado orientarnos... preferimos cierta deriva, cerrar los ojos, enloquecer la brújula con otros imanes, dar vueltas, embriagarnos, declararnos perdidos.


NACIMIENTO

Nació con el pan bajo el brazo. Inicialmente, esto trajo contento a la familia, pero en vano trataron de extirparle ese apéndice para alimentarlo. El especialista dictaminó que no sin riesgo podrían separarse las dos entidades adheridas, pues compartían funciones vitales.

Los padres hicieron de tripas corazón -cosa que no dejó de causar ciertos problemas orgánicos- y decidieron arriesgar la integridad del pan, al que cierto cariño habían tomado, con tal de salvar al niño. Y como el riesgo estaba entre las posibilidades y la esperanza no determina los hechos, el hijo murió.

Desde entonces, nadie espera que se haga realidad la idea de que un hijo venga con el pan bajo el brazo.


LA BOLSA, LA VIDA

Las cosas no volvieron a marchar de la misma manera desde que a alguien se le ocurrió espetarle a otro, arma en mano:

— ¡La bolsa o la vida!

Ya la bolsa no podía andar como de costumbre, porque todos le preguntaban:

— ¿Y la vida? Si estás libre es porque, por culpa tuya, se la llevaron.

Tampoco era fácil para la vida.

— ¿Y la bolsa? -le preguntaban-. ¿De modo que preferiste preservarte?

No valían las explicaciones de cada una en el sentido de ser más o menos independientes, de no tener que ver con el destino de la otra. De todas maneras, eran acusadas de cobardes e incluso se las juzgaba moralmente por su concurso en la expropiación forzada del prójimo, cosa que realmente nunca se demostró. Y cuando se asociaban para desmentir conjuntamente y en público toda esta confabulación difamatoria, no las escuchaban, pues todos se ponían a celebrar ruidosamente, ya que eso era lo que querían ver: la bolsa y la vida.


NUNCA ES TARDE

Caperucita estaba aburrida de que, cada vez que un lector toma el libro y lee, termina primero baboseada y después despedazada por el lobo, saliendo finalmente a través de una chapucera autopsia de cazador. Para acabar con este ciclo infernal, convenció a una amiguita de hacer sus veces y presentarse en la escena de marras con la canastilla munida de manjares. La abuela estaba muy viejita y no notaría la diferencia; le prometió cierto favor como recompensa, una vez la sencilla misión fuese cumplida.

Quiso verificar personalmente el desarrollo de los acontecimientos. En su momento, oyó los infantiles gritos que en el libreto marcaban, primero, la infructuosa negativa de Caperucita a dejarse comer por el lobo y, luego, la disposición de la niña en bocados convenientes a las costumbres de mesa de estos carnívoros.

Sólo entonces, contenta, Caperucita cogió su propio rumbo, con la deriva que suele caracterizar a un actor desempleado.


EL ETERNO ENTORNO

Es ya un experto en escabullirse de las autoridades de inmigración. Acaba de pasar ilegalmente la frontera en el tren, sin ser detectado. Para descansar del trajín y la tensión, tendrá un tiempo, pero no suficiente: ya se acerca otra frontera, y con ella los esfuerzos para evadirse nuevamente y así poder volver a entrar al país del que acaba de salir. Una estrategia llena de sorpresas y rigores del más alto ingenio, pues la trayectoria circular del tren entre ambos países exige mantenerse vigilante.

GUILLERMO BUSTAMANTE ZAMUDIO

Nació en Cali, Colombia, el 2 de agosto de 1958. Licenciado en Literatura e Idiomas (1980), Universidad Santiago de Cali. Magister en Lingüística y Español (1984), Universidad del Valle.

Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional, Bogotá, desde 1993. Cofundador y codirector, con Harold Kremer, de la revista Ekuóreo de minicuentos, editada en Cali. Cofundador y codirector de la revista A la topa tolondra, de minicuentos, editada en Tunja. Coantologista, con Harold Kremer, de la Antología del cuento corto colombiano (1a. ed. Cali, Univalle, 1994; 2a. ed. Bogotá, UPN, 2004). Coantologista, con Harold Kremer, de Los minicuentos de Ekuóreo, (Cali, Deriva, 2003). Sus cuentos se han publicado en diversas revistas literarias. Ganador del premio Jorge Isaacs 2002, en la modalidad de cuento, con el libro de minicuentos Convicciones y otras debilidades mentales.

Los minicuentos incluídos hacen parte de su libro inédito: Oficios de Noé.