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ÓSCAR IVÁN

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CADÁVERES DE COSAS

Cadáveres de cosasPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

Allá, en un lugar en el que alguna vez existió un trozo del Paisaje Cultural Cafetero, donde, seguramente había mucho antes, como en una postal, una casita de bareque, chambrana y chimenea, rodeada por un cafetal con platanera y guamos, que se asomaban a la carretera panamericana, cerca de la vereda La Bella de Calarcá, está ubicado un horroroso cementerio de carros. Un espacio, que como otros, han venido brotando como metástasis de lunares metálicos entre el verde de una vegetación que, se supone, debe ser el atractivo que ofrecemos a los ojos del viajero.

Expuesto con todas sus miserias, lo podemos observar por los espacios impúdicos de una reja que no alcanza a ocultar como grandes animales oxidados, todo ese montón de carros muertos. Tristes y grotescos esqueletos de latón que se deshacen lentamente bajo las duras leyes corrosivas de la lluvia y el sol. Unos encima de otros, costillares y cráneos metálicos, piezas sueltas, motores, cigüeñales, guardabarros, trozos de llantas, pedazos de parabrisas, rines resistiendo inútilmente los embates del tiempo.

Esparcidos sin orden ni concierto, después del ajetreo de una vida útil en la que quemaron sus últimas gotas de gasolina en el país del norte, han venido a morir al Eje Cafetero por cuenta de un negociante interesado en comerciar, sin pudor, con sus vísceras; están ahí desguazados exhibiendo ante los viajeros inadvertidos, las marcas de los dolores pasados producidos por el óxido y la humedad y que parecen mirar con sus cuencas vacías donde alguna vez hubo faros y ventanas.

Hoy son dinosaurios de herrumbre que sucumben entre el silencio de un bosque de metal que crece a lo largo de la vía, en medio de la indiferencia de todas las autoridades, ocupadas, por esta época en ufanarse en rendiciones de cuentas y en otros sainetes de la ineptitud oficial, y del furor verde de una vegetación que crece preces en esta vereda invadida cada vez más por los aditamentos contaminantes del aceite y de metal de esta civilización mecánica.

Animales urbanos, bestias mecánicas acostumbradas al ruido y a la velocidad de las carreteras y las avenidas que hoy suplican casi anhelando un responso para sus almas automotrices en ese purgatorio eterno de las tuercas y los tornillos donde seguramente van a continuar penando por muchos años, sin que, ni siquiera, se les extienda, al menos, una barrera vegetal que los cubra de las miradas indiscretas de todos los que pasan, que no se imaginan semejante lugar para exponer al visitante al terror visual de las tripas de cables y las carroñas metálicas expuestas, de esos vehículos idolatrados por la técnica y olvidados por el tiempo.

"Cadáveres de cosas", como el poema, expuestos así, igual que Polinices el hermano de Antígona, que yace muerto, sin misa ni obituario, sin posibilidades de acceder a la misericordia de la tranquilidad de su sueño eterno, y sin una mano piadosa les dé cristiana sepultura.

Feliz año para todos.