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ÓSCAR IVÁN

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CALARCÁ 2017

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

No existe una historia, el pasado es el material caótico que se lee de acuerdo con la perspectiva del intérprete, que al asumirla construye necesariamente una versión que siempre debería oxigenar esos anaqueles donde duermen los expedientes que pretenden capturarla de manera oficial.

Por ejemplo a mí me gusta la historia de la Calarcá rebelde, iconoclasta que desde siempre ha sostenido un pleito irreverente contra la institucionalidad regional, contra la bobería colectiva, contra las versiones que nos han pretendido vender la historia edulcorada que cuenta que este reino del caos y las tinieblas, se convirtió en un edén tropical, en un pedacito de cielo surcado de ríos de leche y de miel desde que unos patriarcas inspirados nos hicieron el supremo bien de convertirnos en departamento.

Me gusta la Calarcá que no se cree el cuento que nos debemos a una clase dirigente centralista y excluyente, dueña del don sobrenatural de la representación que cada nuevo periodo debemos reelegir, obedientes, a cambio de la limosna de una mirada misericordiosa de amistad cada cuatro años al calor de un tinto en la plaza de Bolívar.

Creo más en la Calarcá, que no se resigna, que reclama con urgencia otras opciones que la rescaten, y rescaten la región del ostracismo y la decadencia en que estamos sumidos y que pretende que no se nos olviden otras épocas, esas sí brillantes, en que no éramos espectadores sino actores de una realidad en la que logramos autonomía local y un liderazgo regional contante y sonante que exigía que la tuvieran en cuenta.

Prefiero la Calarcá inteligente y autocrítica que no olvida que en el censo cotidiano de nuestras falencias, es nuestra propia indiferencia la que ha permitido llegar al estado de cosas en que estamos, con esa tolerancia cómplice, en esa displicencia ante lo público y lo colectivo que nos deja impávidos ante lo que nos pasa y que es, es tal vez, el peor de nuestros males.

Creo en la Calarcá guerrera, hija de un cacique que, desde sus albores se plantó firme ante el dominio y el bandidaje del conquistador español, y apuesto por su cultura siempre que sea un detonador y no un señuelo que nos permita alcanzar un mayor grado de conciencia sobre la necesidad imperiosa de reasumir nuestro destino, porque lo que nos van a proponer otra vez en el próximo año, desde el centro, es más de la misma mediocridad que nos viene proponiendo hace muchos años.

Creo en esa ciudadanía de Calarcá que definitivamente no se va a vender en los próximos comicios, que entiende que no somos un supermercado en oferta permanente de votos baratos.

Es cuestión de interpretaciones, pero prefiero esa Calarcá libre y deliberante a la regalada y alcahueta que se siente honrada con los cantos de sirena de quienes, cuando nos quieren engañar y confundir, nos sueltan el dudoso elogio de nuestras virtudes legendarias: ¡es que en Calarcá todos son poetas!