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ÓSCAR IVÁN

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DIGNIDAD CALARQUEÑA

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

La ignorancia seguirá siendo importante materia prima de la manipulación política, no solo en el país de los odios heredados y de las pedagogías de la intolerancia y el resentimiento, también aquí en el entorno de nuestra vida cotidiana. Calarcá, por ejemplo, por la incapacidad de reconocernos entre nosotros, se ha ido transformando con los años en el lago baldío donde todos los políticos de la región vienen de pesca en cada campaña electoral, sin que reciba a cambio ningún beneficio público.

Pasados los años y desaparecidos los jefes políticos que la hacían respetar, Calarcá se convirtió en la paradoja de ser un municipio que no existe en absoluto, también en un municipio que existe infinitamente. Si se trata de cumplirle con la representación departamental o regional que se merece como importante bastión electoral, Calarcá no existe en absoluto, pero cuando se trata de persuadir a sus gentes que apoyen candidatos foráneos en los comicios, el municipio existe infinitamente.

Mucho tiempo nos hemos quejado de la falta de equivalencia con Calarcá, entre lo que da y lo que recibe en ese contrato tácito que entraña la democracia, y siempre encontramos oídos sordos ante esas reclamaciones en los últimos gobiernos y con los últimos gobernantes, desde que la política y sus usufructuarios, dedicados al amiguismo, se olvidaron de la importancia de la territorialidad en la representación de los poderes públicos.

Con más de 36.000 votos tenemos mucho potencial, bien podríamos pensar, y lo estamos pensando, que en el municipio se podría impulsar una candidatura a la Cámara de Representantes con sello calarqueño, que nos permita, después de muchos años, convertirnos con dignidad en actores principales de la realidad departamental, a cambio del papel de simples mendigos al que nos queda tan difícil acostumbrarnos.

Pero para ello debemos combatir el más peligroso, el más desalentador, el más adormecedor de los males sociales, la indignidad, la falta de orgullo, la aterradora falta de carácter, de ciertos dirigentes que no se sienten en buenas manos cuando estamos en manos de nosotros mismos y que encuentran en las mediocridades políticas de la región la excusa para permitir que otros decidan por ellos mismos.

¿No tenemos entonces ninguna virtud? Yo creo que tenemos muchas, pero solo las advertiremos cuando reconozcamos nuestros propios defectos, empezando por el sentimiento de inferioridad, raíz de muchos de nuestros males, que solo se curará cuando volvamos por la senda de reconocernos e identificarnos con nosotros mismos, como miembros con un talante, con una tradición, con unas afinidades, que no se pueden cambiar por la vergüenza de un beneficio pasajero.

No podemos seguir vendiendo el futuro del municipio a tanto negociante que basa su prestigio en un poder político que echa sus raíces en la ignorancia de la gente.

Que no se equivoquen, los calarqueños, estamos hechos del mismo material de bronce de las esculturas ecuestres y pedestres de la plaza de Bolívar, así transitoriamente las hayan convertido en ridículos muñecos dorados.