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 EL QUINDÍO POBRE

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo (oscarisabogal@yahoo.com.co)

Al tenor de los datos sobre pobreza suministrados por el analista Alonso Gómez Ocampo, en el Quindío, de una población calculada para 2012 de 555.800 habitantes, el 40,2% es pobre, es decir unas 223.500 personas; 65.000 de estas,equivalentes al 11,7% de coterráneos, se encuentran en condición de pobreza absoluta.

Tal vez la última parte del párrafo anterior sea la única ventana por la cual se pueda asomar la terrible realidad de los trabajadores del campo quindiano, los invisibles jornaleros olvidados de todas las realidades económicas y sociales, quienes, si nos atenemos al desinterés con el cual se mira su situación, no son más que un dato, un hecho intrascendente disuelto en el frío de la escueta estadística.

O, ¿alguien conoce cuál es su peso específico en discusiones, foros, debates, simposios; quién registra su problemática en planes de desarrollo, estudios, discursos, políticas públicas?; ¿quién los agrupa, los agremia, los representa? Nadie. Su realidad, su drama colectivo, no están presentes en el discurso electoral de los políticos, ni siquiera en boca de los demagogos de toda laya.

No existen en los presupuestos de alcaldías, gobernaciones ni ministerios; tampoco en el de las entidades públicas descentralizadas de todos los órdenes. Estas instancias oficiales, lo digo con conocimiento de causa, tienen un vocación eminentemente urbana; no están diseñadas para atender estructuralmente los asuntos rurales en general y mucho menos los de los trabajadores rasos de esta otra Colombia, salvo consabidas celebraciones folklóricas en días del campesino, con rifas de azadón y machete; ferias y fiestas donde los citadinos con poncho y carriel juegan a parecérseles; las inefables Umatas regalando gallinitas y semillitas de zanahoria que solo sirven para paliar las estrechas conciencias de los funcionarios.

Antes eran verdaderos ejércitos trashumantes que se desplazaban por todo el país al ritmo de las cosechas; la crisis del café los redujo sensiblemente al punto que hoy su importante tarea la cumplen jornaleros radicados en la zona, donde persiste una especie de feudalismo pre-moderno reproductor de una inequidad, de una desigualdad profundamente arraigada en el modelo económico-político de la región. Qué sabemos de su acceso a la educación redentora; qué de los servicios de salud, de prestaciones sociales, de su derecho a una pensión, de la satisfacción de sus necesidades básicas, etc.

Nos hemos acostumbrado a convivir con realidades como estas al punto de ya no ser conscientes de ellas. Si creemos, como la mayoría, que la paz pasa necesariamente por el bienestar del campo, bueno sería saber del futuro proyectado para estos oficios; no olvidemos que el represamiento de sus problemas ha llegado a grados de saturación que de no atenderse, presagian un estallido social mayor a los registrados hace escasos meses, cuando se vivió el sublevamiento de los productores y pequeños empresarios del campo, también víctimas de los esquemas y modelos agrarios que privilegian a comercializadores en detrimento de la producción agrícola.

Graves problemas enfrentará Colombia el día que esos trabajadores del campo terminen por comprenderlo: su problema no es cambiar de pastores, sino dejar de ser ovejas.

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