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 ENCUENTRO DOMINICAL

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo (oscarisabogal@yahoo.com.co)

Cada ocho días, religiosamente, se reúnen en ese lugar en horas tempranas de la mañana. La mayoría de ellas vienen del mismo municipio o de otros cercanos donde han esperado una larga semana para poder a acudir a este ritual dominical donde se conjugan la resignación y la esperanza. Otras, la minoría, han tenido que viajar horas acompañadas de una amiga o familiar y llegan a la cita con huellas de cansancio en el rostro. Casi todas son jóvenes, atractivas, ligeras de ropas por la exigencia y la ocasión.

Después de un tinto en pocillo plástico, bebido a soplo y sorbo, van al local del frente y alquilan ropa, zapatos y accesorios que se ajusten a los severos reglamentos, dejando un depósito que asegure su devolución una vez terminado el encuentro.

Reunidas de nuevo, en estricto turno, parecen la cola de papel de un dragón chino de feria, que serpentea con la multiplicidad de colores arbitrariamente combinados. Con caras recién lavadas, otras maquilladas como para una fiesta, unas y otras van llegando; mujeres de todos los tamaños, etnias, colores y fragancias; algunas pensativas, otras interesadas en establecer conversaciones y amistades de ocasión, conformando sin saberlo una especie de cofradía del infortunio.

Los imaginan reunidos al otro lado del muro, esperándolas expectantes, inquietos por el último recuerdo de los vividos vapores del amor, otra vez con pasión desbordada tras la veda semanal, buscando a cualquier precio un romance, una caricia, una mirada comprensiva, una fisura que desemboque en sexo torrencial, para verter la lava acumulada en el encierro. Ellas son tal vez lo único prohibido que no se obtiene adentro.

Esperando su turno de entrada se hacen bromas, se llaman con sobrenombres o con los alias de sus maridos, compañeros o clientes, se aprietan unas a otras para evitar que alguien tenga la mala idea de colarse, algunas reciben recados de sus anfitriones y deben abandonar por instantes la formación para conseguir provisiones de última hora. Su tarea esencial durante las próximas horas será deleitarse y deleitar.

Quien pase por el lugar en esas mañanas, como yo, se encontrará con un desfile informal de mujeres jóvenes y bonitas esperando impacientes cada una el momento del encuentro entre dulce y amargo; la vivencia de la compañía, el quite momentáneo a la soledad, y sabrá, sin conocer los coprotagonistas, que al otro lado del muro las esperan jóvenes, otros no tanto, audaces, que no pudiendo adaptarse al medio social desafiaron las reglas de un entorno excluyente, propiciatorio del delito, e hicieron del tránsito de héroes a villanos una alternativa de sobrevivencia, o un escape costoso a la ira.

A las ocho de la mañana y después de una larga espera, las visitantes ingresan a la penitenciaria Peñas Blancas de Calarcá provistas de bolsas con la mayor cantidad de comida posible dentro de recipientes plásticos transparentes -preferiblemente alimentos fritos o asados pero sin salsas o aderezos, como dicta el reglamento- y con la seguridad apasionada de que una vez se encuentren con su amigo, novio o amante, ellas serán la parte más deseada del menú.

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