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ÓSCAR IVÁN

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INCOMODIDADES CIUDADANAS

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

En estos días de lluvias intensas dejé el carro parqueado en una cuadra vecina a un conocido supermercado de Calarcá a las siete de la noche, veinte minutos más tarde, unos amigos, lo vieron pasar, muy orondo, por la plaza de Bolívar sobre la plataforma de una grúa, camino a los patios de tránsito. En esa vía, como en todas las del municipio transitan los vehículos sin causar trastorno alguno, mucho menos a esa hora.

Calarcá, pese a los esfuerzos oficiales por complicarlo, es todavía un pueblo agradable y descomplicado, donde se puede envejecer despacio sin el atafague del trancón y del atraco, donde, además, nos conocemos por el nombre, no hemos superado, del todo, la falta que nos hace La Colina, esa oficina común, convertida hoy en panadería y tenemos una esquina singular, en la calle 39 con 25, donde para amortiguar el dolor que producen las noticias de los cartelones exequiales sobre viajes sin regreso, se intercalan otros avisos de periplos más cortos y más saludables al Peñón, al lago Calima, o a la basílica de Buga.

Pero no, en este municipio los últimos gobernantes se dedicaron a la, poco recomendable, tarea de adoptar todas las desventajas de la vida urbana de las ciudades y ninguna de sus virtudes, tal vez por el complejo atávico de querer aparentar lo que no somos, tratando de embocarnos en el futuro sombrío de las ciudades convertidas hoy en la versión posmoderna del infierno, donde malviven ciudadanos maltratados por las plagas inmisericordes de la inmovilidad y la inseguridad, habitando un mundo populoso pero vacío, donde naufragan las normas elementales de convivencia.

No es eso lo que Calarcá necesita, existen otras maneras de gobernar, sin hacerle daño a la gente, con ingenio, sin necesidad de adoptar ideas trasnochadas de otras partes, con respeto por el ciudadano, llámese conductor, vendedor ambulante o simple peatón, esos mismos que eligieron a la alcaldesa con la esperanza de que les hiciera la vida más amable.

Para recuperar la respetabilidad perdida por Calarcá en el concierto regional hay que empezar por respetar a los propios conciudadanos. Desde siempre la mejor regla política, tan extraña hoy en la vida cotidiana, es la que busca interpretar y beneficiar a los ciudadanos comunes y corrientes, pero para eso hay que desprenderse de la horma asfixiante del pensamiento oficial.

¡Cuidado turistas!, hoy en Calarcá anda rodando una campaña extravagante para incomodar a la ciudadanía, a cargo de más de 15 guardas de tránsito y con sanciones de casi medio millón de pesos, para resolver, no congestiones vehiculares que no existen, para justificar contratos millonarios por arrendamiento de patios y de grúas.

Una amiga abogada, inteligente y bella como la luna llena me recordó, sin proponérselo, el axioma de la burocracia oficial que siempre privilegia lo adjetivo sobre lo sustancial, esa sinrazón que todavía nos gobierna, de la que se dolió en la literatura Frank Kafka y en la sociología Marx Weber.

¿Hasta cuándo seguiremos aguantando?