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ÓSCAR IVÁN

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¿PARA DÓNDE VAMOS?

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

¿Para dónde va Calarcá? ¿Hacia dónde queremos conducirla los calarqueños? ¿Qué espera el municipio de nosotros y nosotros de esta? Preguntas pertinentes, oportunas, ahora cuando se aproxima una nueva oportunidad de expresión democrática, de conocer la opinión de sus gentes a través de las urnas, en las cercanas elecciones de marzo.

Necesitamos instalar en la conciencia calarqueña la necesidad de construir en forma colectiva un proyecto político-electoral de raigambre local, una propuesta concreta, incluyente, integral, por encima de banderas partidistas, que reposicione a nuestra Villa en una posición digna dentro de la política regional.

Nos duele a los calarqueños haber perdido el papel protagónico que tuvo el municipio en épocas pasadas, cuando por el mandato de sus habitantes, se elegían diputados, representantes a la Cámara, incluso senadores, y su voz se escuchaba en Armenia y en Bogotá con la fuerza suficiente para mover voluntades y corazones.

No es un capricho; tampoco una pretensión banal; se impone la necesidad de reivindicar el derecho de la localidad a rescatar un espacio que por indiferencia o indolencia, por falta de fe en nosotros mismos, hemos abandonado. La Calarcá importante, por volumen de población, por su posición estratégica de eje vial, por sus características geográficas, topográficas, por su condición de segunda ciudad del departamento, merece una representación adecuada en los órganos del poder regional y nacional como las tuvo antes.

Calarcá desapareció del concierto regional; no representa mayor cosa porque nadie la representa en las altas esferas del poder; Calarcá no actúa, no significa, a tal extremo que viene perdiendo hasta el supuesto liderazgo cultural otrora pregonado. ¿Para dónde vamos?

Qué tal construir entre todos una nueva opción colectiva de agenda pública, de propósitos comunes, de consenso, que involucre la juventud, las mujeres, transportadores, obreros y campesinos, quienes nunca han contado para nada; sectores vulnerables, desprotegidos, olvidados, a quienes sólo convocan en época electoral para embriagarlos, para comprar sus conciencias con una teja, con platos de lechona o tamales. 

No se trata de oponernos a la capital departamental, Armenia; no se plantea una confrontación contra otros municipios; al contrario, debemos constituirnos en factor alterno, aglutinador, señalando un camino diferente, incluso, para las poblaciones cordilleranas, fuimos en épocas anteriores, factor de equilibrio en la ecuación política del Quindío, antes de imponerse una élite política que privatizó el poder, pasando a la indigna condición de borregos tras los caciques de turno, en espera de migajas.

Requerimos en este momento histórico, recuperar conciencia de localidad activa e incluyente, superar complejos de inferioridad convencernos de nuestra capacidad decisoria; sin millonadas es posible hacer política. En la elección pasada de gobernador está la prueba; el elector está cansado de los mismos.

Calarcá no es solo el finquero, el propietario urbano, el próspero comerciante, o el burócrata; también es el pueblo raso con sentido de calarqueñismo, con aspiraciones más que legítimas, deseosos todos de un próspero y digno futuro.