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 RÉQUIEM POR LOS CAFÉS

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo (oscarisabogal@yahoo.com.co)

Tenía la certeza de que Estrella, por su porte y elegancia natural, podría lucir sin escándalo en una reunión de cualquiera de los encopetados clubes femeninos de la época. La iluminaban, además, inusuales dotes de sicóloga capaz de interpretar el estado de ánimo de sus clientes habituales con solo verlos llegar, poniendo entonces a su disposición su oído discreto y comprensivo, animándolos a la confidencia, valida de una media de aguardiente con cascos de naranja o limón.

De Aguadas Caldas, un embarazo siendo muy joven, soltera, la llevó a aterrizar en Calarcá, donde sus padres la enviaron a vivir con una tía solterona, para ocultar su vergüenza. Sin estudio y sin dinero terminó como copera del Café Londres.

Historias como estas continuarán sucediendo mientras el mundo siga siendo mundo, pero ya no enmarcadas en los cafés que les sirvieron muchas veces de escenarios: La Isla, el Club 60, o el Colombia; lugares donde se reunían los amigos a intercambiar soluciones mágicas a los problemas del país o del mundo, a hablar de política o de poesía.

Aunque todavía subsistan algunos sitios que resisten los vientos de la hiper-modernidad conservando la madera y el aspecto, con las muchas remodelaciones han ido perdiendo el espíritu que los hizo famosos en otras épocas; el Café Benitín, en los bajos de la antigua Alcaldía, El Pierrot, el Aventino, donde funciona ahora el Banco Agrario y el Balalaika de Gerardo Duque, desaparecieron discretamente como la puntualidad y la honradez.

En esos templos del pasado como el Café Granada, el Gloria o el Alaska, donde oficiaba Gardel, el sumo sacerdote, y no se podía llevar a la novia o a la mujer, se tomaba, entre cortinas y mesas de billar, tinto por la mañana y aguardiente por la noche. Allí terminaba la pubertad y se graduaban de hombres los muchachos; eran también clubes informales donde se reiniciaban cada noche los diálogos eternos sobre tópicos tan extravagantes como la vez que escuché a un borracho disertando sobre el existencialismo.

Con la desaparición del Café Neva, el Real, Puerto Nuevo y el Blanco y Rojo, incendiado una noche cuando Calarcá era toda de madera, se perdieron los perfiles que les daban su fisonomía a los cafés del pueblo: La greca enorme con aleaciones de bronce, sobre la cual posaba sus garras el águila real envuelta en vaporosa neblina; la estantería pegada a la pared donde relucían las botellas de licores importados; la rockola y sus tangos, boleros, rancheras y canciones de despecho; el administrador, el garitero y las coperas; la clientela buscando compañía femenina, aunque fuera solo a título precario.

No sé por qué, cuando recuerdo esos cafés ya muertos, como el Linares, el Monterrey de Alfonso Mejía, el Bacardí y el Colmado, los asocio, nostálgico, con la postración de Calarcá como proyecto colectivo, lejos del entusiasmo, del florecimiento cultural de otros tiempos marcados por los ideales de la transformación social que estimularon, la revolución cubana, el Mayo francés del 68, la primavera de Praga y los movimientos contra la guerra en Vietnam.

Será tal vez porque a toda revolución le llega su perestroika.

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