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ÓSCAR IVÁN

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TRES DIRIGENTES

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarsabogal8504@gmail.com

Con la muerte de Lucella Osman de Duque, destacada dirigente conservadora, sumada a la desaparición de Guillermo Jaramillo Palacio y de Lucelly García, se cierra un capítulo crucial de la vida política de la región, especialmente de la Calarcá que dirigieron y padecieron.

Fácil sería, ahora que no están, hacer las sumas y las restas de virtudes y defectos que les puedan caber en el transcurso de sus vidas, ¿a qué político no?, seguramente será tarea que habrá que hacerse, pero dadas las circunstancias especiales de anomia y dejadez por las que atraviesa el municipio, creo importante subrayar algunos aspectos que en su momento contribuyeron decisivamente a reivindicar el nombre y la presencia de Calarcá en el departamento.

Tal vez a causa del yugo que padecía la provincia quindiana por cuenta del férreo control político que ejercía el centralismo liberal y conservador de los dirigentes de Armenia, Calarcá era un pueblo cálido, pero rudo y rebelde, de pugnas y disensiones internas, donde hacer política fue siempre un oficio incierto y complicado, salvo para los quintacolumnistas de siempre, prestos a respaldar en todo a los dirigentes de la capital.

Aparte de la denominada Izquierda Liberal que defendía otros municipios del centralismo y de débiles manifestaciones de la izquierda tradicional, pérdidas en el forcejeo dogmático entre directrices de las líneas Pekín o Moscú, eran Lucelly, Guillermo y Lucella, quienes ejercían el poder político efectivo a nombre del municipio, para bien y para mal, y con su presencia, hicieron valer sus voces en el concierto de la política del Quindío, al punto que muchas decisiones de envergadura no se tomaban sin su aquiescencia.

En esas épocas Calarcá tenía asiento por derecho propio en las secretarías de despacho, en los institutos descentralizados, en todos los niveles de poder departamental, y en las instancias regionales y nacionales, no como una concesión graciosa de los gobernantes de turno, o de actos de generosidad o de misericordia burocrática, era un derecho bien ganado dado el alcance de su participación electoral. En algún momento tuvimos a Lucelly y a Guillermo en la Cámara de Representantes a Lucella en el Senado de la República.

Hoy Calarcá es una meseta fría y aislada sometida a los vientos del ostracismo como colectivo, a pesar de su posición geopolítica y sus bondades económicas y culturales, sin ningún peso específico, sometida, como antes, a pugnas internas entre los muchos sargentos, que dejaron esos dirigentes que ya se fueron, que no superan una política de estómago, dispuestos siempre a venderse al mejor postor, distorsión que ha desembocado, por ejemplo, en que no tengamos ni siquiera un diputado en la asamblea departamental, a pesar de los más de 35.000 votos.

Otra suerte demanda Calarcá, no podemos sucumbir al artificio de creer que nuestra situación no tiene remedio, necesitamos crear una nueva utopía política desde la sensibilidad de la cultura, para volver a alcanzar una visón del mundo propia, que sustituya la que lograron fraguar en su tiempo Lucelly García, Lucella Ossman y Guillermo Jaramillo.