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ÓSCAR IVÁN

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VIADUCTO

Óscar Iván Sabogal VallejoPor Óscar Iván Sabogal Vallejo.
oscarisabogal@yahoo.com.co

Lo vimos crecer piso a piso, después convertirse en impúdica figura de torre en paños menores de obra negra, y ya por estos días de su terminación, vestido de blanco. Seguramente será el primero de muchos edificios que construirán a lo largo de la avenida Centenario. Cuando los divisemos, al paso, desde el Alto del Río, ante la cada vez mayor falta de espacio, nos dejarán la sensación de múltiples ojos que miran a Calarcá con la lascivia enmascarada del lobo que espera a Caperucita.

Ahora que vuelve a la agenda pública el tema del área metropolitana, quién puede negar la pertinencia y la importancia de esta obra de conveniencia regional, que aunque proyecto latente todavía, ya está cimentada con todos los fierros en el imaginario de quienes creemos en la integración de la región: un viaducto entre Armenia y Calarcá que supere la depresión de la Hoya del río Quindío y que reduzca a un kilómetro escaso la distancia entre las áreas urbanas de las dos poblaciones vecinas.

No se trata de una obra monumental en este siglo de la tecnología y las comunicaciones. Lograríamos establecer una zona conurbada de cerca de 500.000 habitantes. Pero para ello necesitamos ordenarnos como territorio, será más fácil lograrlo si se impulsa como hecho metropolitano, así como pasó con el viaducto Pereira-Dosquebradas. Podría suceder que la historia de emulaciones y rivalidades entre los dos municipios termine por la fuerza imparable de la ingeniería y la geografía.

Todavía recuerdo con la belleza que da el espíritu evocador de la nostalgia, las trifulcas, en que nos trenzábamos los calarqueños, estudiantes de colegios de la capital, con los armenios, batallas campales que parecían no tener fin. Entonces no había mayor insulto para nosotros que cuando nos agredían, declarando a Calarcá, sin fórmula de juicio, como un simple barrio de Armenia. Ante cargas de profundidad de esa magnitud, con la sangre revuelta del cacique, que aún corre por nuestras venas, organizábamos verdaderas logias, unidos por el pacto secreto de confrontar, sin tregua, la osadía de los cuyabros.

Después, de la mano de las realidades de la edad adulta, comprendimos que el verdadero enemigo no son los pueblos, ni sus habitantes, mucho menos la inocente geografía, sino la desgracia común de la desorganización y la inequidad en que vivimos como sociedad política, que reparte sin justicia las oportunidades a que tenemos derecho todos. Entonces se nos fueron reduciendo las distancias y nos fuimos persuadiendo que la clave y el encanto no está en ser más grande o más pequeños, ni el lugar donde estemos afincados, sino en que teniendo bien claro a cuál orquesta pertenecemos, nos dediquemos a cultivar la destreza que nos permita, a cada uno, ejecutar con virtuosidad el instrumento que nos corresponda, para que entre todos logremos transformar tanto ruido que hacemos en una verdadera sinfonía digna de ser escuchada.