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 EL CINCEL DE FERMO

CincelPor: Hugo H. Aparicio

Los ojos del anciano sobresalían entre su ajado perímetro. La atenta fijeza, al parecer, compensaba limitaciones de audición. Confirmó con un gesto; era él a quien buscaba. Expuse en detalle el motivo de la visita: alguien, presencia casual en el mostrador de la ferretería, dio señas vagas de su existencia; olfato deductivo y azar, contribuyeron luego al encuentro. De negocios afines reunidos en aquel sector urbano de Tuluá, Valle del Cauca, una tras otra se sumaban las negativas a mi pedido:

  • Necesito un cincel, un cincel o puntero de buen temple, grueso, longitud mínima de cuarenta centímetros.
  • No, señor, no hay; es difícil que lo consiga.

Era obligante culminar durante el resto de tarde la perforación en el muro de hormigón armado -veinticinco centímetros de espesor-, para el ingreso y montaje de ductos internos destinados a sensores de flujo, en la estación de gas Lago Chilicote, objetivo con varias horas de mora. Tres decenas de recintos semejantes, en diversas poblaciones del Valle, no presentaron dificultad comparable. Dos operarios, armados de taladro con mecanismo percutor más sendas brocas de punta de tugsteno, macetas y cinceles corrientes, débiles para las condiciones del material a derruir, bregaban desde el día anterior con escaso avance y deterioro del equipo. Intenté conseguir en alquiler, sin lograrlo, un rotomartillo, aparato eléctrico de mayor potencia, especial para demoliciones. Cualquier retraso adicional trastornaría el cronograma de obras, en perjuicio de nuestra credibilidad con la empresa contratante y recorte en la utilidad proyectada.

  • Qué casualidad, caballero –comentó el extraño, ya en la acera exterior–; hace años, en una de estas calles, vivía un cerrajero fabricante de cinceles; muy conocido entre los maestros de construcción. Los vecinos antiguos pueden orientarlo.

Breves indagaciones condujeron al hallazgo. Allí estaba don Fermín, Fermo para sus cercanos, de acuerdo con las voces de llamado. Mi presencia, indiferente a todos. ¡Viejo, Fermo!, lo buscan.

Garaje de casa amplia años sesenta, mecánicos, clientes, y numerosas motocicletas, parqueadas unas, otras en revisión o reparación. Al fondo, arrumado en un rincón, ausentes orden y aseo, el equipo mínimo de cerrajería: herrumbroso soldador de arco, conexiones eléctricas desnudas, prensa montada sobre un desvencijado banco de madera, riel con funciones de yunque, herramientas de mano, almanaque extemporáneo; todo bajo una delatora capa de polvo.

La posibilidad de obtener un ingreso, inyectó en su expresión renovado aliento. Dignidad profesional, actitud de experto, aún vigentes.

  • Si, claro. Usted quiere un buen cincel y yo hago los mejores. Qué martillos eléctricos, ni nada. Un cincel de los míos, una maceta de kilo en manos fuertes, con experiencia, y sanseacabó. Todo es mantequilla. El secreto es el temple de puntas y filos. Yo los fabrico en fragua, a carbón y martillo. Traiga el material; varilla de hierro acerado, corrugada ojalá, de pulgada o pulgada y cuarto; me deja algo de anticipo. Para mañana se lo tengo.

Motores en prueba y parlantes al unísono, aturdían; fastidiaba el humo. Lo tomé del brazo y salimos al bochorno de la tarde en avance.

  • El caso, don Fermín, es de emergencia. No puedo esperar hasta mañana. Corremos con gastos de hospedaje, alimentación y jornal de tres personas, más multa por atraso. Si usted no tiene algo ya elaborado, tendré que inventar otra cosa.

Abrumador, como el mío, fue su desencanto. Me despedí con pesadumbre; más por la frustración del cerrajero. Motivo adicional de inquietud era mi ausencia del sitio de labor. Podía llegar de improviso una auditoría de los contratantes y los problemas se multiplicarían. Avancé unos pasos sin destino.

  • ¡Espere, espere! Tengo la solución.

Ágil, sonriente, ingresó al garaje, al interior de la vivienda. Reapareció en minutos con una larga barra metálica en la mano, del grosor deseado.

  • ¡Mire esta hermosura! Punta por un extremo y filo por el otro. No sé cómo la olvidaba. La encargó un cliente hace más de un año y jamás vino por ella. Templada al carbón. Tal como la desea. La cortamos por mitad y usted queda con cincel y puntero, cada uno de medio metro.

El asombro me dejó mudo.

  • ¡Yo sabía! Dios no me desampara. Esta mañana le pedí una platica. Le voy a cobrar sólo uno, el otro se lo gana. Ni un peso más, ni uno menos. El valor exacto para solucionar mi necesidad y la suya. Eso sí, que los hijos no sepan nada.

La cifra solicitada era exigua. Lo obtenido a cambio la superaba con creces. Intenté ajustarla.

  • No, señor. Yo le pedí a Dios un favor; usted, su mensajero, me lo trajo. Es eso y nada más.

Recibió los billetes de espaldas a mecánicos y clientes; hizo dos dobleces, y con ellos, antes de llevarlos al bolsillo, una cruz en su cuerpo. Tomó la barra; a falta de cinta métrica, un punto medio calculado por cuartas; la fijó en la prensa, y con limpia destreza ejecutó el corte de segueta...

Hace poco, de paso por Tuluá, visité la estación. El lago, a hora vespertina, escondrijo de muchachos iniciados en alucinógenos y refugio de garzas blancas posadas en el árbol isla de su centro, inspiraba reposo. Recordé a don Fermo; quise saludarlo y proponerle una transacción compensatoria por la ganga del año anterior, la mejor compra de herramienta que jamás hice. En su lugar de trabajo, había un moderno banco de pruebas para chasis de motocicletas.

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