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Circula quincenalmente a través de cafeterías, restaurantes y establecimientos similares de Calarcá.
 EDITORIAL: ¡ ERA DERROTABLE...!

El fenómeno Uribe
No ha sido estimulante para la democracia colombiana la campaña presidencial que está por concluir. Tal como se planteó desde su incierto inicio, hubo un candidato triunfante desde hace cuatro años y varios candidatos menores que no sólo entraron derrotados a la contienda, sino que invirtieron recursos y energía en fortalecer al rival mayor. Derrotados, más por su actitud de torpes perdedores de entrada y por la terca realidad política, que por las encuestas. Desconocer el fenómeno Uribe como respuesta a un proceso histórico de deterioro social, de frustración nacional respecto a las promesas de la democracia, es negar lo evidente. Para bien o para mal, la presencia en la casa de Nariño de un personaje con el talante personal del presidente, consecuente en su acción de gobierno con las líneas que trazó desde la campaña del 2002, ha marcado hondas diferencias respecto al desempeño tradicional de los primeros mandatarios.

¿Enemigos o contradictores?
Por desgracia, la opinión se polariza frente a los personajes, dejando a un lado el ideario que encarnan; demostración de inmadurez política que nos hace presas fáciles del montaje publicitario, de la imagen, pasivos objetos de mercadeo. El presidente seduce al votante con los mismos rasgos y actitudes con los cuales se hace insoportable para sus enconados enemigos: tendencia al autoritarismo, al rigor; lealtad con su estrategia de seguridad, disciplina neoliberal en lo económico, en alianza con las agencias internacionales y el gobierno norteamericano, incluido el TLC; ritmo de trabajo frenético, etc. Sus opositores (más malquerientes o enemigos personales que contradictores con argumentos), lo acusan de fracaso en políticas centrales como la económica o la de seguridad democrática; de cercanía con sectores paramilitares, de descuido por lo social, de manipulación de cifras oficiales, de corrupción, clientelismo, crímenes de estado; en fin, de todas las tragedias y perversiones políticas imaginables.
Parece imposible un juicio objetivo cuando media la antipatía, la animadversión personal o el apego a catecismos políticos; lo mismo que cuando se impone el culto a la personalidad de improvisados mesías, como en el caso de Uribe, primero entronizados y luego derribados por la caprichosa tiranía de los medios.

Torpe estrategia
A nuestro modesto juicio, en contradicción con todas las encuestas, Uribe era derrotable. Sus logros frente a la acción de la insurgencia, el desmonte a medias de las estructuras narco-paramilitares, relativos avances en materia económica, aún no bien percibidos por los sectores medios y populares y la extensión del asistencialismo directo a comunidades marginales, no era una base sólida para reclamar el apoyo de los colombianos para un segundo periodo presidencial. Sin embargo, mejor que mejor para sus aspiraciones, los contendores optaron por plantear una guerra personal en la cual le entregaron todo el protagonismo, olvidándose de presentar propuestas alternativas creíbles y coherentes. “Si el presidente no asiste, no vale la pena el debate”, “es que los medios sólo lo entrevistan a el”, “es que los consejos comunales...”, “no hay garantías”, “la democracia está amenazada”, “el presidente es capaz de todo”. Y el televidente, el radioescucha, el lector de prensa, sólo ve un hombre bien intencionado, recio y campechano jugándosela a fondo, vociferándole a la subversión y a los paras, a un funcionario de 24 horas que todo lo domina, que todo lo controla; que no rehuye el debate ni la defensa de su gestión con nadie, al costo político que se requiera; a una víctima de castas políticas e intelectuales tradicionales enquistadas en el poder de los medios. Los resultados de tan torpe estrategia, desarrollada por los contendores de Uribe, están a la vista.
Además de la pobreza y debilidad en los planteamientos, resultan patéticos los intentos por enlodar a toda costa la imagen personal del presidente. No pocos recordamos la reacción de los escuderos de Samper (Serpa, Bejarano, Piedad) frente a las declaraciones de Santiago Medina o del ministro Botero Zea: “no se le puede dar credibilidad a las declaraciones de un acusado”. Bastante parecido al caso del DAS. ¿No es cierto?. Esa campaña podrá arrojarle utilidades económicas a las revistas, a Caracol, a El Tiempo; podrá poner a jugar en el mismo equipo al senador Petro y al presidente de Semana, Juan Manuel López; pero nada le aporta al juego limpio en la faena electoral.

Los lastres del Polo
El Polo, con el muy respetable ex-magistrado, Carlos Gaviria a la cabeza, no dejó de pisar cáscaras: condenar sin juicio al acusado ex-director del DAS; calificar como crimen de estado el de Liliana Gaviria, satanizar el TLC para después dizque someterlo a un referendo; abandonar al alcalde Garzón en medio de la tormenta. No obstante, el peor lastre del Polo es, por una parte, su incapacidad para romper en forma franca y explícita con la violencia armada como forma de lucha política, paso que hace décadas dieron los partidos de izquierda de la mayoría del mundo; por otra, la incertidumbre que subyace en el discurso de la izquierda recalcitrante, sobre si será posible en un eventual gobierno suyo estar en desacuerdo y expresarlo, como sí es posible hacerlo ahora.
Leyva salió como entró: despistado; aspiraba a que el país se rindiera a sus cantos de sirena. Una buena alternativa era Mockus. Lástima, cuatro años más de lo mismo... ¿los resistiremos?

 NOTAS URBANAS: UN AMOR DE LOS BUENOS

Nancy y Rodrigo: Les agradezco el tiempo que me dedicaron y su consentimiento para publicar estas notas. Tal como se lo expresé, mi interés por conocerlos nació de dos momentos. El primero, tras divulgar en la edición 25 el caso de un vecino ejemplarmente solidario; ese pequeño relato, bien recibido por los lectores, me animó a continuar publicando casos de la vida diaria de nuestra Calarcá, con alto contenido de valor humano, comúnmente ignorados. El otro, cierta mañana del mes anterior, cuando los encontré a ustedes haciendo su diario recorrido desde Veracruz, por la Colón hacia la galería, donde usted Rodrigo, cumple su labor. Nancy en su bicicleta, Rodrigo en silla de ruedas dotada con motor eléctrico; una pareja especial, frente al tímido sol tempranero de cualquier día de abril pasado. En anteriores ocasiones los había visto con leve curiosidad; esta vez me detuve; los observé con envidia. El amor rodaba con ustedes por la avenida y sonreía en sus rostros. Quise entonces que su historia llegara a esta página.

Rodrigo Osorio: nacido en Santuario, Risaralda, hace, ¿35, 38 años? años. Una estúpida venganza le disparó ocho proyectiles, uno de ellos aún alojado en su médula espinal. Literalmente, vive de milagro. Entre otros oficios y habilidades, mecánico dental por enseñanza práctica de un amigo que le dejó su técnica como medio de sustento (si el amigo supiera... las prótesis que su alumno continúa elaborando, apenas le retribuyen con una sonrisa, la gratitud de los ancianos que nada más pueden darle). A Calarcá llegó convaleciente de cuerpo y alma en el año 93. Aquí debió asumir el peso de su tragedia personal y su nueva vida. A falta del apoyo oportuno de la familia paterna para alcanzar una mejor rehabilitación, pronto tuvo que responder, además de si mismo, por otros miembros de la familia. El terremoto del 99 le privó de su trabajo en la destruida galería, aunque no logró quebrantar esa actitud de optimismo contagioso que siempre lo acompaña; otros oficios le proporcionaron sustento material.

Tras la obligada pausa, erigida su nueva y flamante estructura, la galería de Calarcá lo acogió de nuevo; esta vez ya no como empleado de un negocio similar al actual, sino como arrendatario titular. Hoy es paradigma de laboriosidad, de calidad humana, atendiendo la más pulcra y decorada unidad de servicios sanitarios públicos que alguien pueda imaginar; la única que incluye, en vivo, música de guitarra y su voz que emula como ninguna a Los Visconti.

No le faltan los momentos para dibujar o hacer caricaturas; tampoco los contratos para serenatas o las ocasiones para poner a prueba su amplio conocimiento y gusto por la gastronomía. Y en todo, Rodrigo, su recia contextura física, su alma inmensa y noble, pródiga en humor y sabiduría. No es extraño entonces que haya enamorado a Nancy, una mujer a la medida de sus sueños; sonríe cuando lo afirma con plena convicción: el complemento que hoy explica y sustenta su existencia, luchas y sueños.

Nancy: mientras su pareja ventila recuerdos, usted lo observa atenta y aprueba sus frases con una leve sonrisa de miel enmarcada en su cabello lacio, oscuro. A mi obvia pregunta su respuesta es breve, directa: la limitación física de Rodrigo no incidió en lo absoluto, ni a favor ni en contra, en el destino del romance. Todo fluyó con espontánea naturalidad; como llegan, se instalan y se quedan para siempre los amores buenos. Usted es mujer culta, ilustrada, licenciada en pedagogía reeducativa; actualmente contratista del Instituto de Bienestar Familiar. Recuerda con nostalgia la época de los grupos juveniles, su Instituto Calarcá, la vida de estudiante en la Universidad del Quindío; la poesía que nunca ha dejado de denunciar lo íntimo, lo sensible. Desde Tabio, Cundinamarca, sus padres trajeron a Calarcá su niñez. Aquí se hizo calarqueña por convicción y afectos. Es curioso: la familia prosperó en otra época, al amparo del comercio de la galería; hoy subsisten de ella, aunque lejos de la añorada bonanza de mejores días. Pero ese espacio, eje de su familia durante años, a ustedes dos les descifró la vida. Que desde, o hacia la galería de Calarcá, para envidia de todos, el amor siga rodando con ustedes entre silla y bicicleta...

 DE NUESTROS LECTORES...

Ana Milena García Soler, calarqueña; en medio de sus obligantes rutinas como madre, ama de casa y compañera de labores de su esposo, propietario de uno de los mejores restaurantes de la ciudad, escribe textos de sugestiva contextura. Bienvenidas sus notas femeninas a POETINTOS.

Alucinaciones
Cualquier mañana al abrir los ojos y tras una noche llena de sobresaltos y pocas horas de sueño, se desliza valiente por un lado de su cama, dispuesta a enfrentar con paciencia y desencanto el nuevo día.

De a pocos, ve pasar su vida. Su reflejo en el espejo empieza a cambiar, los sueños que se ha negado a dejar atrás la acosan, su impotencia la atormenta. Debe estar en pie, atenta; hay tantas cosas en qué pensar, tanto por hacer; la vida no le está alcanzando.

Un manto gris cubre su rostro, ese rostro que pierde frescura, unos ojos enmarcados en las líneas implacables del tiempo.

En las noches de silencio y de insomnio, su mente se pierde en el mundo paralelo que vive solitaria; mirando una pared blanca, sonríe alucinada, sostiene apasionadas discusiones. Su espejismo le ofrece lo que quiere tener. En su delirio nocturno es independiente, inteligente, una mujer con gran talento, ama cuando quiere, es bella y feliz.

Esta dicha inventada es lo más real que posee, la llena de sentido; juega como niña sin que le reprochen su risa alocada; viaja, se divierte y ha recorrido, de la mano del utópico galán, maravillosos lugares. Su corazón ha palpitado rápido; ha sentido mariposas en el vientre y aunque sean falsas, las imagina para sentir cómo es vivir.

Y cada mañana, se desliza valiente por un lado de su cama; debe estar atenta, hay tanto por hacer, el tiempo no le está alcanzando... Poco a poco, pasa sin tregua la vida. Su silencio es cada vez más frecuente; se le ve distraída, distante... es que la noche ya no es suficiente para soñar.

 POETAS UNIVERSALES—POESÍA A LA CARTA: OLIVERIO GIRONDO

Carlos Alberto Castrillón, crítico e investigador, docente de la Universidad del Quindío, ve en los “Veinte poemas para leer en el tranvía” (1922), de Oliverio Girondo (1891—1967) publicados cuatro años antes de “Suenan timbres” (1926), de Vidales, la línea temática y de estilo que nuestro poeta quindiano propondría en su famosa obra. Tal concepto, basado en firme evidencia, nos motiva para conocer al poeta argentino y su obra posmodernista.

Enrique Molina, prologuista de la edición de la obra de Girondo de Editorial Losada, distingue tres momentos en su obra: “Uno inicial, que incluye sus dos primeras obras: Veinte poemas para leer en el tranvía y Calcomanías, recorrido de las formas más concretas y donde se instaura el diálogo con lo inmediato, la relación instantánea con las cosas, la experiencia de los sentidos y el mundo exterior. Otro, intermedio, situado ya a mitad de camino entre la tierra y el sueño, entre la realidad y el deseo. Han desaparecido los medios de transporte –ya innecesarios–, las cosas se someten a un conjuro, se sobrepasan o circulan irisadas por el delirio, Situamos aquí a Espantapájaros (también el único relato de Girondo, Interlunio, se ubica en esa dimensión).

Y por último, en plena asunción de esa terrible intemperie del espíritu, esbozada primero en Persuasión de los días para culminar En la masmédula. Un dinamismo ascendente, en el que se irá desprendiendo como de un lastre del orden utilitario de las cosas, hasta que estas adquieren una transparencia calcinada, fundidas en un único reverbero.”

Apunte callejero (De veinte poemas ...)

En la terraza de un café hay una familia gris.
Pasan unos senos bizcos buscando una sonrisa
sobre las mesas. El ruido de los automóviles destiñe
las hojas de los árboles. En un quinto piso, alguien
se crucifica al abrir de par en par una ventana.
  Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se me entran por las
pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de
estallar... Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda...
   Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.
5 (Persuasión de los días)

La lluvia,  
con frecuencia, 
penetra por mis poros, 
ablanda mis tendones,
traspasa mis arterias,
me impregna,
poco a poco, 
los huesos,
la memoria.
  
Entonces, 
me refugio
en un rincón cualquiera
y estirado en el suelo
escucho,
durante horas,
el ritmo de las gotas
que manan de mi carne,
como de una gotera.

Dicotomía incruenta
(Persuasión de los días)

Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.
  
Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.
  
Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que yo estaba
antes de haber llegado.
 
Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.


7 (Espantapájaros)

¡Todo era amor... amor! No había nada más que
amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.
      Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor
ultramarino. Amor ecuestre.
       Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.
       Amor con una gran M, con una M mayúscula,
chorreado de merengue, cubierto de flores blancas...
       Amor espermatozoico, esperantista. Amor
desinfectado, amor untuoso...
       Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con amor sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.
       Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.
       Amor impostergable y amor impuesto. Amor

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