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Poetintos
Circula quincenalmente a través de cafeterías, restaurantes y establecimientos similares de Calarcá.
 EDITORIAL: ¿DE CAFÉ A OSCURO? (1)

La cifra de crecimiento económico del país, calculada en 7.52% para 2007, extraña para la mayoría de regiones del país, suscita reflexión. En lo que nos atañe, pese al enorme volumen de bienes y servicios que fluye a través de los tramos de vías troncales nacionales que cruzan el Quindío, las economías local y regional, parecen varadas en puerto estático.

Veamos: no es previsible un cambio importante en la orientación productiva de las zonas cafeteras. La relativa mejora en los precios externos, con todo y devaluación del dólar, su favorable proyección, los avances en tecnificación, control fitosanitario, rendimiento de cultivos y variedades; el auge de los cafés especiales; además de factores culturales de fuerte arraigo, alejan la posibilidad de sustitución de uso de suelos. Por otra parte, el llamado sector secundario o real de la economía (actividad fabril, de manufactura o transformación de bienes), permanece incipiente; y la tercerización (servicios, en especial turismo, comercio y construcción), no responde a la desbordada expectativa como generador de desarrollo.

La ruta del café

A falta de cambios en la relación entre sectores económicos que abran posibilidades distintas, el café continuará siendo, por término indefinido, el determinante socio-económico de municipios como Calarcá y la mayoría de sus hermanos, dependientes durante más de setenta años, de los avatares del grano.

Contrastar esta certeza, poco alentadora, con el deterioro en los factores de desarrollo humano (ver estudio del PNUD - NACIONES UNIDAS para el eje cafetero), obliga a indagar por qué la caficultura no constituye en la actualidad, como pareciera haberlo sido en el pasado, un soporte social sólido; qué nos hace tan vulnerables y cada día menos significantes en el conjunto de la economía nacional. Es paso previo e indispensable para idear correctivos. La primera respuesta podría ser: si no superamos el tradicional beneficio del producto básico, si no fortalecemos y ampliamos procesos industriales de agregación de valor que trasciendan la oferta de grano trillado y de otros productos agrícolas sin maquilar, como el plátano o la yuca, renunciamos a la fase más rentable del circuito productivo, aquella que genera oportunidades para el talento humano calificado, y mejores alternativas en el juego de oferta y demanda.

Aunque con décadas de lamentable retraso, dudas respecto a beneficios reales para los productores, y escasa incidencia en el Quindío, la Federación Nacional de Cafeteros, por ejemplo, viene aplicando una estrategia de la cual hace parte la comercialización interna y externa de la marca Juan Valdez con variada gama de productos, derivados unos, ajenos otros, del cultivo. Es apenas una de las acciones, hasta ahora exitosa, con las cuales se replantea el papel del país y del gremio en el mundo cafetero.

Caficultura, factor social

Café en cerezaAsunto mayor, objeto de una especie de pacto de silencio oficial y privado debido a sus espinosas implicaciones, es la distribución social del ingreso generado por la explotación agrícola, en especial la cafetera, que determina capacidad adquisitiva y calidad de vida para un sector de población superior al 35%. Obra ahí la compleja relación entre tenencia de la tierra, cultivo y beneficio, con las modalidades de contratación del jornal rural, en la cual se ha impuesto la costumbre sobre la ley.

Son conocidas las dificultades que a menudo sortean los productores, por efecto de precios desfavorables; también, que se han vivido épocas de bonanza o estabilidad relativa. No obstante, el mayor peso de las dificultades y el menor beneficio de los buenos momentos, ha recaído en la micro-economía de los hogares dependientes del salario agrícola, en su mayoría al margen de las normas laborales y debilitado por la informalidad, la inestabilidad y la desprotección social.

Otro hecho: la imposibilidad de recurrir a medios mecánicos para faenas de campo y de beneficio del grano, liga la caficultura con su entorno humano de manera indisoluble y la hace, en grado superlativo, responsable social. Otra característica especial del medio Quindiano, compartida con regiones aledañas: gran parte de los trabajadores que laboran en las fincas, habitan en los núcleos urbanos, dada la cercanía entre unos y otras.

¿Cómo se relacionan los diversos sectores de población urbana con la actividad cafetera y agropecuaria? La información pertinente, es precaria o no existe. Datos incluidos en el proyecto de Plan de Desarrollo Municipal, como la estratificación poblacional (66.6% de los habitantes de Calarcá en estratos 1 y 2), los niveles SISBEN (86.81% en niveles 1 y 2), y la percepción cotidiana, dan evidencias de una pauperización latente, ya endémica, atribuible no en forma exclusiva, pero sí en gran proporción, a dos factores: desempleo, que ronda en el 30% y bajos niveles salariales de la población activa. Agreguemos al ejército de la sub-normalidad laboral, sectores como la construcción, el transporte...
(continúa en la edición 54)

 AVENIDA COLÓN

Avenida Colón Fotografía por: Claudia Lorena Hernández

Sucesivas administraciones municipales han hecho de la Avenida Colón un objeto de micro-inversión de corto plazo, apropiada para otorgar contratos politiqueros: uno que otro tramo de andén, peligrosos adefesios con aspecto de jardineras contra los cuales han llegado a su fin prematuro varias personas, reparcheos superficiales y, sobre todo, una permanente siembra de postes de toda condición y material. Las tomas fotográficas son dramáticas. Reflejan el descuido total a que está sometido el espacio público, en detrimento, no sólo del entorno físico, de la percepción estética del ambiente urbano, sino la seguridad de habitantes y transeúntes.

Avenida Colón

¿Cómo, entre esta jungla de concreto, rieles y tubos puede transcurrir la cotidianidad de un sector tan importante de nuestra cabecera municipal, sin voces ciudadanas que reclamen una intervención a fondo en esta "avenida" de tan precarias especificaciones? ¿Cuántos años tendrán que transcurrir, y vidas humanas tendremos que perder para contar con una vía de especificaciones dignas?

 DON GONZALO GUTIÉRREZ

CYRANO DE CALARCÁ O EL GRAN SEÑOR DE LA EDUCACIÓN
Por: Carlos Alberto Villegas U.

Mencionar los nombres de los profesores del Colegio Robledo ya nos deja a las orillas del recuerdo. Un islote en el que sobreviven algunas imágenes como objetos fragmentados de un enorme naufragio.

¿Naufragaron los estudiantes del Robledo del 78 en sus propósitos académicos?

¿Naufragaron las integrantes de la docena juvenil del Instituto Calarcá; hermoso ramillete que alimentaba pasiones adolescentes?

¿Naufragaron los integrantes de Asterix que aspiraban a integrar la Selección Colombiana de Baloncesto?

¿Naufragaron los poetas que se divertían con Cabrera Infante y soñaban íntimamente con un Premio Nobel?

¿Naufragaron los revolucionarios que invitaban a las marchas de Mao Tse Tung, en un horroroso país de fosas comunes?

¿Es pesimista la visión y más pesimista aún la revisión?

Seguramente sí. Sin embargo, hablar de naufragios en un mundo que colapsa, es apostarle sólo al éxito como fórmula y no a la narrativa vital, llena de atardeceres irrepetibles.

Si, la narrativa vital, esa forma libertaria de vida que mide la realización, no por titulares, ni por el aplauso momentáneo, sino por la inmortalidad del instante, de los múltiples, inaprensibles e invaluables instantes que configuran la vida de uno, la multitumbre-multitud de urdimbres- de pocos.

Ah, grato volver a los nombres y tras ellos a los seres humanos que entretejieron cronotopías, ese punto heisenberiano de la incertidumbre atómica de tiempos y espacios. Momentos volátiles que ya no son, pero que de alguna manera siguen siendo en el andar cotidiano del otro. En su trama, en su urdimbre vital que una sonrisa rescata y valida.

Y en ese cronotópico momento no hay posibilidad para la derrota. Sólo la alegría de haber estado allí, en el irrepetible y valioso proceso de ser, de construirnos como personas, como colectivo, como sociedad, como pueblo.

Porque mencionar a Don Gonzalo Gutiérrez, o a cualquiera de los profesores del Robledo que padecieron la generación del 78, no es sólo traer al presente las clases de español y de geografía, donde "Mire mellizo, qué tal que su mamá, doña Graciela, supiera que tiene un hijo tan maleducado que no saluda al profesor en la calle".

No es sólo recordar a un maestro convencido de su oficio, con la capacidad para donarse en toda la dimensión de sus aciertos y desaciertos, con la paciencia para compartir, ante una treintena de mozalbetes hablantinosos, su amor por "los lánguidos camellos de elásticas cervices" y la precisión para ubicar en los mapas multicolores, cada una de las regiones y accidentes geográficos de un planeta que no tenía lugares secretos y sí muchos nombres de asombro para nuestra rural existencia.

Mencionar a Don Gonzalo Gutiérrez -así, con esa forma reverencial que su edad, sus encanecidos cabellos, y su convencimiento pedagógico en lo que hacían, imponían-, es, igualmente, dimensionar el quehacer de tantos maestros y maestras (que no se olvide el necesarísimo e incluyente énfasis) que trataban de construir un mundo mejor con su ejercicio cotidiano. Pero es también recordar a Mora, denominado aquí con esa forma castrense de la educación de entonces, quien tuvo que abandonar sus estudios en tercero de Bachillerato, porque "de que se ríe mellizo, me vio muy narizón, muy desdentado muy orejón"; cualidades físicas que el "Profe" poseía con suma largueza.

Y con Mora, recordar a todos los alumnos que tuvieron que desertar de los colegios porque el respeto al profesor no sólo era una obligación, sino también una carga impositiva que torcía o construía destinos. Y con él, a todos los camioneros que trashuman "La Línea" en el intento de sobrevivir y ayudar a otros a hacerlo.

Mencionar a Don Gonzalo Gutiérrez, no es sólo hablar del Cyrano pedagogo, que atravesaba flemático los andurriales del pueblo bajo lluvias diluviales, sólo para educar con el ejemplo, en el compromiso y la responsabilidad. No importa que muchos no lo entendiéramos en su momento.

Es también señalar un aspecto de la historia de la educación en Colombia, donde los educadores formados en las normales de Pácora o Salamina -¿cuál de ellas existió o aún existe?-, trashumaban por la geografía del Viejo Caldas convencidos de su misión como constructores de mejores futuros.

Don Gonzalo Gutiérrez es solo una punta del Iceberg que flota cerca de las islas del recuerdo al que nos convoca ahora Luis Fernando Noreña.

Por eso invito a todos quienes de su propia y personal cronotopía, desde su narrativa vital, puedan ayudar a entretejer esa tupida cartografía que significa mencionar a un hombre, en una fecha específica de este mínimo planeta, ubicado en alguna parte de las billonésimas galaxias que nos constituyen como simple y pasajero polvo de estrellas. Pero polvo enamorado, señalaría Don Gonzalo Gutiérrez recordando al poeta español. Porque aquí y ahora, en este blog que promociona la promoción del 78, pronunciar un sólo nombre es conjurar el universo.

A esa enriquecedora tarea que tiene mucho de patrimonio cultural es a la que nos invita Noreña desde Valencia España (¿Hasta allá han llegado?): a que cada uno de los calarqueños que entretejieron sentidos con esa generación, escriba y divulgue las tramas y urdimbres que los nombres de esa promoción tienen y han tenido en distintas latitudes del planeta. Habrá que llorar significativas ausencias, pero lo más seguro es que reiremos con las noticias del prosopopéyico Meridiano Cultural del Quindío y sus gentes.

Bienvenidos. http://colegiorobledocalarca1978.blogspot.com/ es la dirección. Sus comentarios, que leeremos como noticias, enriquecerán, con sonrisas y quizás con carcajadas, la memoria colectiva.

 BAJO LA CAPARAZÓN DE LA TORTUGA

Espero no transgredir con esta breve reseña, la advertencia de Óscar Zapata Gutiérrez al momento de entregarme el primer ejemplar de su delicioso y profundo "mamotreto", Bajo la Caparazón de la Tortuga: ¡cero comentarios, por favor! Ojos oblicuos y labios recogidos en mohín característico, no dejaron dudas sobre su voluntad expresa.

Me limitaré, entrañable compañero y amigos lectores, sin pisar terrenos prohibidos, a registrar la satisfacción del escritor y la alegría de sus leales e innumerables amigos ante la aparición pública de sus minificciones, en edición de libro de bolsillo, con 40 píldoras de narrativa esencial, concentrada, con las que reparamos los estragos anímicos que causan, el invierno, y la abulia cultural de la comarca.

Dos fuentes de lectura tienen los interesados en esos textos de goce y reflexión: si pertenecen al amplio universo de sus amistades, bastará cruzarse con él en el Parque Bolívar o en alguna de nuestras calles, y solicitarle la gracia del obsequio material, que complacerá con gusto; caso distinto, basta con acceder a la página virtual de los calarqueños en el mundo: www.calarca.net ó www.calarca.com, donde encontrarán los textos completos.

Comparto con los lectores un episodio, relacionado con este Ejercicio Literario de Óscar, incluido en la edición:

Acérquese a una librería y compre un libro. Sin leerlo, abandónelo al arbitrio de las polillas. No mantenga viva la curiosidad por saber qué va a suceder durante los veinte años siguientes. Al límite del cumplimiento del plazo, observe con cuidado las fisuras, surcos, oquedades y descubra los rasgos de esta críptica caligrafía animal. No lea el libro sino los caprichosos trazos del depredador de papel. Intente una historia breve sobre los resultados de la experiencia.

Apenas circulando los primeros ejemplares, Raúl Echeverri Molina, copartícipe del entusiasmo del autor, encontró en su multitemática biblioteca, un poemario de Juan Aurelio García, con la edad calculada en el texto transcrito. Al abrirlo, halló “las fisuras, surcos, oquedades... los rasgos de esta críptica caligrafía animal” que en misterioso juego con los versos del poeta, nos han dado, al autor de "la caparazón..." y a sus cómplices lúdicos, un gozo memorable.

Otra joya del libro de Óscar: Cinta de Moebius

Se deslizó confundiendo la cinta de Moebius con un formidable tobogán. Quedó aprisionada en un éxtasis del que no la han podido rescatar pese a los esfuerzos de su familia.

¡Nos vemos bajo la caparazón de la tortuga!

 FE DE ERRATAS

Amigo y colaborador, Ángel Castaño, co-editor de "La Avenida", nos ha enviado un texto obtenido vía Internet, en el cual se le atribuye la frase, título de nuestro editorial anterior, a Fray Luis de León: "Durante cinco años fray Luis permanece aislado en una celda de la Inquisición sin saber quién y, durante algún tiempo, de qué se le acusa. Sin embargo, en 1576 sale libre del proceso con más vigor y energía moral que antes, si bien su salud queda quebrantada. Famosa se ha hecho la frase de su vuelta a la cátedra de Salamanca con aquel: 'Decíamos ayer...' que indica su triunfo interior contra la maldad de sus enemigos."

En vista de que el único argumento en defensa de Miguel de Unamuno, como autor de la frase, es la versión verbal de un docente de literatura imposible de confirmar por ahora, registramos la información remitida por nuestro amigo, a quien enviamos saludo especial por el cumpleaños de su publicación.

  CALARCÁ DE RECUERDOS

Por: Beatriz Eugenia Gallego G. *

Calarcá con la ilusión de convertirse en ciudad, ha querido cambiar su parque, sus viviendas, sus calles, su entorno; pero en mi mente vive la Calarcá de los años ochenta, donde las familias de cualquier nivel social cial aún vivían en casas de bahareque revocadas con boñiga de caballo, o en el mejor de los casos con cemento. Viviendas de amplios corredores, techos de teja, cielorrasos carcomidos por el comején, pisos de madera encerados a mano, brillantes como espejos, a punta de medias veladas, que servían a los niños como deslizadores. Hacíamos de este oficio una diversión. El patio era un solar de tierra inmenso, todo un parque de juegos construido a pulso, con columpios, burros de guadua, casitas de madera, cancha de fútbol, de baloncesto. Lo mejor de todo, no necesitábamos dinero, éramos jóvenes creativos, libres, con una actitud positiva ante la vida, jóvenes que nos conformábamos con tenis croydon y zapatillas grulla compradas en el almacén de los Ariza.

Toda la ciudad me habla de mi adolescencia recorrida al igual que todas las jovencitas por la concurrida carrera 25 ó calle real. Era un desfile que se iniciaba en el hospital "La Misericordia", en la calle 43, y terminaba en la iglesia de "Cristo Rey". El hospital se convirtió por fuerza de las nuevas leyes en un centro de salud casi condenado a desaparecer. Yo vivía a media cuadra con el fantasma de la muerte muy cerca, enterándome de los accidentes y muertos de cada día. Salía de mi casa hacia la cancha de baloncesto, en un costado del hospital. Era mi refugio en los momentos que deseaba estar sola; allí al lado de la cancha estaba el anfiteatro llamado por todos la pieza del olvido, lugar que infligía un miedo que helaba los huesos, pero que generaba la curiosidad de la adolescente. La muerte siempre ha sido para mí sinónimo de tristeza y olvido, quizás porque a aquel anfiteatro sólo llevaban los muertos que no tenían dolientes. Ese pequeño cuarto oscuro con una plancha de cemento en el centro, frío, lúgubre... Casi como un autómata me dirigía a aquella puerta verde oscura y me las ingeniaba para observar por una hendija como un voyerista. No era, claro, una escena que estimulara mi sexualidad, sino que me situaba en la más triste de las realidades. O quizás, pienso ahora, lo mejor que le puede suceder a todo ser humano es el descanso eterno. Alguna vez leí un pasaje bíblico que nunca olvido: habla ahora que estás vivo, porque cuando estés en el sepulcro ya nadie te escuchará. La capilla del hospital donde asistía a misa se derrumbó con el terremoto; jamás fue reconstruida. Digamos que fue una muerte súbita, no tan lenta como la del hospital.

Panorámica de Calarcá

Vuelvo al desfile de la carrera 25, el que se hacía más interesante cuando se llegaba a las primeras tabernas: "Rancho Viejo" y "Leña Verde" en los bajos del Club Quindío. Pero nada era más tensionante que pasar por "La Colina" - ¿bar, cafetería?, nunca lo he podido descifrar-donde se paraban todos los jóvenes de Calarcá: estudiantes, desempleados, comerciantes. "La Colina" aún existe, pero muchos de aquellos jóvenes han muerto, unos por enfermedad, otros en accidentes o asesinados y los demás tuvieron que viajar a otras ciudades o países a buscar mejor futuro. Eran mis amigos. Cuando observo el establecimiento desde el balcón de mi apartamento, aparecen todos ellos. Pienso que sus espíritus están ahí para coquetearme como antes; pero no, ahora sólo hay viejos morbosos que se ubican allí para piropear jovencitas y chismosear, actividad que se suele atribuir a las mujeres, aunque en los hombres no es extraña.

El Parque de Bolívar era como el de todo pueblo, lleno de árboles, el Libertador en el centro, la baldosa de colores; permanecía habitado por ancianos, por lo que obtuvo el rótulo del parque de las pájaros caídos. Ahora lo remodelaron dándole a Calarcá un aspecto de ciudad que no entienden algunos ciudadanos dedicados a criticar. No cabe duda, seguimos siendo pueblerinos; hay varios bolardos destruidos, los granos de café resquebrajados por el paso de vehículos pesados y los mismos pájaros caídos sentados en los escaños. Nada cambia. O mejor, todo da un aparente giro, pero de 360 grados. Quedamos en lo mismo: elecciones, malas administraciones, desempleo.

Continuando 25 abajo estaban otros sitios conocidos: "El Paraíso", "El Tonel", "Tayrona", "Valentino" y "Xanadú", de Guillermo González, la mejor discoteca de esos tiempos, donde ocurrían toda clase de escándalos nocturnos que en compañía de mi prima Gloria Botero observábamos y disfrutábamos desde la ventana de la casa de mi tía abuela Lolita, ubicada al frente.

El recorrido no era sólo de los vivos, también de los muertos. El carro fúnebre iba lentamente por la calle real obligando a apagar la música de todos los sitios de diversión, mientras las parejas salían de sus devaneos a observar el paso del cortejo y hasta alguna lágrima rodaba por sus rostros. Hoy, es el mismo desfile por la misma vía, pero estos sitios ya no existen. Ahora hay un caos total: vendedores ambulantes, espacio público ocupado por artesanos, cacharrerías con música estridente, indigentes, desplazados, rifas de mercados, carros y mil chucherías más. En medio de este manicomio desfila el carro fúnebre. A nadie le importa quién es el muerto; ni si murió de muerte natural, lo asesinaron o se suicidó. Nos volvimos insensibles; será porque todos llevamos una cruz y una lápida pegadas a la espalda, listas para ponerlas en uso en cualquier momento.

Vivo en Calarcá. La observo día a día. Hice parte de sus fiestas y sus reinados. Ceñí la corona de las entidades cívicas en 1980, título que me permitió participar en el concurso de señorita Calarcá ese mismo año. Cómo olvidar los desfiles que organizaban los hijos de Lucelly García de Montoya, Carlos Augusto -Pauto- y Maria Luz -Malusa-. Ellos en compañía de Jorge Hernán Caro, convertían la Casa de la Cultura en todo un escenario de belleza y moda.

Calarcá es parte de mi sombra, de mi otro yo, basta alejarme para querer volver.

* Docente y escritora calarqueña, autora y editora de dos libros de poemas; Evocación y el último de estos, Oh, palabra.

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