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 EDITORIAL: ENCUENTRO CON LA LITERATURA

Una actividad continuada, el Taller Literario del Quindío adscrito a la Red Nacional RENATA, del Ministerio de Cultura, dirigido por Carlos Fernando Gutiérrez, la aparición de varios libros y publicaciones de autoría y producción quindianas -algunos, caso de Las historias del prologuista, de José Nodier Solórzano Castaño, de proyección extra-comarcal-, y la culminación exitosa, a pesar de un reversado anuncio de cancelación por parte de la Alcaldía de Calarcá, del Primer Encuentro Nacional de Escritores, Luis Vidales, con nutrida asistencia de participantes y público, suscitan cauto optimismo sobre la vigencia de la literatura en nuestro medio cultural local-regional.

Los talleres de RENATA vienen cumpliendo, hace ya tres años, una plausible labor de promoción de la lectura y la producción de textos (prohibida la poesía, por decisión anónima). En ciclos semestrales, con nivel aceptable de participantes, actividad y resultados para mostrar, constituye el único espacio de patrocinio oficial para el fomento de la lecto-escritura avanzada, dirigida a la creación, en el Quindío.

El producto editorial, estimulado por el aporte de instituciones como Universidad del Quindío y Dirección de Cultura departamental, cuenta también con esfuerzos privados meritorios, entre los que sobresale la Colección Cuadernos Negros de Leidy Bernal, con la asesoría de Umberto Senegal, integrada a la Red de Editores Independientes de Colombia. Revista Cambio presentó, en la ultima edición de junio, una reseña de este trabajo, liderado por la joven quindiana, que alcanza ya 23 títulos, entre narrativa breve, minificción, cuento atómico, poesía y ensayo, con énfasis en autores regionales. Desde luego, necesitamos iniciativa y audacia adicionales, así mismo calidad, para promover el talento literario quindiano al plano nacional, tarea que debe ser conjunta entre escritores, editores y gobierno. No despreciable es la labor de medios alternativos impresos de contenido mixto, información–difusión que desde la sociedad civil y la academia, coadyuvan al objetivo de fortalecer las expresiones culturales.

Refirámonos ahora al evento que, con la coordinación de un comité presidido por José Nodier Solórzano, presidente del Consejo Nacional de Literatura, reunió a connotados escritores procedentes de varias regiones colombianas. Nos valemos de miradas y valoraciones diversas y de la limitada presencia de este editorialista, en las jornadas realizadas. Lo primero a decir es que resultó de muy mal recibo colocar a la cultura como primera damnificada de la confrontación Alcaldía v/s Concejo Municipal. La cancelación post-cancelada del Encuentro de Escritores y otros eventos de la tradicional semana de la cultura, pocos días antes de la fecha prevista, se interpretó en un primer momento, más como menosprecio por el referente cultural del municipio y por el sector ciudadano que lo secunda, que como un real impedimento administrativo para dar cumplimiento al Acuerdo Municipal vigente y a una programación ya decidida. La marcha atrás, ante la reacción de los sectores comprometidos -incluido el Gobernador del Quindío-, y la definitiva vinculación de la autoridad local tras el diálogo y la concertación con los actores culturales, amortiguan una latente preocupación.

Fue oportuna y estimulante la presencia del Alcalde en varios actos y hubo esmero en la logística. Desconcierta sí que el canal institucional, en este caso la Sub-secretaría de Cultura y Turismo se vea rebasada por otras instancias ajenas al tema. Ojalá hoy se tenga más claro que hace algunas semanas: el referente cultural del municipio es un patrimonio público que debe preservarse y consolidarse por encima de intereses político-electorales. La calidad de los invitados, tanto cercanos como foráneos, satisfizo las expectativas, salvo excepciones que no faltan. Una vez más sufrimos los embates de nuestra ya folklórica pontífice literaria, quien el año anterior hizo su propio encuentro excluyendo voces quindianas, indignas en su esclarecido criterio. Esta vez nos tenía nuevos y sorpresivos "descubrimientos", producto de sus prolijas investigaciones. Ejemplo: ¡Don Quijote de la Mancha no es una novela! Y otros de similar profundidad conceptual.

Importante como empresa cultural, y antecedente que estimula procesos semejantes, es la edición de 50 novelas breves y una Pintada, de Pijao Editores; iniciativa empresarial tolimense, alternativa a las editoras trasnacionales, con proyectos ambiciosos ya en avance, para la difusión del trabajo literario nacional. Se insiste en estrechar relaciones de vecindad y afinidad con los escritores tolimenses, Carlos Orlando Pardo y Benhur Sánchez, quienes aportaron, igual que en el año anterior, su trayectoria y conocimiento, y con el Valle del Cauca, bien representado por carismáticos personajes del oficio, como Fabio Martínez y Julio César Londoño. El primero de ellos sugiere promover la declaratoria de Calarcá como Ciudad Literaria de Colombia, sustentada en el tradicional vínculo del municipio con la actividad intelectual. Jaime Lopera Gutiérrez, instalador del encuentro, Omar García Ramírez, nacido en Armenia y desde joven transeúnte del ancho mundo, también artista plástico, ganador del premio de poesía del Festival de Medellín, Susana Henao, autora de la bella reconstrucción mítica de los Muiscas, Los hijos del agua, y Umberto Senegal, fueron la digna cuota de expositores quindianos.

Gustavo Álvarez Gardeazábal Alfredo Vanin, escritor de estirpe afro-colombiana y delegado por la Ministra de Cultura, Naum Montt, coordinador nacional de RENATA, autor de moda con su Lara, así como Octavio Escobar,integraron la nómina de expositores. Mención aparte para Gustavo Álvarez Gardeazábal, quien por enésima vez vino, herejizó, no cobró, y a su llegada a Tulúa, casi infartó. No obstante, a salvo la forma y el fondo del evento, en medio de magistrales conferencias; de doctas discusiones en torno a la novela breve; de juicios pontificales referidos a estéticas vigentes o caducas; entre lecturas versificadas, prosificadas, ciertamente "crucificadas", júbilos urbanos, y breves invenciones del mundo; a medida que transcurrían horas y días de programación, el Primer Encuentro Nacional de Escritores, Luis Vidales, alcanzó inusitada expectativa, por nadie bien disimulada. Pocas veces, quizás nunca, en escenario semejante, afiladas, sutileza y luciferina audacia, con protagonistas de tan disímiles orígenes y pensamiento, se alcanza tal grado de unanimidad en torno a un ideal, a un objetivo tan real como colectivamente inalcanzable: Cruzángela.

 DESPUÉS DE TANTO AMOR

Por: Ángel Castaño Guzmán

Un tango errante se estacionó en tus fronteras.
Salgo al balcón y encuentro los estragos de un naufragio. Abuelos desangelados y puticas de ocasión. El tiempo gira, en círculos expansivos. Se mete por las ranuras de la memoria, diluye las conexiones cerebrales. Imágenes de desarraigo. Ciudad de ceguera. Negación de colores. Foto del álbum familiar: el padre se rasura frente al espejo, al fondo, el sonido de los trastos del desayuno. Cazuelas subversivas y pocillos de cuidado. Si por lo menos alguien lo viera todo. Si delineara un mapa de los cataclismos de esta cuidad. Puñaladas a las cercas. A la pretensión de que un alambre de púas confiere nobleza. Las alambradas son lejanía y colapso. En estas casas, donde las golondrinas se toman un respiro, el color es propiedad colectiva. Y, aunque en las escrituras notariales pertenezcan a inciertas familias, en realidad son de todos. Porque todos las saboreamos con los ojos. Las devoramos con los pasos.

La ciudad es del que la camina. De los nómadas. Zapatos agujereados por la lluvia y el amor. Amor, te doy mis zapatos cansados. Mis calcetines sucios y mis irrefrenables ansias. La ciudad es de los ojos que se asoman por las ventanillas de los buses. De los niños que juegan un picadito en el potrero. Arco: dos travesaños silvestres. Balón: una bolsita con papeles. Zapatillas: los pies. Sin Nike. La carne. Nadie los llama. Vengan a almorzar: porción de viento de la tarde. El alimento sale por las ventanas. Ondas de carne frita y arroz con plátano maduro. Y prosigo, derramando sobre el papel los trastornos del pasión. Recito a Neruda. Don Pablo vive en los tejados de las casas viejas. Lo he visto. Sale a cantar a pleno pulmón: puedo escribir los versos más tristes. Y de la casa de enfrente, apenas en murmullo: Señora muerte, espera un poco. Señora muerte, ya nos vamos. Las palabras aguardienteras del vate.

No puedo detener la procesión. Voy hacia ningúnlado. Allá tengo una hamaca, una silla de mimbre y unos cuantos libros. Pero, lo mejor: tengo cosas que ver y gente que quiere conversar. Ah, aprovecho la ocasión: le pido al gobierno que retire de la constitución la mordaza. La gente no conversa con el corazón en la mano. Teme que un cuervo lo picotee. Mire le muestro: el mío tiene rotos, pero en lugar de sangre sale luz. Luz de sardinas. Cachalotes espaciales y ballenas suicidas que atracan en la playa.

Yo, en plural, digo que la imagen vive por siempre, agazapada en las neuronas. En recuerdos almibarados. Por eso, cada vez que puedo, enlato destellos de sonrisas. Envase número 0001-789. Risita y leve movimiento de cabeza. Fecha de envase: miércoles cinco de septiembre de 2007. Fecha de caducidad: nunca. Es mi ciudad. La única. De cristales rotos y espejos que reflejan ancestros del que los mire. Si. Estas casas son de mi ciudad. Son de ella. De su andar festivo. Del nimbo de alelíes de su agreste cabellera. Le robo la palabra a Jattín: cuando la conocí, venía de estar muerto. Ella es la imagen que quiero rescatar. Toma sorbitos de chocolate y estalla en color. La semiótica es incapaz de narrarla. Sólo es posible comprenderla en arepas con queso rallado.

 DE LA DISCAPACIDAD

Por: Claudia Lorena Hernández.

Darío intentaba ubicarme escuchando mi voz. Aún en la proximidad, los lentes oscuros que le cubren buena parte del rostro, no me permitieron definir su expresión. Espontánea, estiré mi mano para saludarlo. Ignoraba entonces que hace once años carece del sentido de la vista, por culpa de unos agresores que le arrebataron la posibilidad de observar el mundo, de comprobar cómo crece su nieto y conservar su trabajo como transportador de carga en una empresa de Pereira. Al percatarme de mi error toqué su hombro con timidez; un suave apretón a mis dedos, devolvió el saludo.

Con su amigo inseparable, el bastón, se paró de la silla mecedora y me guió al comedor para contarme el trascendental capítulo de su vida que afectaría todos los demás.

El 19 de febrero de 1997, cuando tenía 57 años, la vida de Darío cambió en forma dramática. Ese día transportaba un cargamento de matamalezas de la empresa Tecnoquímica entre las ciudades de Cali y Medellín. Dos hombres, en una camioneta, lo persiguieron para robarle el cargamento que tenía un alto valor. Él en un intento por evitar el hurto, lleno de coraje, aceleró el camión. De nada le sirvió. Fue acorralado y baleado, y uno de los proyectiles afectó su nervio óptico. Desde ese momento una sombra permanente reemplazó su visión. Los delincuentes lo arrojaron a la quebrada La Salada, dándolo por muerto.

La recuperación física y su adaptación a la nueva realidad, fueron lentas y difíciles. El amor de su esposa, el apoyo de la familia y su valor, fueron definitivos para superar la condición de víctima, objeto de pesar y conmiseración por parte de insensibles e ignorantes. Hoy, a pesar de su tragedia personal, es un vivo ejemplo de que los límites físicos están en la mente. Aunque no pudo volver a trabajar, su mayor sueño, transformado ya en tarea, es enseñar a personas invidentes a escribir con el sistema Braille. Gracias a la fundación Corpovision, aprendió el uso del Ábaco y este método de escritura que a su vez intentó enseñarme. De momento me resultó confuso aún observando lo que hace: cómo toma las tablillas y en medio de estas introduce cartulina, usa el punzón, y agujerea mi nombre como señal de gratitud por escucharlo y haberme interesado por su manuscrito. Enseguida saca las tablillas que aprisionan el papel y me pide que pase el dedo índice por la parte perforada de la cartulina. La verdad, no entendí los puntitos que acaricié con los dedos, pero por primera vez pude sentir las palabras, palparlas, no sólo verlas.

Covida, entidad social de rehabilitación apoyada en la familia y la comunidad, es una de las instituciones que sirve a la población con discapacidades, en este caso, neurológicas. La fundadora y directora es Gladys Amanda Ramírez. Su hijo de 18 años de edad, con parálisis cerebral congénita, fue el motivo para emprender esta misión. En la actualidad atiende a 68 pacientes en su mayoría niños, aunque aspira a que asistan más personas para brindarles mejoramiento físico, sicológico, de lenguaje, ocupacional y visual. Una de los recursos terapéuticos más interesantes es la equinoterapia (ejercicios con caballos amaestrados), pues libera a los niños de las tensiones y del estrés. Así mismo se realizan terapias de natación.

Hay muchos otros casos; como José Nilson Giraldo, 52 años de edad; hace 20 perdió la noción de los rostros y del municipio de Calarcá, donde reside, por una enfermedad llamada leucoma, que se ocasiona por altos niveles de azúcar en la sangre. No tiene ningún tipo de ayuda económica y no asiste a ninguna fundación porque su madre está a punto de morir y su hermana trabaja en una tienda donde a duras penas gana para la comida de los tres. A Nilson le tocó inventar y memorizar un itinerario de pasos contados entre las cambiantes viviendas y la cafetería del parque principal donde se toma un tinto en silencio, y alrededor de las seis de la tarde regresa a su casa. Apenas se resigna a su condición; es como si su invidencia le hubiera robado la vida y el trabajo de repartidor de periódico por la 25, la arteria comercial de Calarcá.

Un aspecto del problema es el marginamiento de la población con discapacidades por parte del estado. Se ignoran datos como el arrojado por el último censo de 2005: más del 7% de los colombianos tienen algún tipo de discapacidad. Hablamos de tres millones de individuos. Las ciudades no se adecuan a las necesidades de estas personas. Los bolardos, por ejemplo, en vez de prevenir, provocan accidentes; los semáforos no tienen sonidos de aviso para el invidente. A ellos les toca afrontar, solos, los peligros de las ciudades sin alma. Abordar un vehículo de transporte público en una silla de ruedas es imposible; los buses urbanos no están diseñados para ello. Pueden destacarse entre tantas carencias, hechos positivos como las rampas en los andenes para personas con problemas de movilidad.

En el caso del Quindío, un proyecto liderado por la fundación Abrazar en alianza con el SENA, habilitará personas con discapacidad, en panadería. El supermercado Cristal se unió a la creación de oportunidades laborales, contratando niños con discapacidad para desempeñar la labor de empacadores.

Si una persona con discapacidad pide ayuda, no lo invisibilice, préstesela. Desde ahí empieza su inserción como ciudadano con todos los derechos. ¿O tendremos que declarar la discapacidad colectiva para reconocernos como humanos justos y sensibles?

 EL GALLO - EFE GÓMEZ (FRANCISCO GÓMEZ ESCOBAR) *

El gallo de San Luis Gonzaga, en la cresta un clavel sangrante, rútilos los ojos, saliente el pecho, se pasea gallardo. Cada vez que asienta las patas parece que sonaran, como campanadas, los espolones asesinos. Con movimientos cortos, explosivos, mueve el cuello: a lo largo de él la luz corre, chorrea.

Cruza la gallina blanca de las ánimas benditas: una polla de primer postura.

Cacareo sonoro, piropo saleroso, olé galante.

La polla se detiene, emocionada, a picar un grano que se traga. El gallo gira en su redor, y el ala crujiente barre, raya el suelo. Corre la polla provocadora. La sigue a escape, la alcanza, la muerde del copete, la sujeta... La crispatura suprema.

La polla sale sacudiéndose. El gallo se planta y, altanero, bate las alas, se yergue y canta. Sigue su paseo, y al ir por debajo de la cuerda en donde han puesto a secar la ropa al sol, se agacha: le parece que no cabe, que va a tropezar en la cuerda la erguida cabeza altanera.

Gallo pa bien fullero –piensa el viejo Cosme Zúñiga- cuidao no cabes, maldito. Si del suelo a esa cuerda hay como dos varas y media, y tu tendrás como dos cuartas de la cresta al suelo…Pero eso sí, es que… ¡ah! Así era yo cuando muchacho. Recuerdo que una noche de luna llena en que salía de la casa de Marcela, al brincar de la puerta al patio me agaché, porque creí que me iba a topetar con la luna, que estaba al frente, en medio del cielo...

* Textos tomados de Segunda antología del cuento corto colombiano, de Guillermo Bustamante Z. y Harold Kremer

 EL AMIGUITO - NELSON OSORIO MARÍN *

Hernando pedía con insistencia a sus padres: "Quiero ser como todos los niños. Quiero salir, jugar. Quiero tener un amiguito".

-Si sales de la casa- le respondían ellos-, aprenderás muchas cosas malas.

-Pero yo quiero un amiguito para jugar con él

-Pues invéntatelo.

Y lo inventó. Lo llamó Carlos. Y jugaban todo el día. Hernando, a fuerza de ruegos, logró que sus padres acomodaran una cama para Carlos. Y que le compraran juguetes. Y que en la mesa del comedor siempre tuviera un plato. Y que hablaran con él.

"Pobrecito, habla solo", decía la gente.

Un día, Hernando enfermó. Carlos permaneció a su lado todo el tiempo. Y cuando murió, la gente manifestó que era mejor así, pues se estaba volviendo loco. "Figúrese que antes de expirar dijo: Carlos, te dejo mis carros, el balón, la cicla, mis dibujos".

Durante el velorio, tocaron la puerta. Era un niño.

Traigo una razón-dijo-: que Carlos no puede venir porque sus padres no lo dejan salir nunca.

Y tu, ¿quién eres?- preguntó el padre de Hernando.

-El amigo de Carlos. Vivo en la misma casa de él y me llamo Hernando.

* Textos tomados de Segunda antología del cuento corto colombiano, de Guillermo Bustamante Z. y Harold Kremer

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