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Poetintos
 OLGALUCÍA JORDÁN, FOTÓGRAFA DE ALMA ENTERA
SofíaPor: Hugo Hernán Aparicio Reyes (poetintos@gmail.com)

Sofía es la niña de la casa, la princesa pug de escasos centímetros de altura y 10 años de edad canina, que en el saber popular equivalen a 70 en la escala humana. Mediante un proceso inapelable de evaluación, observa a través de sus esferas oscuras los gestos del visitante, escucha las formalidades del saludo, y decide su propia actitud, en rango que va desde la indiferencia hasta impúdicas contorsiones de gozo. Es la soberana de este templo-galería que Olgalucía Jordán, referente en Colombia y otros países como fotógrafa profesional de élite, expositora, maestra, e ilustradora de 31 libros de alta gama editorial, ha consagrado al arte: su apartamento de la carrera séptima, pocas cuadras al norte de la Avenida Chile; quinto piso que amortigua el fragor de la arteria bogotana.

Egresada de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional, con extenso oficio pedagógico y administrativo en la Universidad Distrital de Bogotá, colaboradora habitual de, Revista Diners, Semana Colección, Credencial; de sellos como Norma, Villegas editores, Ediciones Gamma; con eventos de exhibición en varias ciudades de América y Europa; reseñada y entrevistada por críticos, comentaristas, e incontables medios de comunicación, Olgalucía Jordán alcanzó hace tiempo la integralidad artística y humana. Su catálogo editorial es multitemático: rostros humanos, arquitectura, arte y artistas, música, paisaje, naturaleza, gastronomía; captado y registrado todo ello, obedeciendo a intenciones esenciales, con rigor práctico y hallazgo estético.

La noche, húmeda, desde las ventanas, es big bang de luces de metrópoli en expansión. Dentro, el confort de hogar que proveen tapete, poltronas generosas; la profusión de lienzos, cartulinas, esculturas, con firmas que sobresalen en la plástica contemporánea nacional. Sin concesiones al muro desnudo, al nicho, a las superficies del mobiliario, a la usual intimidad de los cuartos de baño, de ropas, la cocina, el estudio biblioteca de su hijo, León, director de cine, actualmente en París; por doquier, cromos, volúmenes y formas que seducen e invaden. Feliz antítesis del auge minimalista. Un torso masculino, monotipia de Luis Caballero -presea obtenida por la sesión fotográfica en su estudio de la Ciudad Luz-, una escultura en tamaño natural de Sofía, confundible en la penumbra del vestíbulo con la modelo; dominando la sala, Maripaz Jaramillo; abstracciones metálicas de Negret... pinturas, grabados, Grau, Manzur, Hernández... más de 200 obras de artistas netos, cada uno con su propia asignación de anécdota o afecto, conforman la colección personal que desde luego no incluye el acervo fotográfico de la anfitriona, propietaria y curadora. Sofía

Tras la ronda de observación, un diálogo que ilumina. Nuestra presencia allí obedece al orden sincrónico. Horas antes, el inefable amigo, cómplice de andanzas, Óscar Zapata -autor de la novedad minicuéntica, Bajo la Caparazón de la Tortuga-, propone redestinar un domingo de tedio invernal para devorar con su automóvil los kilómetros que separan a Calarcá de la Feria del Libro. A media tarde, salvadas Cordillera Central y llanuras del Magdalena, deambulábamos por Corferias entre la enorme muestra editorial. Ignora Óscar que el viernes anterior, mientras recorría la exposición El Alma de las Flores, de Olgalucía, en la sala Roberto Henao Buriticá de la Gobernación del Quindío, en Armenia, reseñada con esmero por escritores y amigos en el respectivo catálogo, me lamentaba de la circunstancia inexcusable de no conocer en persona a la artista, emblema del talento humano calarqueño que desperdigado por el planeta, es orgullo e inspiración para quienes nos aferramos a la ventana pueblera.

Pues bien, henos aquí, en su refugio cosmopolita, complacidos con su conversación, cálida, matizando el relato vivencial, al ritmo de los atonales ronquidos de Sofía. Recién nos ha hecho llegar al vehículo donde esperábamos a Bibiana Bernal, editora de "Cuadernos Negros", huésped suya durante los días de feria, a quien pensábamos raptar para retornarla a Calarcasita, la invitación perentoria: ¡que por favor suban! A Zapata, amigo de siempre, y a este intruso, nos ha dispensado idéntica bienvenida, la misma disposición para el encuentro grato, en cuanto a mí corresponde, memorable. Cómo no aplazar por un rato -convertido en casi tres horas- el regreso, a pesar del explicable cansancio, disuelto pronto entre la charla y una tisana de cidrón.

La indagatoria a que es sometida por nuestra cauta curiosidad, depara sorpresas. Quien suponga, por ejemplo, que tan distinguida fotógrafa cuenta con un equipo de auxiliares y utileros, de un arsenal de cámaras de última generación, sofisticados equipos de luces, filtros, trípodes, y demás accesorios, sufrirá una decepción. Las imágenes impresas en sus libros y formatos de exposición, han sido tomadas y continuarán siéndolo, con luz natural, único e imprescindible insumo; con cámaras bastante comunes -herramientas básicas de labor-, al alcance de cualquiera. Así mismo, el revelado -cuando se requería- y el copiado de sus imágenes, son los mismos que ofrecen las empresas por todos conocidas. Es frecuente el desconcierto del personaje objetivo cuando Olgalucía se presenta con su elemental dotación; mayor aún cuando observa el resultado. En cierta ocasión, cuenta, coincidí en el mismo lugar, para trabajos similares, con un equipo como el descrito antes, con auxiliares, luces, trípodes, etc.; yo, en cambio, hice mis propias tomas valida de una cámara corriente. Pude comparar los dos productos y me reafirmé en la modalidad de trabajo que siempre hice mía.

El mensaje es rotundo: no es el instrumento, la herramienta, aquello que determina la diferencia entre tomas de diversa autoría. Poco tiene que ver la marca, características técnicas, o prestaciones del equipo, aunque algo podría atribuírsele a la experticia en su manipulación; sí en cambio juega, el esquivo equilibrio entre dominio de conceptos -perspectiva, profundidad, encuadre, balance cromático, etc.-, manejo de la luz, experiencia, y oficio; pero por sobre todo, el don sensitivo, la intuición del instante, del rasgo, del gesto, que sólo captan muy pocos, a través de concentración estricta. Son estos los ingredientes que concurren en lente, cerebro y obturador para producir una buena fotografía.

No le incomoda el posible menosprecio inicial. Aún más, versatilidad y sencillez en el recurso técnico y en el trato personal, han sido ventajas bien aprovechadas. A la advertida soberbia o intemperancia de una que otra celebridad, ha opuesto su particular forma de ser, de abordar y modelar al personaje, con excelentes resultados. El ejercicio profesional le deja relaciones edificantes, amistades, que al igual que sus cuadros de colección la rodean, la blindan. Con la cámara, convertida en las sesiones de trabajo en una extensión de sí misma, y su autenticidad, ha abierto estudios y espíritus; ha recorrido campos, ciudades, países, atrapando aquello que para el común de los mortales es inasible. Por esa razón no tiene queja de nadie. Su ánimo desprevenido sólo guarda aprecio y gratitud, sentimientos que declara sin reservas hacia varias personas: los Mendoza, familia de periodistas, en especial Consuelo, mentora y amiga entrañable, más una lista interminable de cercanías espirituales.

SofíaRestan las anécdotas con los artistas. Por obvias razones de afinidad con su formación académica, quehacer profesional y gusto por la expresión plástica, son objetivos preferentes. De ellos, en sus espacios de creación, durante extenuantes jornadas, ha obtenido bastante de lo más preciado de su propio trabajo. A la cita con Fernando Botero, aceptó asistir en compañía del periodista encargado de la entrevista. Acucioso como ella, el locuaz reportero acaparó al pintor y escultor, ya para entonces precedido de prestigio mundial, al punto de reducir a diez o quince minutos la sesión fotográfica. Desde luego, el resultado no fue satisfactorio para la autoexigencia de la fotógrafa. El maestro le prometió una oportunidad posterior que no se hizo efectiva debido a problemas de seguridad y sucesivos aplazamientos de su regreso al país.

En París, Luis Caballero, estricto y temperamental, estuvo a punto de cancelar el encuentro por un retraso de cinco minutos. Al final, terminó dedicándole, más tiempo del acordado, y una amistad que perduró hasta su muerte. Con el maestro Negret ocurrió una contingencia insólita: después de la prolongada sesión, durante la cual fue necesario el traslado de esculturas con la ayuda de auxiliares del taller, cambios de vestuario del artista y otras adaptaciones, nuestra admirada fotógrafa advirtió que el rollo de su cámara (antes de las cámaras digitales) estaba mal instalado. Sin inmutarse, le comunicó el infortunio al conspicuo anfitrión, quien no tuvo inconveniente en repetir el ritual. David Manzur le advirtió de entrada que sólo disponía de dos horas; terminó concediéndole cinco, hasta cuando la luz natural se agotó. De Alejandro Obregón, el bucanero mayor, conquistador vikingo que hizo de Cartagena taller y gozoso refugio, Olgalucía guardaba una imagen romántica. En algún texto de García Márquez, leyó, hace años, que todo el caribe entraba por la ventana de su estudio. En realidad halló, además del colorido y monumental desorden, más la pila de camisetas de recambio, no una, sino varias ventanas estrechas, demasiado altas, por las cuales no podía entrar el Caribe, tampoco la luz, por estar selladas, con travesaños apuntillados.

Una tregua momentánea en el sueño de Sofía, permite un hasta pronto efusivo. Pasajeros con destino a la entrañable Calarcá, favor abordar la alfombra voladora roja, motor 1.300, de Óscar.

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