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 LAS SISMOCONFIDENCIAS DE MARÍA

Por: Hugo Hernán Aparicio Reyes (poetintos@gmail.com)

Un tácito pacto de silencio sobre los hechos que aquí se narran, cumplen entre sí sus protagonistas. La inutilidad de comentarios adicionales y el respeto mutuo, explican tal reserva. Nada les preocupan las opiniones de terceros situadas entre los momentáneos asombros de unos, y el escepticismo que eventos semejantes despiertan en los demás. De mi amigo, Teófilo Vega, escuché hace ya unos seis o siete años el recuento escueto, con ocasión de un diálogo que evocaba la cercanía familiar disfrutada otrora. El caso desafía el racionalismo obtuso, limitante de nuestro espíritu. Le pedí al amigo una confirmación verbal, de buen grado cumplida en días recientes, mientras atendía su labor como coordinador académico en un establecimiento educativo de Armenia. El asunto cobra oportunidad por la conmemoración del décimo aniversario de la tragedia que marcó un brusco viraje en la historia del departamento del Quindío, y con la cual se relaciona en forma directa.

Actores y escenario: Teófilo y su esposa Luz Marina, tolimenses, ibaguereños, docentes oficiales al servicio del municipio de Armenia durante más de dos décadas; licenciados en Ciencias de la Educación y padres abnegados de dos hijas, por entonces de siete y diez años de edad, estudiantes del Colegio San José. Él, Teo, propietario también de un almacén de ropa casual ubicado en plena carrera 14, arteria comercial de la capital quindiana. El grupo familiar ocupaba una vivienda del conjunto "Mirador del Bosque", extremo sur de la zona de "Corbones", adquirida mediante crédito institucional; cuarto nivel de uno de los bloques de apartamentos, construidos con mampostería prefabricada. Desde los pisos altos de la unidad residencial, erigida sobre una notoria elevación del centro-occidente, se oteaba el bullicioso centro urbano y buena porción quindiana de la cordillera. La relación de cada cónyuge con sus familias ascendientes, establecidas en Ibagué, se ha conservado siempre estrecha, sin que el azaroso paso vial de La Línea represente obstáculo mayor para continuas visitas de parte y parte. Olga Lucía Sánchez, una de las hermanas de Luz Marina, integrante seglar de un grupo católico de oración y residente también en la capital del Tolima, completa el reducido grupo.

Los sucesos: a fines de noviembre del año 1998, Olga Lucía, quien visitaba Armenia con alguna frecuencia para reunirse con partícipes locales de su compromiso religioso, de manera sorpresiva, pues no tenía por costumbre hacerlo, llegó a la vivienda de su hermana en esta ciudad. Una sigilosa conversación tuvo lugar entre ellas. Al término de esta, Luz Marina enteró a su marido de los pormenores; en particular, el anuncio de una inminente tragedia que afectaría a la capital del Quindío y su amplia zona anexa. Sin mayor detalle, la predicción, según ella sustentada en revelaciones de la Virgen María a través de una niña, ya conocida en la región como supuesta interlocutora de la madre de Jesús y curiosamente habitante del barrio "La Milagrosa", no despertó igual inquietud en el varón de la casa que en su esposa, más sensible a la gravedad de la advertencia. No obstante, ambos esperaron con expectativa nuevos detalles prometidos para los días siguientes.

Un par de semanas después, Olga Lucía apareció de nuevo solicitando en préstamo la grabadora de sonido que requería para una sesión con la infantil emisaria de María. En la noche, al regreso de su jornada comercial pre-navideña, Teófilo (amigo de dios, según la etimología de su nombre) halló dos motivos de sorpresa en el hogar: sendas cruces dibujadas sobre los dinteles de todas las puertas, y a su cuñada, absorta, frente a la grabadora, en actitud de transcribir al papel el dictado que una voz, por completo incomprensible para los demás oyentes, parecía dictarle. En cuatro afirmaciones insistió al finalizar su tarea: el anunciado hecho trágico sería un terremoto –término textual empleado por ella- de gran intensidad; el evento ocurriría en muy corto plazo; las cruces sobre las puertas protegerían la integridad de la vivienda; y, lo más importante, las niñas no sufrirían, no sentirían (de acuerdo con el relator fue la palabra exacta) el sismo.

Las celebraciones de fin de año, el normal atafago de la temporada en el local comercial, las posteriores vacaciones, disiparon, tanto la memoria como los temores. La pareja y sus hijas, como era costumbre, destinaron varios días para visitar sus familias en Ibagué. Hicieron compras para el regreso al colegio; entre estas, las telas para los uniformes que no alcanzaron a estar listos para el día del obligado regreso a Armenia de los padres docentes. Por tal razón; también por sugerencia de una de las abuelas quien argumentó que el Colegio San José aún no iniciaba clases, las niñas no viajaron con Teófilo y Luz Marina el sábado 23. Ellos en cambio debían presentarse en sus planteles la semana siguiente.


La violencia del primer sacudón lanzó televisor, nevera y varios objetos, al piso. Cerca de la una y media de la tarde del lunes 25 de enero. La reacción instantánea del pintor que enlucía el apartamento fue bajar las gradas en un santiamén, arriesgando desplomarse con estas. La pareja prefirió permanecer dentro en los interminables segundos que duraron, el sismo y el estruendo de la destrucción. Cuando la tierra cesó de rugir y brincar como bestia furiosa, aturdidos aún, asomados a puertas y ventanas, pudieron hacerse una idea preliminar de la desgracia circundante. Los bloques del "Mirador del Bosque" se mantuvieron en pie aunque en forma precaria. Las placas de los pisos se desplazaron respecto al resto de la estructura, dando la impresión de un colapso inminente. Por fortuna, ninguna muerte o lesión grave dentro del conjunto, a diferencia de la vecindad y de amplias zonas de la ciudad, visibles desde allí. En opinión de los ingenieros comisionados para evaluar los daños estructurales en el sector, a pesar de ser necesario evacuarlos y demolerlos, resultaba inexplicable, dada la ubicación de los edificios -justo sobre la falla sobre la cual se sufrió con mayor rigor el movimiento y en un barranco de no confiable estabilidad-, el sólido comportamiento de los mismos.

Durante las horas y los días siguientes fueron inútiles las tentativas de la pareja para desplazarse a Ibagué. A cada intento de emprender el ascenso en su automóvil, encontraban obstáculos insalvables y la prohibición de la autoridad vial. No obstante, Olga Lucía, quien al momento del terremoto se encontraba en esa ciudad, hizo su aparición con provisiones y otras ayudas, en medio del caos urbano que sucedió.


- ¿Y usted cómo hizo para cruzar por la Línea?, indagó Teófilo.

- No pregunte tanto, cuñado.


La certeza de haber vivido un episodio insólito permanece latente en sus memorias. Varios interrogantes continúan sin respuestas después de diez años. Quizás nunca se obtengan, por lo menos al nivel de la comprensión común. Omití cualquier detalle que no correspondiera a hechos relevantes, validables, a riesgo de sacrificar suspenso y otros recursos narrativos.

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