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 TRAS LAS HUELLAS DEL POETA (Segunda parte)

Hugo Hernán Aparicio ReyesPor: Hugo Hernán Aparicio Reyes (poetintos@gmail.com)

Él no pertenece al campo de acción de los asuntos de sus amigos, de la gente con quien a diario comparte. Su corazón está lejos, distante a nivel interior, de los intereses que mueven a toda esa gente…

No entiende los afanes de esa gente que desperdicia el día y desperdicia el paisaje, muriéndose segundo tras segundo y ajenos a la presencia de la vida ahí, en el paisaje…

Por las colinas de Aguacatal un algo desapacible tiende sombras sobre el ánimo del poeta; oscuridades que envuelven también a sus lectores: toma distancia respecto del mundo, por gracia o infortunio asignado a los demás; confiesa estar en cuerpo desprovisto de alma entre sus amigos; desecha sin fórmula de juicio visiones existenciales diferentes a la suya; renuncia a aceptar o ser aceptado en la diversidad de percepción y pensamiento. Todo ello opuesto a la amplitud de su espíritu que tanto y a tantos acoge. Se excluye Senegal de la inexorable convivencia impuesta a la persona, olvidando que no todos podríamos ser premiados con dotes u oportunidades dadas a unos, restringidas a otros, negadas a las mayorías; que las vías de búsqueda interior son, también por fuerza, individuales. Es comprensible, no obstante, su congoja, al verificar la común ceguera de sus contemporáneos frente a la esencia de la especie humana.

¿Qué diálogo podría entablar, verbigracia, meditabundo caminante, con rentistas de capital, con políticos de oficio, cuál con pastores religiosos prevalidos del miedo ignorante al más allá, con sabios blindados de dogmas, cuál, en fin, con la arrogancia de aspirantes a best sellers?

El deslinde con el medio social es inevitable. Absorto en su interior, en maravillas a cada paso percibidas, alientos de su pasmo, es mínimo aquello que del mundo masa y sus exudaciones, puede aprehender el pensamiento del poeta. Cientificismo, tecnología, publicidad, idolatría hacia el consumo, son, en su abstracción, cuando no motivos de repulsa, prescindibles enigmas. Angustias, anodinos afanes del aborigen urbano, le son extraños. Ciegos al mundo abierto tras muros de cemento y apatía, rendidos a la insatisfacción, a prioridades de supervivencia material o acumulación de haberes, extraviados en parámetros de tiempo-distancia, arrancados de su presente por nostalgias y atavismos, por las incertidumbres del futuro, el poeta observa con desazón a millones de humanos autocondenados a muerte en vida.

Pasatiempos, frivolidades, televisión, radio, deporte espectáculo, instrumentos de dominio de multitudes, son gratas ausencias en el ámbito de Senegal; su espíritu, siempre sediento, abreva en fuentes antípodas, sin excluir recursos hoy día irrenunciables: Internet -¡es dios! según su exacta definición-, o el teléfono móvil, ambos adoptados en su austeridad hace apenas meses.

El poeta prefiere los caminos y el silencio de las montañas, la música por las montañas, antes que la verbalización, el infatigable palabrerío de la gente. ¿Tiene acaso algún tipo de culpabilidad, porque prefiere escuchar los ríos antes que los discursos de los hombres?

Los ojos, la emoción del merodeador, se posan en la flor, en el árbol; van de la montaña a la nube, del vuelo del ave al guadual en arrullo, con renovado estupor. Oído, olfato, piel, alertas al goce sensitivo elemental, a la vibración planetaria, ofician también con él en otras escenas y ritos paganos: mirar, oler, palpar, en éxtasis, antes de consumirlos, arepas doradas en la hornilla callejera, vaporosos tamales del mercado popular, un modesto menú de restaurante; abordar con Leidy, leal compañera, y su infaltable morral de libros y manuscritos, herencia de Alejandría, una Chiva rumbo a la niebla; medir al paso, con táctica indiferencia, desde la banca de cualquier parque, rivalizando con páginas y libros, apetecibles volúmenes femeninos.

Allí, al interior del poeta, en tránsito por amados caminos veredales, íntimo sosiego; silencio. Afuera, canto de agua surtida, trinos, rumor del viento entre el follaje, un ladrido lejano. Silencio. Relámpagos desde el occidente profundo, temporal en el trasmontano Mar Pacífico, chicharras, pregón de noche. Silencio.

Así, hermano Francisco del sigilo, ¿podría transigir su oído con la agresión del altavoz, degradante invasor de mentes y espacios? ¿con la televisión, sus noticias sangre-sexo-gol o telenovelas miserables?, ¿con el ruido del tráfico automotor? ¿qué argüir en conversaciones incidentales entre las trivialidades de tantos hablantes, nulos escuchas?

Tantas manos para transformar el mundo y tan pocas miradas para contemplarlo, dice Julien Gracq.

En ese momento, el mundo y el universo están aquí, en un lugar llamado Bohemia. Brota de las cosas que observamos, un nuevo sentimiento que nos hace partícipes del mundo. Dejamos de ser simples observadores. Eso le ocurre al poeta... Siempre habita allí el milagro...

¿Omitió Gracq que las copiosas miradas, la insistente contemplación del mundo, podrían quizás precipitar su transformación? Bohemia, sur occidente del Alto de la Taza. Desde la cumbre de la colina se domina el sur de Armenia, puente colgante de Don Nicolás, sobre el Río Quindío, falda arriba. La ciudad, tarde en agonía, es naciente franja de luces. A espaldas, la cordillera de solemne oscuro.

¿Cuántos pares de ojos han registrado el milagro de estos horizontes? ¿ hacia qué mentes? ¿Cuáles de ellas se han estremecido con el peso de sus certezas, poeta? Dejar de ser lerdos espectadores del paisaje para introducirnos en él, para poner en él nuestra alma, para ser con y en ella agua del río, con ellos y en ellos vuelo, susurro, guadual, luz moribunda, universo.

*********

Nada apetece como refrigerio en la oferta de la terminal aérea. La opción es el kiosco que atiende los campos deportivos, detrás del estacionamiento, vía a La Tebaida. Dudosa pulcritud a precios razonables.

Podría ser grato observar, al amparo de la sombrilla de zinc, los afanes de los muchachos, de veteranos excedidos de kilos y calendarios tras el balón, engaño redondo, indócil, objeto de culto para fanáticos alrededor del planeta. A distancia parecen ejecutar una danza, en que fuerza, destreza, picardía, obran con sincrónica pericia. Gritos furibundos acompañan fintas, amagues; reprochan u ovacionan. Un televisor enorme, en insoportable volumen, obliga a la fuga. Canchas, resisteros policromos rodeados de mujeres y niños, forzosos espectadores de padres o compañeros. Participantes del siguiente encuentro se disfrazan de futbolistas profesionales. Vigorosas inspiraciones, flexiones de cabeza, brazos, torso, a tiempo del regreso hacia la inventada sala de lectura.

*********

...han talado los árboles y convertido la fértil tierra en monótonos potreros.

Cuanto más se cierran en sus aparentes salvavidas, menos vivos están.

La vida les pasa por el frente de sus sentidos, toca a ellos con la intensidad de los aromas o de los colores, con la fuerza de las formas de las frutas, con la cadencia de múltiples, infinitos sonidos y estas personas no se dan cuenta qué es la vida, su vida, la única vida que tienen...

La dura diatriba contra la ceguera de los profanos y la insensibilidad de los moradores del mundo, entendible como implícita misantropía, se agudiza en Gato Negro. No calla nuestro vate ante estas certezas; sacude ánimos, llama a la conciencia de la vida y de su estrecha finitud.

Insólito en sus textos, ajenos siempre a controversias mundanas, increpa a propietarios prediales responsables del desmedro forestal –potrerización es el término coloquial-, a los tarjetahabientes de la usura bancaria, a negociantes anhelosos de lucro, de espaldas todos al valor de la existencia. El látigo del nazareno blandido sobre los mercaderes invasores del templo.

El poeta se bañó en un pequeño riachuelo. Una quebrada de aguas limpias y piedras blancas. Se bañó desnudo gracias a lo recóndito del lugar, rodeado de yarumos. Se puede encontrar a Dios, a realizar lo trascendente mediante la presencia del árbol: estos yarumos. Viendo al árbol, puedes verlo a Él. Lo absoluto está ahí a tu lado…

...entonces Dios se te manifestará en el árbol, en las aves, en el río, en el agua helada, en las libélulas que tocan leves el agua del arroyo.

Desnudas la humanidad del poeta y su alma radiante, expuestas al agua gélida que desciende de las montañas, al sol matinal, a la vegetación, al viento que la mece, la comunión del mortal con su dios integridad se consuma. La Cristalina es el teatro espacial del instante.

Recuerda, alma, que si la poesía tiene algún sentido, este radica en que fue creada para señalarte y recordarte siempre tu divinidad. No la busques en las religiones. Encuéntrala en ti mismo, ahora, mientras caminas al lado de los guayacanes florecidos.

Poeta, su grito de vida emitido entre el estrépito de la quebrada La Sonadora, hendidura abierta en el costado de Peñas Blancas, tendrá eco. Su invocación al sentido último de la poesía, a la relación de esta con la divinidad inherente al ser, perdurará en sus lectores.

Nota: Los textos en bastardilla corresponden al artículo Las veredas y el poeta de Umberto Senegal, del libro "Calarcá para leer".

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