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 TRAS LAS HUELLAS DEL POETA (Primera parte)

Hugo Hernán Aparicio ReyesPor: Hugo Hernán Aparicio Reyes (poetintos@gmail.com)

más poesía = menos policía

más libros, más libres

Grafittis urbanos (Ibagué)

Nada está escondido. Nada es esotérico. Los secretos de la vida, de la existencia y del mundo, la poesía del paisaje, el alma de la naturaleza, están siempre expuestos a los sentidos del ser humano, a la imaginación y a su intuición.
Umberto Senegal (Las veredas y el poeta)

- ¿Usted va a viajar?
- No, señor.
- ¿Llegó en algún vuelo?
- No, señor. ¿Por qué?
- ¿Espera a alguien?
- A nadie.
- Permítame una requisa.

Imposible negarse al humillante cacheo. El libro Calarcá para leer de la mano a la silla, brazos en alto, de espaldas al uniformado. ¿Qué esperaba encontrar entre los jeans y la camiseta ceñidos al cuerpo, además del normal surtido de los bolsillos? La hostilidad sucedió al desconcierto. Dónde vive el señor, a qué se dedica, exhibir documentos, verificación de antecedentes vía radio. Por suerte, lunes festivo, inicio de tarde, era mínima la presencia de público.

- Agente, ¿qué ocurre conmigo?

Mueca de hiena.

- Hace rato, desde su ingreso, lo estoy vigilando. Ha dado varias vueltas dentro y fuera. ¿Qué mira tanto?, ¿qué busca?

Ocasión del sospechoso para sonreír con sorna; a su turno, interrogar.

- Usted mira porque miro; ahora nos miramos (¡Alerta! tercera persona del singular, presente simple del verbo mirar, es polémica en Calarcá). ¿Está prohibido acaso transitar en lugares públicos, espacios abiertos, mirar cuanto nos plazca si no hay restricciones? Me interesa la arquitectura; ¿le parece extraño?

Podría haber añadido una inútil disquisición sobre siniestros antecedentes de estados policiales; prejuzgan culpables, cuando menos sospechosos, a quienes no pueden demostrar lo contrario.

- ¿Es profesor de eso? ¿de eso es el libro?
- Profesor, no; ni de eso ni de nada. Observo las edificaciones, intento comprenderlas; si es posible, disfrutarlas. Es todo. Los arquitectos las diseñan pensando en la utilidad que deben prestar y en el agrado que pueden despertar. El libro se refiere a otro tema, a Calarcá. La carátula está a la vista.

Vencido a medias el recelo, leve asentimiento y de nuevo a su ronda sin esperar explicación mayor. Poco le habría interesado.

El Aeropuerto El Edén (nombre que refuerza la falaz imagen del Quindío, pedacito de cielo) erigido tras el terremoto del año 1999, no ofrece novedad destacable luego de la reciente ampliación de su pista, terminal de pasajeros, torre de control, para tráfico internacional. Ingrata sorpresa, el, además de oneroso, obligante servicio de parqueadero de vehículos, hasta hace poco tiempo gratuito. Aparte de la cubierta ondeada y su soporte, sólo visibles desde el interior, al juego del viento intercordillerano, la edificación central, estricta, sólida sin duda, poco dispensa al usuario: precaria integración con el entorno, simplismo cicatero; trípode vitrubiano que cojea. El área de circulación y espera, pasillo longitudinal con accesos frontales, culmina en una plazoleta interior, donde dos o tres negocios, improvisados como sus anuncios manuscritos de almuerzos, rivalizan en soledad. Tándems de sillas en deterioro, alineados como en un templo, mirando hacia muros escuetos, son la dotación de dos salas de estar. Típica obra diseñada en oficinas capitalinas para regiones marginales.

Incidente policial y pesquisa arquitectónica atrás, el propósito para la tarde de sosiego era leer, Las veredas y el poeta, texto de Umberto Senegal incluido en el libro de marras. Una ligera prelectura, además de elogios de amistades comunes, prometían grato encuentro con sus meditaciones, aporte suyo al producto editorial que reúne textos de cuarenta autores vinculados a Calarcá. En relativo acomodo y atento sigilo, se llega a sus dominios...

Cada momento me sorprendo de continuar todavía aquí, en este mundo, entre tanta vida y tanta muerte, visible aún junto a cuanto se desvanece: aparentemente estable entre lo impermanente.

Talante, lenguaje de ascético esteta; Senegal inicia su peregrinaje por las veredas del municipio natal, en confeso desconcierto frente a la propia existencia, a su percepción íntima y del exterior, a la frágil temporalidad de seres u objetos. Entre infinitas maravillas, predica el poeta, la trayectoria parabólica del vacío hacia el vacío, de la transparencia o la oscuridad hacia ellas mismas, retiene un instante de luz, un hálito esencial: el fugaz milagro vida–muerte. Fórmulas existenciales, poéticas, del remoto -en tiempo, distancia y pensamiento- oriente, ahondan en su comprensión. Los místicos españoles del siglo XVI y XVII, la herencia, tanto espiritual como literaria de grandes yoghis o guías espirituales hindúes, taoísmo, zen, sufismo, tantra, milenarios depósitos de sabiduría, intuición y conciencia trascendentes, tempranos hallazgos del caminante, se expresan en su discurso. Habla el explorador de profundidades:

Cada amanecer, verifico: ¿De modo que todavía estoy aquí?

Se solaza en la certeza de hallarse aún en el universo de lo palpable; hecho gratuito, involitivo; leve permanencia para nada o nadie indispensable, aunque entraña unión con el todo que lo envuelve:

Es posible que algo o alguien me ame desde algún lugar del universo y la existencia... Nada me impedirá recibir el divino regalo y disfrutarlo con todas sus implicaciones.

Todo lo del camino
que en el camino encuentro,
¡es el camino!

Ávidos lectores de postales nostálgicas que otros porfiamos en colorear, de versos preservados en naftalina, rabiarán al descubrir que la alusión a topónimos veredales es apenas referencial. Poco, casi nada, describe o narra el artífice de ficciones; nada sonetiza en alejandrinos; apenas si concede un haikú epilogal a cada paraje; nada en absoluto rememora –acto ajeno a su interés- en este escrito, cuerpo de sorpresivas aristas entre el menú del libro. Un salto desde Monteloro y prosigue Senegal a paso errante por los declives de Santodomingo Alto, hogar de inmigrantes venidos del oriente Cundinamarqués durante las primeras décadas del siglo XX.

Aparte de su forma introspectiva, de la mística poética que vierten, cierto entrevelo se percibe en estos párrafos. No obstante el trato cercano con el escritor, tasado como fortuna personal, y lecturas no exhaustivas, acríticas, de sus obras publicadas, la voz que en esta ocasión pronuncia, difiere de cuanto se le conoce. Realiza aquí un cruce de cuentas, de tono testamental, entre su ser sensible, sus congéneres, y la multidimensión exterior. Tiempo y universo, instante e infinitud condensados aquí, ahora.

Sólo tienes instantes, momentos que no puedes postergar y que no debías cambiar por la vana memoria del pasado o la inútil pretensión del futuro.

Vida, percepción, cognición, lenguaje, silencio; ingredientes del alma en armonía. Un sereno, contemplativo poeta, interroga al libretista de la existencia:

Ese cósmico escritor de dramas y de comedias, de farsas y sainetes, ¿se repite o es siempre nuevo? ¿Sufre con el sufrimiento y las tragedias de sus personajes? ¿Puede amar a sus personajes?

Al paso por La Paloma acaricia la idea de dios; no aquel desdibujado por doctrinas religiosas particulares, antropomórfico, icono ritual, vengador justiciero ávido de sangre. El invocado por Senegal en estos parajes rurales, es presencia mística absoluta, universal; dios totalidad, dios de dioses. Lo encuentra en la flor diminuta, en la hormiga que asciende por su tallo, en el zumbar del insecto, absorbidos por dios, absorbentes de dios mismo. Lo descubre en el inevitable choque con el vacío, con la nada, que en la mente humana crea ciencia y conciencia. Para enfrentar la nada, sirve más una manifestación mínima de dios, una palabra, un poema, que cualquier doctrina filosófica.

Del choque entre Dios y el vacío, nacen la poesía, la filosofía, la música, las matemáticas y la religión.

Chagualá húmeda, recién bendecida por la lluvia, las plantas aún goteantes, suscitan en el poeta reflexiones acerca de su oficio. A su sentir, identifica yerros recurrentes en aquellos que, como él, pugnan por elevar el espíritu a planos superiores de conciencia: el primero, creer su poesía; el segundo, escribirla; el tercero y más grave, intentar convencer a alguien de esta.

Sin embargo, cuando el poeta encuentra a una sola persona que lo escuche, que crea su poema, que desde algún verso también él descubra la presencia milagrosa del mundo que lo rodea, entonces los errores se transforman en verdades.

Nada, ni la elusiva poesía, escapa a las paradojas. Un único receptor creyente del mensaje, torna útil el desvelo de quien, desde los abismos del ser, lo emite. Más de un lector querría exclamar: ¡le copio, poeta, aquí está el escucha sensible al palpitar cósmico, el ojo atento que como usted escruta y descubre, el alma en exultante asombro; yo creo! ¡somos la verdad; siga, siga!

Pero a pocos les es concedido su hallazgo. El filtro a través del cual se difunde el éter poético es riguroso. Muchos, presas de confusa candidez, desean descubrirlo en espejismos de ingenioso fraseo, en el dejo musical del verso métrico; en la miel o la piel del amante, en la bruma de los tristes; malabarismos, pirotecnias palabreras. Otros, creen hacerlo suyo al canto de falsas musas, sobre panoramas magníficos, lejanos, en crepúsculos llameantes o negras tormentas. Mas él, esquivo, volátil, sonríe con desdén desde alturas mayores. ¡Si comprendiéramos la sinceridad del llamado, el llano acceso al alma de la poesía! Si intuyéramos con usted, Umberto, que todo está al alcance de la mano, que la fuente de la armonía fluye en silencio, próxima a todos...

Pronunciar el nombre de una fruta, de un árbol, de alguna quebrada que fluye silenciosa por entre los matorrales, es encontrar la poesía.
Un auténtico poeta jamás es superior a su poesía.
Nada hay más allá de la vida.

¿El poeta, ese pequeño dios que Vallejo encontrara en él, soberbio poseedor de claves, iniciado y oficiante del ritual creativo, tendrá que ser, por fuerza, inferior a su poesía y esta, a su vez, subordinada a la vida? ¿Vida, poesía, unidad en la percepción del poeta? Hondo calan sus reflexiones. Llaman, vaya a saberse con qué eficacia, a la alegre humildad.

Cantidad de personas parecen estar hechas a prueba de vida. Los fabrica por millares el estado o la religión.

Herméticamente construidos a prueba de vida y de paisaje. Nada tiene más pródigo Calarcá que sus paisajes, su entorno próximo o lejano.

- Me excusa por la requisa y las preguntas. Cumplo con mi obligación. Con esto de los vuelos a Estados Unidos... Nos exigen más seguridad.
- Entiendo. Aunque para nadie es agradable dar motivo de sospecha, de requisas e interrogatorios...

El policía ensayó un tono entre franco y amistoso. Se plantó ahí, hilera de sillas por medio; durante instantes bifurcó su atención entre instrucciones radiadas y la conversación que forzaba.

- Entonces, leyendo sobre la historia de Calarcá...
- Bueno, nó. Más bien poesía de un escritor calarqueño.
- ¿Vivo o difunto?, ¿cómo se llama? Trabajé allá hace un tiempo. De pronto lo conozco.
- Senegal, Umberto Senegal, el profesor.
- Senegal... como de África, ¿cierto?.. un país. Como que allá juegan fútbol.
- Si, creo. No sé lo del fútbol.

Debió intuir la molestia; el fastidio que despierta la autoridad excedida. En Colombia, ser sospechoso de algo da cierto estatus. Pero serlo de pertenecer a Al-Qaeda, de estrellar aviones por orden de Bin Laden, es, francamente, demencial.

Parecía blindado contra la hostilidad; intentó sin éxito impostar simpatía. Lo auxilió un llamado de algún superior. Media vuelta, adiós.

Limón swinglyaLa vida no llega hasta esos millares de personas que tienen prisa y ambiciones... Han creado barreras para que la vida no los moleste. Parece peligrosa e incontrolable.

Seguridad... la manida palabreja recordaba algo. Sí, claro, lo observado a lo largo de la inusual ruta tomada para llegar a El Edén: El Caimo, sede campestre del Colegio San Luís Rey, abajo. Quien elija esa opción alterna buscando un paisaje diferente al habitual, lo halla; aunque en los mínimos resquicios que permite la absurda profusión de cercos vivos. Setos de swinglya y otras especies de arbustos, de altura ominosa, flanquean este, como casi la totalidad de senderos, de vías de la región, privando al transeúnte del goce del panorama, transformando las vías en laberintos ciegos. Seguridad, privacidad, son justificaciones de los propietarios rurales para birlarle a sus semejantes este alimento espiritual, valioso patrimonio común ya perdido.

Nota: Los textos en bastardilla corresponden al artículo Las veredas y el poeta de Umberto Senegal, del libro "Calarcá para leer".

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