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 ANOTACIONES DE LA POLILLA

UNO

EL UNIVERSO está tejido de necesidad y de libertad. Está tejido de rigor matemático y de juegos musicales, tejido por insólitas geometrías y delicada poesía. El universo, el mundo diario en que te mueves, ese que en este instante respira a tu lado, se encuentra tejido de milagros tangibles en los multicolores ropajes de la flor y la mariposa, de los millares de insectos que vuelan a tu lado, en el tejido infinito de las ecuaciones y las caricias, en el tejido de las estrellas y los átomos. El universo está tejido de amor aunque pases a través de él y no lo veas. La ciudad no te deja ver el universo. Los hombres de la ciudad no te dejan ver al hombre. “Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera “Dios”, afirmó un iluminado.

Y Dios se hizo mundo, para que el hombre lo sienta cercano, próximo en sus formas, en lo primigenio de la materia y lo inabarcable de la energía. Pero, en la ciudad, Dios se te puede perder tan fácil. Se puede desvanecer de tu estado de júbilo por culpa de tus pensamientos y de tu mente, de tu pérdida del presente como en esa breve historia del hombre que se citó con una mujer de la cual se había enamorado. En plena cena, bajo la luz de las velas y acompañados por la música, el enamorado le preguntó a su acompañante: “¿Cuándo volveré a verte?” Un hermoso momento perdido por una idea inoportuna, por la ansiedad del futuro.

DOS

El hermoso tejido del mundo y de la existencia, del cual eres una puntada, sólo puede verse y sentirse cuando hayas aprendido el arte del silencio. La ciudad, antes que el monasterio o la ermita, es el lugar privilegiado, entre el ruido, para alcanzar ese silencio. Mediante el silencio desarrollas la cualidad de la presencia, tu capacidad de estar aquí y ahora. Ese silencio, fruto de ciudad, silencio de palabras y de gestos, de pensamientos y ambiciones, silencio de desapegos, requiere de una relajación profunda que, a su vez, exige dejar de lado todas las preocupaciones, sean del carácter que fueren. La mayoría estamos preocupados por nuestros deseos y temores, por nuestras insatisfacciones, por nuestros prejuicios y dogmas. Este ruido es peor que cualquier ruido de la ciudad. Es este ruido el que impide disfrutar del momento presente y entonces te pierdes la magia de lo cotidiano. La ciudad se convierte en templo. Toda calle y toda avenida es un oratorio. Todo transeúnte es un sacerdote sin saberlo, y tú asistes a los ceremoniales del día y de la vida sin afiliarte a culto alguno. El único dogma es el anonimato de quienes pasan a tu lado. Dicha magia no es nada esotérico. No necesitas dioses ni demonios para acceder a esa magia de lo cotidiano y citadino, para practicarla en todo momento de tu vida. ¡Lo que te resta de vida! ¿Eres capaz de ver la parte de vida que ya perdiste? Dicha magia es una apertura repentina, atemporal, de la mente a lo maravilloso de la existencia. Dicha magia es la sensación y la certeza de que la vida contiene mucho más de cuanto eres capaz de reconocer habitualmente. Total certeza, ahí donde estás parado, de que no tienes que confinarte en la limitada visión del mundo y de la vida que te imponen tu familia, tu sociedad, los límites de tu ciudad, tu educación, tu religión, tu moral y tu filosofía. La vida tiene muchas dimensiones, muchas profundidades, muchas texturas y significados extendiéndose más allá del reducido ámbito de tus creencias y tus conceptos.

TRES

PARA COMPRENDER, mejor aún, para sentir qué significa ese sacro silencio, esa mágica joya que cargas contigo a toda hora y se manifiesta en los ritmos de tu respiración, me agrada recordar la historia que dentro del budismo Zen conocen como Lluvia de flores. El poético relato dice: “Subhuti era discípulo de Buda. Podía comprender el poder de la vacuidad, el punto de vista de que nada existe, excepto en su relación entre lo subjetivo y lo objetivo. Un día Subhuti estaba sentado bajo un árbol, en un estado de ánimo de sublime vacuidad. Empezaron a caer flores a su alrededor. Estamos alabándote por tu discurso sobre la vacuidad”, le susurraron los dioses. “Pero no he hablado de la vacuidad”, dijo Subhuti. “Tú no has hablado de la vacuidad, nosotros no hemos oído de la vacuidad”, contestaron los dioses, “esa es la verdadera vacuidad”. Y las flores cayeron sobre Subhuti como lluvia.

CUATRO

NO TIENE puertas el Zen. Me sirve para entrar o salir porque ahora no vengo de ningún lugar ni voy para ningún sitio. Para recoger esta flor que cayó de su rama, no necesito abrir puertas, ni construirlas, ni derrumbarlas. Basta con tocar, asombrado y sencillo, sin ninguna filosofía, sin creencias, en la puerta de la flor que es la auténtica puerta del Zen, y seguir adelante. El paisaje no te negará hospitalidad. Si encuentras un río, báñate. Dios, el mundo y la existencia serán accesibles para ti en la flor. Sólo es posible descubrir la vida en el estado de vacío, cuando el corazón y los ojos no estén obstruidos por toda clase de apegos materiales o espirituales. Recuerdo que, en cierta ocasión, el Maestro Zen Yuen Mun utilizó la expresión: “Cada día es un buen día”, para describir el estado de iluminación. “Cada día es un buen día” no significa que ganemos la lotería, ni que todas las personas nos sonrían, ni que el clima se ajuste a nuestras exigencias emocionales. Se refiere al estado de dicha en el que uno puede aceptar la realidad cotidiana de forma total e incondicional. Todo cuanto existe en la naturaleza sin puertas, sirve para entrar o para salir. En el libro Las enseñanzas Zen de Jesús, escrito por Kenneth S. Leong (El lago Ediciones, España, 2003), en el capítulo 6 sobre El universo especular, leemos: “La iluminación no es una hazaña; es sólo ver la realidad tal como es. En realidad, el nirvana es simplemente lo que es. Lo vemos toda la vida y, sin embargo, sólo unos pocos lo alcanzan. La vida es, al mismo tiempo, lamentable y hermosa”. Camina por la ciudad siendo tu propia llave y verás cómo las puertas son horizontes. No hay muros. No hay mentira y no hay verdad. En todo rincón descubrirás el poema porque habrás descubierto al poeta dentro y fuera de ti. No tiene puertas el Zen. No tiene puertas la ciudad aunque esos millares de apartamentos cerrados te digan lo contrario. Esos millones de bocas cerradas o bostezantes te dicen lo contrario. Los muros en que te mueves, te dicen lo contrario.

CINCO

Mientras regreso a la nada, disfruto del agua que bebo, del pan que mastico y de la mujer que beso. Si me acompañan o no, estos recuerdos cuando me vaya, carece de importancia. Si queda algún recuerdo mío por algunos años, carece de importancia en este momento. Lo único real es la lluvia que está cayendo y que contemplo y amo en este momento.

Disfrutemos, agradecidos, del momento presente que nos dice, con cuanto tiene de sí mismo para nosotros: “Tal vez mañana no habrá otros semejantes para ti. Tampoco puedes contar con el ayer. Tómame al máximo que pronto habré desaparecido y tú mismo serás un espejismo dentro de lo vivido”.

Nada de cuanto contemplas hoy, te garantiza el día de mañana. Aunque creas plantar tus pies con firmeza y que mañana continuará tu camino, nada de la existencia ha firmado pacto contigo para que sigas mañana como lo hiciste hoy. ¿Hasta dónde crees que llegarán tus raíces en el mundo y en la vida? No son profundas, si consideras el hecho del tiempo que has vivido. La existencia está desarraigándote cada día, mientras más arraigado te consideras. Una leve brisa de muerte, y el sólido árbol se vendrá al suelo.

Millones de almas que te precedieron en la partida, extienden sus manos transparentes para señalarte cada cosa que desprecias en este mundo, y para prevenirte de lo que vas a dejar. Millones de almas que van a venir, y que tal vez no se encuentren con la flor que ahora menosprecias, esperan tu lugar.

Bien vale la pena disfrutar esa flor que la naturaleza te hizo en miles de años, para que la goces antes que desaparezcas y desaparezca ella. Es un encuentro milagroso que ocurre en un instante. Vendrán otras flores y otros árboles, pero tú, cuando te vayas, no tienes ninguna certeza de regresar. Y suponiendo que regresaras, ¿qué mundo vas a encontrar?

No te consideres tan imparcial y objetivo respecto a otros credos diferentes al que profesas, distintos al grupo al cual te afiliaste, por el hecho de que guardas silencio y aparente respeto frente a ellos. Estás igualmente parcializado y puedes llegar a ser tan violento e intransigente como los fundamentalistas extremos. El hecho de haberte matriculado en esa secta determinada, es una limitación, un condicionamiento, una estrecha manera de ver y juzgar la vida, una posición religiosa desde cuyos dogmas y normas se desacredita o pone en tela de juicio otros sistemas, otras vías del conocimiento. Tu porción de religión no es la Religión. Tu experiencia, no es el Conocimiento total. Navegas en un pequeño bote susceptible de hundirse con tu propio peso, con el peso de tu ego sectario, al menor indicio de tempestad.

SEIS

Sí, hay lugares donde se entra más fácil en estados extraordinarios de conciencia, de mayor lucidez, de percepción alerta frente a cuanto nos rodea. Hay lugares cargados de energías positivas, a nivel geográfico, lugares históricos, sitios donde reside algún auténtico maestro, un hombre de poder. Suponiendo que desees ir allí para obtener algún tipo de experiencia interior, no siempre es cómodo ni fácil llegar. No siempre estás dispuesto para el viaje. A los Himalayas, por ejemplo, no vas de un día para otro, ni vas a encontrar decenas de Maestros esperándote con los brazos abiertos para revelarte sus técnicas de autoconocimiento. Recorrer ashrams y maravillarte con los ritos y costumbres en estos, no siempre va a ser productivo para tus indagaciones. No es necesario ir lejos. Uno de esos lugares de recogimiento, el de más fácil acceso, eres tú mismo. Entra cuando lo desees y quédate cuanto puedas. Nadie va a sacarte de tu propio ashram, de tu templo. En este monasterio eres tú el oficiante, el abad o el gurú. Eres una invaluable ermita ambulante. ¿Qué buscarías en los Himalayas, si dentro de ti hay cimas mayores y abismos inconcebibles?

SIETE

En la flor hay sitio para todo. En las palabras no hay sitio para la flor. Se roban el perfume y el color de la flor. En ellas se momifican las aves, y el cielo y las nubes se transforman en cemento y acero. Cuando miro la flor, sin pasado ni futuro, encuentro que en ella, en uno de sus pétalos, hay sitio para el universo. Pero si me introduzco en ella con mis palabras y mis pensamientos, la estrechez no permite que en ella se asiente una brizna de polen, ni una gota de rocío, ni una mirada. Entonces no hay flor. No hay vacío. No hay luz. Sólo están, ruidosos y alborotadores, tú y tus pensamientos, tus ideas, tu palabrerío saltando del pasado al futuro y del futuro al pasado, por sobre el presente donde la flor espera que la mires, donde la flor nada espera.

Cuevas de Peñas Blancas

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