|
Por Ángel Castaño Guzmán
Hace algunos años, mientras merodeaba por las calles
del barrio, unos niños corrían detrás de un balón. Alegres, suaves golpes daban a la esfera.
Después de seguirlos por varias cuadras, descubrí el motivo de la algazara: en una cancha
cercana, un potrero marrón con arco en cada extremo, varios chiquillos con atención seguían
los gestos de un muchacho melenudo. Mis involuntarios guías no tardaron en unirse al grupo.
Pequeñas nubes moteaban el cielo. El viento estremecía las hojas de los árboles. El monótono
sonido de un autobús y las risitas provocadas por los comentarios del joven apenas rasgaban
el silencio. Treinta minutos transcurrieron con la velocidad del parpadeo. El entrenador
movía las manos con la soltura del blacamán.
A los días invité a mi amigo Jefreey, un mulato de contextura
gruesa y grandes pómulos, a corretear por ahí. Él, con mal disimulada seriedad, rechazó mi
propuesta. De un vistazo lo seguí hasta perderse en el vaho de la tarde. Extrañado, le pregunté
a Jeison, su hermano menor, para dónde iba con tanto afán. Pues a entrenar, respondió
con desgano, al tiempo que cerraba la puerta. Sin yo saberlo, casi todos mis compañeros de
travesuras pertenecían un equipo de fútbol, y por esas artimañas del destino ninguno creyó
conveniente contarme.
En el antejardín de su casa don Manuel, sobre un improvisado
tablero, pegaba volantes mecanografiados. El traqueteo incesante de la máquina de escribir
en la superficie de las cuartillas marcaba el metódico recuento de las obsesiones de un ingeniero
civil retirado. Pluviómetros, veletas y demás instrumentos meteorológicos interrogaban el
caprichoso clima de la ciudad. El entrenador del equipo resultó ser hijo del diletante periodista.
De Villa Liliana Fútbol Club,- nombre del grupo de niños-, quedó una certeza: la felicidad
tiene forma de balón. Algunos vídeos y una bitácora completan los vestigios del más humilde
de los equipos de balompié infantil. Chalaca, fútbol para la vida, un cuaderno de
apuntes poéticos, registra los pormenores cotidianos de unos chicos por los días en que el
país se precipitó al abismo. El D.T mudó en fotógrafo, en uno de los mejores de la región.
Como colaborador de un fanzine de ingrata memoria, propuse
una foto del periódico El Tiempo para acompañar un reportaje sobre las meretrices de San
Francisco. En los créditos, el editor escribió mal el apellido del fotoreportero: la V fue
arbitrariamente cambiada por una B. No tardó en llegar a mis oídos el justo reclamo del autor.
El asunto se olvidó gracias a unos tintos, cortesía de mis padres.
Las fotos de Ricardo salen en la tapa de periódicos
de circulación nacional y en publicaciones de ínfimo tiraje. Imágenes que remiten a referentes
amplios, a pesquisas más inquietantes que la simplista costumbre de obturar para ilustrar
noticias desdeñables. Igual desparpajo se percibe en sus textos. Un malicioso mohín recoge
sus labios a la hora de encarar la hoja en blanco. Su capacidad para encontrar el título
adecuado es legendaria. En la cara de Vejarano una obstinada sonrisa complementa el arsenal
de comentarios jocosos que guarda bajo la manga. Su corrosivo sentido del humor deja noqueado a
cualquiera. Su trabajo pone la almibarada ciudad de la postal frente al espejo de sus miserias. En
el fondo, como desprevenidos transeúntes, Kafka y Rodari sonríen al lente. Sus exposiciones
fotográficas buscan los engranajes de la barbarie y los guiños de la fantasía. El primer lugar en
el concurso Colombia Expuesta 2008, organizado por la revista Semana, confirma
la calidad de una obra cimentada sobre líricas intuiciones. |
|
Por Mauricio Vera Sánchez
No cabe duda que el corazón de la mayoría de los grandes
medios de comunicación, o el “core-business” como lo denominan los norteamericanos, está,
más que en los contenidos, en la publicidad. Los medios, entonces, buscan mantener y generar
aquellos contenidos que les permitan capitalizar una masa suficiente de audiencia que les
garantice a los anunciantes que sus anuncios serán consumidos y, potencialmente, sus productos
adquiridos.
La publicidad resulta ser una variable relevante a la
hora de establecer políticas editoriales que determinen y orienten el tipo de información
y contenidos que un medio en particular producirá; así como el nivel de audiencia es determinante
al momento de establecer el precio de los espacios publicitarios.
En este sentido, desde una perspectiva económica, los
productos y servicios culturales que ofertan los medios no sólo poseen un valor simbólico
sino, fundamentalmente, un valor de audiencia. Como bien lo señala el investigador brasilero
César Bolaño, todo el valor agregado en los medios depende de la capacidad del contenido para
atraer mayor audiencia y, por tanto, mayor pauta. Los medios utilizan pues, la mercancía-contenido
para la creación de la mercancía-audiencia.
Así, es importante mirar el panorama actual de la inversión
publicitaria en nuestro país. Según Ibope Colombia, la televisión nacional se lleva la porción
más grande de la torta de pauta, con un 40,86%; seguida de la radio (27,22), prensa (15,80),
televisión regional (7,30), revistas (5,11), publicidad exterior (1,92) y televisión internacional
(1,77).
Igualmente, con relación a los medios que concentran
la inversión más alta, la revista P&M (Publicidad y Mercadeo) acaba de publicar el ranking
de las 100 empresas de comunicación publicitaria en Colombia, es decir, aquellas que de acuerdo
con sus ingresos operacionales reportan que la publicidad es su actividad económica principal
y de la cual depende la producción de contenidos.
En el caso de la televisión, los dos canales privados
nacionales RCN y Caracol ocupan el primer y segundo puesto respectivamente
en reporte de ingresos vía publicidad. Esto guarda, evidentemente, una relación directa con
el nivel de audiencia que registran, que se sitúa en 80,6% según la Gran encuesta integrada
de los hogares –Módulo de Televisión–, del DANE y la Comisión Nacional de Televisión. Asimismo,
aparecen empresas tan importantes como Radio y Televisión Interamericana (RTI) en el puesto
3, Sociedad de Televisión de Antioquia (4), Colombiana de Televisión (5).
En el sector de la radio están en los primeros puestos
Caracol Primera cadena radial colombiana S.A., RCN Radio, Organización radial Olímpica y Producciones
William Vinazco S.A.
En los medios impresos, Casa Editorial el Tiempo S.A.
se localiza en la cima de las empresas de mayor envergadura en este sector, seguida de Publicar
S.A., Legislación Económica S.A., El Colombiano S.A., y Publicaciones Semana S.A.. Igualmente,
aparecen empresas con asiento en nuestra región como Galvis Ramírez y CIA S.A., puesto 8,
Editorial La Patria (12) y Comunicadores del Risaralda S.A. (20).
Finalmente, esa es la lógica económica que rige a los
medios y que les permite –a pesar de los contenidos socialmente inútiles y moralmente cuestionables
que abundan en ellos- brindar un servicio social de información, de transmisión e intercambio
de opiniones y de enrriquecimiento de la cultura, así como la generación de empleo y riqueza.
La publicidad permite, así, la existencia de éste medio donde hoy se publica éste artículo. |