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| Y SIN EMBARGO |
Ángel Castaño Guzmán
Los fotógrafos encargados del registro de la celebración dirigieron sus lentes a la tarima en el instante en que un trepidante ruido de cohetes y silbatos llenó el Coliseo cubierto El Campín. Conocidos los apabullantes resultados de la segunda vuelta presidencial, y después del saludo protocolario del aspirante vencido, la opinión pública concentró su atención en la alocución inaugural del período santista. El primero en subir al escenario fue el rechoncho vicepresidente, un afamado ex líder sindical guarecido oportunamente en el alero del club de moda -el partido de la U-. La tímida ovación evidenció una vez más la antipatía despertada por Angelino Garzón en gran parte de las huestes uribistas. Minutos antes, Juan Manuel Santos, en la privacidad de la camioneta blindada, recibió complacido la llamada de Sebastián Piñera, primer gobernante de derecha de Chile luego de la derrota pinochetista en el plebiscito de 1988, y de Lula Da Silva, carismático mandatario brasileño. Álvaro Uribe -uno de los ganadores de la contienda del 20 de junio-, felicitó con afecto -algo extraño en él-, a su sucesor. J.J Rendón -sibilino publicista venezolano contratado justo cuando las encuestas mostraban un reñido empate-, abordó con cautela un avión rumbo a Miami. Los seguidores, ansiosos, saludaban las cámaras de T.V. mientras Juan Manuel Santos, hoy presidente de Colombia, rememoraba en el camerino la maratón iniciada en la tinta de linotipo del periódico familiar, el paso por varias carteras ministeriales, el escándalo de los falsos positivos -militares implicados salen de la cárcel gracias al vencimiento de términos-, y el supuesto proyecto del golpe de estado contra el ex presidente Samper. Ni el pobre desempeño intelectual en los debates televisivos socavó su altanera marcha hacia la Casa del prócer. Al fin, entre una nutrida lluvia de confeti, apareció de la mano de su bella esposa y, seguido de sus hijos -recordados por excursiones organizadas en helicópteros militares-, se acercó al micrófono. El discurso, breviario de previsibles clichés matizado por su leve tartamudeo, fue corto.
Con vocecilla mandona, remedo de la bravuconería del dueño del Ubérrimo, Andrés Felipe Arias invitó el 30 de mayo a apoyar sin cuestionamientos las pretensiones electorales de Juan Manuel Santos. La colectividad azul, disminuida por el aparatoso fracaso de Noemí, apenas contuvo su voracidad burocrática el tiempo suficiente para guardar las apariencias. A nadie convenció la adhesión de los conservadores a una alianza nacional convocada con claros fines electivos. Senadores liberales, seducidos por Rodrigo Rivera, acudieron presurosos al llamado de los triunfadores. El domingo inició un culebrón de, con suerte, cuatro años.
Estos, los argumentos de mi sufragio. Si bien el programa político de Antanas Mockus no confrontaba los acuciantes problemas del país -la concentración de tierra en manos de un puñado de gamonales y la casi extinta participación ciudadana-, y su proyecto ambiental era inconsistente -en el debate de NTN24 consideró necesaria la fumigación con glifosato, atentado ecológico como pocos-, el escalofrío producido por las artimañas de los asesores publicitarios de Santos, además del respaldo unánime de la clase dominante representado en el editorial de El Tiempo, inclinó la balanza a favor del partido Verde.
Partícula: las denuncias de irregularidades en el conteo de los votos hechas en Facebook requieren toda la atención de los mecanismos de control. Noticias Uno, por su parte, informó sobre la asistencia obligada de beneficiarios de Familias en Acción a mítines de la U. La Procuraduría no ha dicho ni mu al respecto. Uribe, en la ridícula metáfora de los huevitos de la Seguridad Democrática, tiene razón: sólo Santos y la maquinaria de siempre tienen las sedosas plumas de la picardía para empollarlos. |
| CRÓNICAS DEL MÁS ACÁ |
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Ángel Castaño Guzmán
El enviado del diario El País al Wall Street para el cubrimiento del reciente crack inmobiliario retrató con maestría la apremiante necesidad de la sociedad de mercado de condensar sus dramas en imágenes: una muchedumbre de paparazis avizora las alturas, listos los lentes, en busca del suicida dispuesto a lanzarse desde la azotea de algún edificio. Antes de The Hurt Locker, el premiado filme de Katherine Bigelow, la opinión pública conoció de primera mano el apocalipsis iraquí gracias a los relatos de Jon Lee Anderson. La estampa de un soldado defecando en una lata de leche en polvo mientras ojea una revista Play Boy es apenas una estación del viacrucis transitado por el reportero entre la dinamita islámica y la metralla gringa.
En un mundo en que la T.V. y la publicidad, madres severas e indiscutidas maestras, escalan picos de rating, la pregunta del papel cumplido por el periodismo literario es interesante. Un hecho simple: seis decenios después de publicada en The New Yorker la soberbia narración de John Hersey, los periódicos, obstinados en una competencia de antemano perdida con los medios audiovisuales, espantan lectores con su prosa desangelada. Redactores con cero en astucia embuten la realidad en el aburrido corsé de las cinco w y la pirámide invertida. Por eso, la edición, cada vez menos frecuente, de buenos compendios de crónicas es bálsamo en un ambiente enrarecido por las narco-confesiones.
Libaniel Marulanda, cuentista de reconocidas destrezas, escribió en 2009 una serie de perfiles para las páginas dominicales de La Crónica del Quindío. Reunidos en un libro de cuidada diagramación, los textos no han recibido la merecida atención de público y crítica. Con gentileza el escritor caciqueño respondió el cuestionario remitido.
Cuéntenos cómo inició su relación con el periodismo.
- Libaniel Marulanda: Escribí mis primeros trabajos, de cobertura nacional, en 1969, en la revista Cromos y en El Espacio. Tenía entonces 20 años. Tres antes, en Calarcá, Alirio Sabogal Valencia y yo fundamos un periódico estudiantil con licencia de Mingobierno: El contemporáneo, con la prodigiosa cifra de ¡seis ediciones! Toda una proeza en la aldea de Vidales. Creo que mi amor por el olor a tinta llegó con la adolescencia.
¿Cómo selecciona los personajes sobre los que va a escribir?
- LM: He tenido la suerte de ser músico, trasnochador y bohemio; la desventura de trabajar como empleado público, y la sensibilidad suficiente para rastrear la vida de las personas con quienes comparto la noche, la amistad, las carencias económicas, las ideas y los fracasos, en un país donde reina la inequidad. Ellos, sus vidas y acciones son, básicamente, la materia prima de mis cuentos y sudores literarios.
Su obra cuentística ha sido premiada a nivel regional, háblenos de la relación entre la literatura y la prensa.
- LM: Según nuestro Nobel GGM, todo cuanto ha escrito se relaciona con la realidad, lejos de la fantasía a lo Walt Disney. En ese camino transita el periodismo, que por antonomasia se nutre de hechos, circunstancias, tiempos y seres reales. Entiendo el arte como la expresión concentrada de esos elementos, una recreación de esa militancia en la vida. Por eso, tal vez, algunos me reconocen como escritor, mientras otros sólo me ven como un escritorzuelo provinciano.
Partícula: la inclusión en la Biblioteca de Autores Quindianos, proyecto de la Universidad y la Gobernación del Quindío, de una antología de los mejores trabajos reporteriles publicados en el departamento sería un acierto de sus encargados. |
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