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JOSÉ NODIER

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VIENE EL LOBO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Muy lejos estamos de la paz si mantenemos la realidad como está"

Los pactos de La Habana, que en mucho son la expresión de reformas aplazadas por el Estado, hablan ahora de la democratización de los medios de comunicación. Y, claro, saltan los propietarios de esos monopolios y los directores de los medios a defender lo indefensable en una democracia, es decir, que la propiedad de los periódicos, de los canales de televisión y de las principales emisoras, siga como está, en manos de unos pocos como pasa con la tierra —origen del conflicto colombiano—, como ocurre con los bancos o como sucede con los servicios de telefonía o con el agua, que poco a poco se ha convertido en una marca, y en una bolsa, que venden en una vitrina.

Dicen algunos periodistas que la democratización de los medios sería un atentado a la libertad de expresión; y lo sería, si miramos el espejo de Venezuela, de Cuba o de Ecuador, donde nunca hubo tal democratización, sino una expropiación encubierta y donde el Estado de extrema izquierda liquidó la posibilidad de criticar las políticas públicas y, obvio, los desmanes de los dictadores de turno.

Así lo hizo Fidel Castro, luego Chávez, el inefable Maduro, y así lo hace Correa, ese vidrioso presidente que, no obstante su notable gestión económica y de infraestructura en el Ecuador, persigue a los periodistas, sanciona a los medios, coarta a los caricaturistas, y se mantiene impertérrito ante las cámaras de televisión, las propias o las que fleta, como si fuera un ungido de la divinidad.

A los periodistas colombianos de los grandes medios les gusta hablar de la libertad de expresión, y así debe ser, y poco de los derechos ciudadanos a la información como un servicio público, y así no debe ser.

Callan cuando sus canales de televisión, Caracol o RCN, usan sus franjas informativas para promover un retazo de ficción, una telenovela o una serie, entronizándolo en el plano de lo real y convirtiendo a sus protagonistas de ficción en seres de carne y hueso que comparten la pantalla con las masacres del paramilitarismo o con las barbaries de la guerrilla.

Ya no sabemos quién fue presidente de la República: si el senador Uribe o Diomedes Díaz, o si ambos comparten los mismos roles en esta sociedad.

Miran para otro lado cuando sus colegas, en abuso de poder, montan el pasado como si fuera el presente, y hacen de sus medios una cloaca de odio, y cuando manipulan de forma descarada la información para blindar los intereses económicos de sus monopolios.

Muy lejos estamos de la paz si mantenemos la realidad como está: la salud un negocio inmisericorde, la justicia una frustración, el agua una ilusión de mercado, el empleo formal una utopía, y las noticias un menú de tergiversaciones de la realidad, cocinado y dicho desde Bogotá por mercaderistas disfrazados de comunicadores.

La sociedad interamericana de prensa, dominada por los grandes medios de la región, debería usar su influencia para promover la autocrítica en su planeta de intereses creados, y para impulsar una democratización que permita el acceso a la multiplicidad de voces de la realidad.

Viene el lobo dicen, maquillados y tiesos, los pastorcitos del terror mediático.

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